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22/Dic/2011
 
 
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Carta al Niño Jesusito

2212-olla-1-c
Estamos próximos a cerrar un año lleno de contrastes, renovaciones de fe democrática y resguardos económicos, con una administración gubernamental relativamente recién instalada y una masa crítica abultada acerca del encaminamiento que el Perú adoptará el siguiente 2012.

Más que un examen minucioso y puntual de lo que sucedió este año próximo a finalizar, sobresalen algunas incógnitas que pesan sobre la actualidad y se constituyen en desafíos ciudadanos y políticos que tiñen ya los meses venideros.

No hay duda que el gobierno de Ollanta Humala no termina de asentarse en el poder, como tampoco se puede definirlo completamente más allá de un pragmatismo bien intencionado, sujeto a los vaivenes de las presiones laterales y extremas de derecha e izquierda.

Esta situación no podrá continuar indefinidamente, y los dilemas en economía y política social tienen que plasmarse en líneas de acción concretas que hagan frente a una ola peticionaria y una proclividad hacia la protesta de la que se aprovechan agitadores de oficio y ultras antisistema. Humala no puede retroceder en su fervor de cambio, especialmente en cuanto al frente de justicia social reclamado por tirios y troyanos.

En otras palabras no puede irse a la derecha, como ya lo sentencian sus primigenios compañeros de ruta, pero eso no significa el abandono de una política de crecimiento sostenido, la única fuente proveedora de fondos para realizar los programas de inclusión. Y sobre el horizonte de inversiones externas e internas, crecimiento del PBI, desarrollo sectorial adicional al minero (agroexportación, energía, industria), cumplimiento de metas en los gobiernos regionales y locales, definición de políticas y metas en desarrollo humano, hay todavía un largo trecho que recorrer, toda vez que el Estado sin reformar –tarea que en parte debió iniciar la pasada administración de AGP– es una pesada y elefantiásica herencia.

El segundo gran tema es de la generación de un trabajo directo y provechoso que nos diga a los peruanos que la lucha contra la inseguridad ciudadana, jurídica y moral mantiene la mayor prioridad del Estado.

A veces la alta política y el análisis periodístico, guiado por lo más resonante de la actualidad, olvida que la sensación común y corriente del ciudadano es lo que rodea su vida cotidiana: el precio de las cosas, lo relativo a un comercio y servicios justos y cabales, la salvaguarda policial, la confianza en que las instituciones y las instancias no son indolentes, inmorales, injustas, que se aplican penas y tributos con acierto y justicia, que el país funciona y la cohesión social es moralmente democrática, igualitaria y poco discriminatoria.

Sí, eso todavía es un ideal en el Perú. Pero quien se empeñe en crear las condiciones señaladas podrá decir que ha empezado por hacer más vivible la condición de peruano, de peruano de hoy, moderno, civilizado, convencido que su país es ahora sí parte de un nuevo mundo. Gran camino el que puede construir Ollanta Humala.

Finalmente, en las últimas semanas ha empezado a generarse una presión insólita sobre si el gobierno actual es o no militarista, y con otros correlatos: ¿Cuán seguro está el Perú respecto a si Chile acatará el fallo de la Corte Internacional de La Haya?

¿Advierte el Perú que el país vecino recurrirá a triquiñuelas provocadoras para considerar que el Perú no juega limpio?

¿Hay un planteamiento estratégico y logístico, previsor e inteligente, para hacer frente al armamentismo chileno, cuyo destino parece estar destinado no a una guardianía de seguridad continental sino a un frente que es la frontera y el territorio peruano?

Estos temas son particularmente delicados, primero porque hacen referencia a un viejo juego a la guerrita, pero también a una vieja manía de Chile y que naturalmente implica a las fuerzas armadas, a su gestión, a la adecuada implementación de un programa de compra de armas, que suele traducirse por algunos interesados en aumento de sueldos y mayores facilidades familiares y personales.

Palabras más, palabras menos, por un hecho del que debemos felicitarnos nuestros ruegos no son ya los de otros tiempos de pesimismo cuando nada parecía marchar, el terrorismo y la violencia hacían de las suyas y el dinero escaseaba ominosamente. Pero en estos tres niveles tiene el gobierno urgencias y deber definitorio. Ayudémoslo a que lo haga en estos campos y lo haga bien. (Raúl Vargas)

 


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