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Edición 2187

30/Jun/2011
 
 
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Carlos Calderón Fajardo y entrega final de su trilogía habitada por Sarah Ellen, la vampira inglesa. Aquí, fantasmático adelanto de la novela.

El Libro del Diablo

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Publicado por Ediciones Altazor, La ventana del Diablo (Réquiem por Sarah Ellen) se presenta el miércoles 6 de julio a las 8 p.m. en Albazos (Berlín 172, Miraflores). Comentarán José Donayre y Enrique Planas.

Irreal, El Ventana Del Diablo se mostraba de color gris carbonoso y estriado, bastante escorado. Registraba en su bitácora curiosas aventuras en muchos mares del mundo, pero la más interesante era la del día en que se fue a pique. Recién en ese momento, embarcado en ese buque, entendí el verdadero significado del asesinato de Rosalía Espichán.

No se veía a nadie en cubierta, pero lo baldeaban a diario, rascaban las manchas de aceite y el excremento de pelicanos y gaviotas.

Como dije: había llegado la hora del final, del ocaso. Los muchos años que pasé en la cárcel habían sido a causa de delitos probados de subversión, por los que fui juzgado y condenado por un tribunal sin rostro. No sé si fue una condena justa, pero sobre la muerte de Rosalía nunca se supo nada, y si lo hubiera sabido no sé si les hubiese interesado a mis jueces. Haber participado de una guerra, en la que murieron muchas personas inocentes, fue una especie de terrible pecado por el que muchos debimos pagar con carcelería, pero lo que nunca se juzgó fue el asesinato de un subversivo por otro. El peor de los delitos. Porque es horrible asesinar a uno de los nuestros. Peor que eso: matar no porque personalmente se quiera quitarle la vida a alguien, sino porque se recibe una orden. Prueba de lealtad, así lo llamaron. Pero, ¿por qué se ordenó el asesinato de Rosalía Espichán? Nunca lo supe, y es probable que jamás lo sepa.

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Desde el zarpe nos envolvió la típica neblina de la costa peruana. Avanzábamos a tientas. Los pasajeros a bordo se dividían entre almas atormentadas y diablos atormentadores. ¡Qué íbamos a imaginar lo que se transportaba en la bodega! En una jaula viajaba un gigantesco mandril azul. Y cuando al tercer día asoló el frío de la madrugada se escuchó los chillidos del enorme simio.

Yo no sabía que ese barco fantasmal no era un medio sino un fin.

El capitán, cuyos ojos eran como los de una virgen, me contó tímidamente que se trataba de un viaje rumbo a otro viaje. ¿Qué quería decir? Yo no sospechaba que el capitán Álvarez había sido secuestrado. En la bodega iba el simio, en el puente el capitán gaditano vestido siempre de negro; raptados los dos, él y yo, retenidos. Necesitaron un marino para que conduzca la nave, pero ¿adónde llevaban los captores a ese enorme mandril que pertenecía sin duda a una especie en peligro de extinción? ¿Y qué hacía yo ahí?

Ciertas escenas de la época de la guerra aparecieron recién con toda su atroz claridad. Un hombre que sé quién es, pero del que no sé su nombre, al que lo veo por primera vez en la vida aparece por la clínica para darme el encargo de asesinar a Rosalía. Yo no pude oponerme. No podía. Hasta ese momento había entendido la muerte del enemigo, pero cuando se me pidió asesinar a Rosalía y al ver mi incapacidad para reaccionar, para indignarme, entonces comprobé que cualquier cosa iba a ser posible de ahí en adelante. Lo que nunca imaginé es que eso me perseguiría hasta el final, que en mí existía aún lo que se creyó que había sido expectorado: el complejo de culpa. Y conversando con Urquizu, él me demostró que para que exista la posibilidad del arrepentimiento tiene que haber un complejo de culpa, que si no sentimos un martirio moral el arrepentimiento nunca ocurrirá. (Escribe: Carlos Calderón Fajardo)

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