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Pragmatismo de Kimono

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Ricardo Soberón viajó por unos días a Piura, su tierra, la semana pasada, sin saber que ya no podría regresar a su oficina. El lunes 10, Soberón recibió una llamada telefónica de la secretaria del premier Óscar Valdés, para informarle que el Gobierno iba a publicar en unas pocas horas la Resolución que formalizaba su destitución de la presidencia de Devida.

Poco después, sin haber tenido tiempo para regresar de Piura y preparar la entrega del cargo, Soberón se enteró por los medios que quien iba a sucederlo en el cargo era Carmen Masías, de Cedro, situada en las antípodas de todo lo que Soberón sostenía y defendía en el ámbito de las políticas cocaleras y de lucha contra el narcotráfico.

Así que, en cuestión de pocos meses, el gobierno de Ollanta Humala saltó de una tibia reforma de la política cocalera a una contrarreforma radical con intimaciones de exorcismo y extirpación de herejías.

El cambio de 180 grados en la visión y la doctrina de la lucha contra las drogas no representó solo un repudio a Soberón sino también a lo que el presidente Humala dijo en su discurso inaugural y a lo que sostuvo luego en las Naciones Unidas.

¿Qué está pasando en el Gobierno, donde bajo la guisa de un pragmatismo más bien rústico asoman algunas opiniones y acciones que más parecen apostasía que adaptación?

Quien da las señales más patentes de la inquietante transición de un confiable Jekyll a un impredecible Hyde con kimono, es el premier Valdés. No solo en el cambio total de línea frente a la lucha contra las drogas sino por declaraciones mucho más graves.

En efecto, el sábado 7, en el programa Enfoque de los Sábados, de RPP, Valdés mencionó una fuente de inspiración para el supuesto pragmatismo en su estilo de gobierno: el primer período de Fujimori.

Hay mucha gente, dijo Valdés, para la cual el gobierno de Fujimori entre 1990 y 1995 fue bueno porque hubo mucho pragmatismo, sentido común … “creo que eso es lo que necesitamos”, dijo.

Luego, en la conferencia de prensa después del programa, Valdés reiteró su admiración por el gobierno de Fujimori. Cuando se le dijo que durante ese período se había perpetrado el golpe del 5 de abril de 1992, se reafirmó en lo dicho, “excepto el golpe”.

Por supuesto que pretender abstraer el régimen fujimorista de 1990-1995 del golpe de Estado del 5 de abril de 1992, no revela pragmatismo sino un juicio deficiente. En el primer régimen de Fujimori, Montesinos asumió todo el control de los aparatos de inteligencia y defensa del Estado y se apropió también de los medios de lucha contra el narcotráfico en el que él participaba.

En ese período, el grupo Colina, que actuó bajo el mando directo de Fujimori, Hermoza y Montesinos, perpetró los asesinatos de Barrios Altos y La Cantuta, entre muchos otros, mientras que el Estado fujimorista se dedicó a protegerlos y encubrirlos. Captura delictiva del Estado, latrocinio, atrocidades: ¿es ese el modelo de pragmatismo que inspira a Valdés? ¿Solo a Valdés? ¿De cuándo aquí el pragmatismo es sinónimo de amoralidad política?

Algún despistado podrá decir que ese tipo de pragmatismo con prontuario es necesario para lograr eficiencia. La eficiencia necesaria para, digamos, combatir mejor al narcotráfico.

Pero si uno se pone a mirar cómo se combate el narcotráfico en el Ministerio del Interior (que dirigió Valdés hasta hace muy poco), se aprecia cualquier cosa menos eficiencia.

La dirección antidrogas de la Policía, la Dirandro, ha sido una de las mejores unidades en la lucha contra el crimen organizado, fundamentalmente el narcotráfico, de la PNP. La Dirandro recibe un aporte importante de otros países, especialmente de los Estados Unidos. Ello, es cierto, limita su autonomía e independencia, pero mejora a la vez su capacidad técnica, de investigación y de manejo aceptablemente limpio de la evidencia. (Y la forma de librar a la Policía Antidrogas de la excesiva dependencia de los Estados Unidos es, de paso, aportando en soles los recursos que ahora vienen del extranjero. Así de sencillo. Y no es que falte plata…).

Con el gobierno actual, sin embargo, la Dirandro ha tenido tres jefes en seis meses.

Hace tres meses, el entonces ministro del Interior, Óscar Valdés, sacó al general Darío Hurtado de la jefatura de la Policía Aérea (que conoce muy bien, en tanto es seguramente el piloto y jefe de flota aérea mejor formado de la Policía), y lo puso a comandar la Dirandro.

De acuerdo con diversas fuentes, Hurtado se abocó intensamente a la tarea de comprender, dirigir y mandar bien a una estructura tan compleja como la Dirandro. Las fuentes coinciden en que, pese a eventuales arrebatos de furia (a veces útiles), Hurtado hizo una buena labor, y que, gracias a ello, estuvo en constante contacto con el entonces ministro del Interior Óscar Valdés.

Eso parece que le gustó muy poco al nuevo director general de la Policía, general Raúl Salazar, el del caso Chehade y la célebre cena en las Brujas de Cachiche. Como se sabe, Salazar se mantuvo en su versión y el Gobierno lo mantuvo en su puesto.

Ahora, apenas pasó Valdés al premierato, Salazar actuó y logró que saquen al general Hurtado de la Dirandro y lo envíen a dirigir los destacamentos de fronteras, quizá el mayor huesero que tiene la Policía.

En su lugar, Salazar logró que se nombre a un promocional suyo recién ascendido: el general Walter Sánchez Bermúdez, cuyo apodo: ‘Sanguchón’ ilustra sus capacidades operativas. Para el general de las Brujas de Cachiche, un sanguchón oportuno es el complemento apropiado.

Hasta donde sé, el cambio se hizo sin el conocimiento de Valdés y con la renuente aceptación del débil ministro del Interior, Daniel Lozada.

La única manera en que un policía cortesano como Salazar hubiera osado hacer una maniobra así, a espaldas de Valdés, es contando con el respaldo de una de dos figuras en Palacio: Ollanta Humala o Adrián Villafuerte (que actúa en nombre de Humala).

¿Es eso pragmatismo? ¿Es eso eficiencia? ¿No es más bien una forma de garantizar la incompetencia y la corrupción? Ahí sí que el período 1990-1995 tiene mucho que enseñar.

Y terminemos ahora con lo que empezamos: la destitución de Ricardo Soberón por los actuales pragmatismos con tufo fujimorista.

Aunque pienso que Soberón debió haber sido más firme en enfrentar y rebatir las campañas de descrédito y calumnia lanzadas contra su visión de la indispensable reforma en la lucha antidrogas (igual lo hubieran sacado, pero hubiera aclarado mucho a través del debate), lo cierto es que intentó, y en buena medida logró, hacer varias cosas en los pocos meses que estuvo en su puesto. Su principal esfuerzo fue elaborar el Plan Nacional de Control de Drogas 2011-2016, que alcanzó a terminar el último día de su gestión, poco antes de pedirles a sus ayudantes que sacaran sus cosas de su oficina puesto que venían a tomarla en pocas horas.

“Las políticas de drogas en el Perú siguen estando secuestradas por la ignorancia, el discurso fácil y una compleja red política, mediática y económica… poco pude hacer para levantar ese secuestro”, reconoce Soberón, mientras se prepara a visitar su ex oficina para formalizar la transición con Carmen Masías.

Añado que ella, Carmen Masías, es una muy buena persona. Pero ha trabajado muchos años en una institución, Cedro, creada y mantenida por el gobierno de Estados Unidos con el fin de presentar y propagandizar una visión maniquea del problema de las drogas. Esa visión contribuyó en buena medida al fracaso irrefutable de más de 30 años de ‘guerra’ estéril, costosa y trágicamente contraproducente. (Escribe: Gustavo Gorriti)

 


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