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09/Jun/2011
 
 
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Combate en la Zona de Muerte

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Cuando uno asciende montañas se resigna a la fatiga pero no a la muerte. Pero, cuando en el silencio de la tarde revienta de súbito el cerro y el camino se hace zona de muerte, solo el entrenamiento y el temple de los que sobreviven puede impedir que la tragedia termine en catástrofe. Como pasó el 4 de junio, en Choquetira.

El helicóptero había dejado a la patrulla en Acobamba, a la una de la tarde del viernes 4 de junio. Eran solo 13 militares porque en la altura el helicóptero carga menos. Les aguardaba una caminata fatigosa desde los 2,480 metros de altura de Acobambahasta los 3,830 metros de Choquetira, su destino.

Eran cinco horas, quizá seis, de marcha cuesta arriba. La pequeña patrulla, bajo el mando del capitán EP Juan Medina –un experimentado oficial comando a quien, por alguna razón misteriosa, sus colegas apodan “la Vieja”– llevaba la potencia de fuego que puede cargar el grupo reducido de infantes que asciende por sendas fragosas en el aire enrarecido de la altura.

Los otros doce integrantes de la patrulla eran todos suboficiales y algún sargento de comandos.

Pero este grupo de fuerzas especiales no iba a pelear sino a cuidar. Les habían asignado proteger a los votantes de Choquetira en las elecciones de segunda vuelta. Como la zona está dentro del eje sur de Sendero-VRAE (de Vilcabamba hacia Andahuaylas), el comando militar del VRAE destacó ahí a bien entrenados soldados profesionales.

La patrulla ascendió precavidamente, por la mitad del cerro, con diez metros de distancia entre cada militar. La cumbre arriba, la quebrada abajo. Además del armamento personal, llevaban dos ametralladoras ligeras FN Minimi, de calibre 5.56 y un lanzagranadas de tambor MGL de 40 mm.

Antes de una curva que daba a un trecho largo en línea casi recta, el suboficial de punta Wildo Cárdenas Aguilar se detuvo para pasarle la ametralladora Minimi al también suboficial Régulo Cruz Bocanegra. El resto de la patrulla los pasó, dobló la curva bordeando una peña grande y avanzó por la huella larga.

Once militares caminaban por esa recta a lo largo de 110 ó 120 metros, cuando el cerro pareció reventar. Una mina de 150 metros de largo detonó paralelamente a la patrulla.

La explosión barrió a los soldados, fragmentó y disparó las peñas, levantó una tormenta de tierra que cubrió los cuerpos y el camino.

Ensordecidos pero salvados por la roca de la curva, Cárdenas y Cruz sacudieron el aturdimiento cuando escucharon la descarga desde lo alto de ambos cerros que cerraban la quebrada. Muchas armas en fuego automático. Veinte, quizá treinta, disparando hacia abajo, al blanco seguro de los militares heridos, agonizantes o muertos.

Centenares de horas de entrenamiento engranaron en Cárdenas y Cruz. Moviéndose y parapetándose, dispararon con la FN Minimi a través de la polvareda hacia la fuente acústica de los disparos. La intensidad de su fuego sorprendió a los senderistas, que no esperaron, parece, que quedara un solo combatiente hábil después de la explosión.

Como en Tintaypunco, en 2008, o Sanabamba, en 2009, los senderistas se aprestaban a bajar disparando, rematar a los heridos y despojar a todos del armamento. Pese a la desventaja de posición, la ráfaga persistente de la ametralladora los detuvo.

Rampando, Cruz y Cárdenas llegaron donde los primeros heridos y los arrastraron hacia la seguridad relativa de la peña. Uno de ellos, el sargento Alberto Pezo Merma, herido de menor gravedad, se incorporó al combate.
Cruz y Pezo protegieron el avance de Cárdenas, que rampó de nuevo hasta encontrar la otra ametralladora FN Minimi, el lanzagranadas MGL y la munición.

Con el armamento y la munición en sus manos, contaron a los rescatados. Estaban casi todos. Tres habían muerto. Dos más estaban muy graves. Los otros heridos se esforzaban por recuperarse y disparar. Pero faltaba uno.

.–¿Y el capitán, dónde está ‘La Vieja’? –gritó Cárdenas, mientras arreciaban los disparos, se aclaraba la polvareda y empezaba a oscurecer.

********
En el puesto de comando del Frente VRAE, en Pichari, un comandante vio en pantalla las primeras señales de auxilio de los spots.

El spot es un dispositivo radial que va al hombro de cada soldado. Es un pequeño GPS que incorpora un botón de alarma. Al apretarlo, emite una señal que parpadea en la pantalla del centro de comando.

Llamado por el comandante, llegó el jefe de operaciones del VRAE, general EP Felipe Aguilar. Momentos después, la alarma convocaba oficiales en el VRAE y en el Comando Conjunto en Lima.

Desde Pichari despegó un helicóptero Bell, para el vuelo de 45 minutos hasta Choquetira. Al acercarse, pudo establecer contacto por teléfono satelital con la patrulla emboscada. “¡Nos han dado!” dijeron y añadieron que estaban todos, vivos y muertos, menos el capitán Medina.

El helicóptero aterrizó en Pichari cuando ya había oscurecido, mientras se preparaba el rescate de la patrulla.
En el poblado de San Martín, el capitán EP John Hinojosa emprendió, pese al riesgo, una marcha forzada con sus comandos por la puna durante toda la noche para reforzar a la patrulla.

En la noche, pese a la altura y la cerrada oscuridad, un helicóptero Mi-17 sobrevoló el área y ametralló repetidamente las posiciones senderistas, guiado desde abajo por la patrulla.

********
Cárdenas y Cruz encontraron al oscurecer la radio perdida en la explosión y lograron hacerla funcionar.

Poco después, escucharon, desde el fondo de la quebrada, la voz del capitán Medina. Le pedía al sargento Pezo que lo cubra. Medina estaba seriamente herido: ciego, con la cara quemada e impactada por múltiples esquirlas. Una roca le había hundido parte de la frente. Pero no había soltado su fusil y, sin poder ver, buscaba alejarse de la zona de muerte por el fondo de la quebrada.

Los suboficiales trataron de divisarlo pero sintieron que la voz de Medina se apagaba. Ahí, en la puna, heridos casi todos, pasaron en máxima alerta su noche más larga y más triste. En la noche, murieron dos heridos, los suboficiales Casimiro Arias y Eldwin Tananta.

Poco antes del alba, el capitán Hinojosa logró enlazar con los 7 sobrevivientes de la patrulla.

Al amanecer, los senderistas abrieron fuego nuevamente desde una sola cumbre. Les respondió una potencia de fuego más que duplicada. El peligro de aniquilamiento de la patrulla había pasado. Faltaba rescatarla.

Desde una base improvisada en Lacaypata, se organizó el rescate. Medina seguía perdido. Su spot se había apagado y su voz también.

Apenas hubo luz, dos helicópteros ametrallaron la cumbre, apoyados por Hinojosa, mientras varias patrullas avanzaban y controlaban la zona. Poco después se pudo evacuar a los sobrevivientes.

La búsqueda de Medina continuó con frenética energía. Siguiendo el rastro de sangre por la quebrada, vieron que el comando herido había caminado casi un kilómetro y luego había intentado subir por la quebrada.

A las dos de la tarde, mientras 63 hombres lo buscaban, el spot de Medina se activó súbitamente. Lo encontraron a las tres, ciego, sin voz, muy debilitado. Pero empuñando su fusil.

Solo dos, de los trece integrantes de la patrulla, quedaron ilesos. Antes que fallecieran Arias y Tananta, murieron en la emboscada los suboficiales Zózimo Huamán, Huilber Ángeles y Rusber Alván.

Pero la patrulla no perdió una sola arma y se mantuvo irreductible hasta ser rescatada, pese al devastador efecto inicial de la emboscada.

¿Cómo lograron defender sus armas y recomponerse como unidad en medio del combate, luego de pérdidas tan severas? Por el entrenamiento y la valentía de todos; y por el heroísmo de los suboficiales Wildo Cárdenas y Régulo Cruz.

Su gran valor, su magnífica resistencia sostuvo su misión: defender el derecho de los ciudadanos a decidir, a través del voto, su gobierno, su libertad y su destino. Nada más digno de respeto y gratitud. (Gustavo Gorriti)

 


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