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13/Ene/2011
 
 
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Metida de Pata

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En los últimos días del 2010 pasé por Leymebamba, en la espectacular región Amazonas. Luego de visitar su museo extraordinario, que nadie debería dejar de conocer, fui a la plaza de armas y pregunté dónde quedaba la casa familiar de Miguel Hidalgo. Al comienzo no me entendieron.

“¡Ah, la casa de Elmer!”, computó uno de los vecinos, con la musicalidad fonética de la selva montañosa, de sus ríos y sus ruinas; “aquí lo conocemos solo como Elmer”. Fuimos a la casa de Elmer, pues, a una cuadra de la plaza, y ahí encontramos a otro Hidalgo, un primo inconfundible y cordial, que conversó sobre la casa, la familia y los hijos que migraron.

Al salir de Leymebamba y antes que se perdiera la señal de celular, le dejé un mensaje telefónico al ministro del Interior para decirle que no estaría de más darse una vuelta por la tierra, por la casa, para, por ejemplo, echarle una mano de pintura.

Pero resultó que en esos días lo último que interesaba a Miguel Hidalgo era echar una mano de pintura, o de nada, pues estaba seriamente ocupado en meter la pata.

Luego de los gruesos errores (o, más bien, las sumarias capitulaciones) en los ascensos policiales de este año –véase, por ejemplo, la nota: “¡Salud por ese ascenso!” en Reporteros.pe –uno hubiera esperado que el aún reciente ministro del Interior utilizara los pases a retiro de fin de año para recomponer la dañada estructura de comando policial, enviando al retiro a los oficiales con mayores y fundados cuestionamientos, para facilitar el liderazgo de los oficiales más competentes.

Pero ocurrió lo contrario.

Entre los generales ‘invitados’ al retiro a fines de diciembre se encontró, por ejemplo, el general PNP Edwin Palomino, quien fue director de la Dircote casi todo el 2010, cuando la dirección contra el terrorismo logró, por consenso institucional, la mejor productividad entre las direcciones especializadas de la Policía.

También fue mandado al retiro el general PNP Mauro Medina, un oficial renombrado por su integridad y competencia.

Hay por lo menos otros dos o tres oficiales de buena calidad profesional cuyo pase forzado al retiro es difícil de explicar.

Pero los casos de Palomino y Medina son de una notoriedad que bordea el escándalo. Sobre todo si se tiene en cuenta quiénes se quedaron después de haber pasado prematuramente al retiro a estos oficiales.

Quedó en servicio activo, por ejemplo, el general PNP Bruno Debenedetti, director de la Policía de Carreteras hasta el mes pasado, cuyo manejo de dinero mientras fue jefe policial del Callao resultó ciertamente indebido y por lo menos sospechoso, como mostró claramente una investigación periodística (del ex periodista de El Comercio Alí Alava) en agosto del año pasado. La investigación no pudo ser rebatida, pero inesperadamente el presidente Alan García salió en defensa de Debenedetti, con lo cual cualquier intención investigativa dentro de la Policía sufrió una paralización instantánea.

Debenedetti no solo no fue investigado sino que ahora tampoco fue ‘invitado’ al retiro, pese a reunir con creces los requisitos necesarios.

Uno se pregunta qué vincula a García con Debenedetti, aparte de la común vocación por las expansivas morfologías. Sea lo que fuere, el resultado es el indignante escenario en el cual el mérito es castigado y el demérito triunfa.

En un país en el que la lucha contra el crimen –tanto el simple como el organizado– es una de las mayores preocupaciones de la gente, erosionar la capacidad de la Policía para cumplir su misión, es algo por lo que debería rendirse cuenta en el futuro.

De lo que conozco al general Palomino, sé que es una persona que no ganaría un premio de relaciones públicas. Pero un buen policía no debe tener necesariamente el perfil de un vendedor de autos usados. Palomino fue un buen jefe policial en el Frente Huallaga, que no solo logró importantes éxitos operativos, sino respaldó firmemente a sus mejores subordinados en medio de las trampas y las corruptelas imperantes en la Policía. Luego, como quedó oficialmente reconocido, tuvo una actuación destacada como jefe de la Dirección contra el Terrorismo.

En medio del progresivo debilitamiento del jefe senderista ‘Artemio’, gracias entre otras razones, a la acción sucesiva de los generales Palomino y Valencia Hirano, la perspectiva de coronar la victoria contra el senderismo mediante la captura de ‘Artemio’, ha devenido en una posibilidad real. Ello ha hecho que confluya al Huallaga una verdadera sopa de letras de todo tipo de organizaciones de investigación e inteligencia militar, policial y hasta civil que compiten ahora por lograr la gloria (y las recompensas) de esa captura.

En medio de una competencia sin árbitros que merezcan el nombre, con un mercado negro de informantes ante el que pujan e intentan arrebatos las diversas organizaciones policiales y militares, las dos que han logrado mayor ventaja son la Dircote y el grupo de operaciones especiales de la Dirección antidrogas, Dirandro.

La Dirandro, que cuenta con policías muy hábiles y el buen liderazgo de su actual jefe, el general PNP Carlos Morán, dispone de una ventaja sobre la Dircote: la tecnología de interceptación electrónica proporcionada y supervisada por los Estados Unidos. El mismo grupo que hizo la investigación de BTR, el arresto del espía Ariza, junto con los casos Zevallos, Valdez, Sánchez Paredes, entre otros, ha logrado también varias importantes capturas de senderistas en el Huallaga.

Ese intenso nivel de competencia ha provocado roces ásperos entre ambas direcciones, pese a que buena parte de sus policías tiene el origen operativo común del legendario GEIN, que capturó a Abimael Guzmán.

Es posible que esos roces hayan tenido un efecto en el pase al retiro del general Palomino, que defendió con vehemencia su percepción de los fueros de la Dircote. El ministro Hidalgo, como se sabe, ha sido jefe de la Dirandro, donde cosechó sus principales logros operativos y se hizo indispensable para el sentimiento de seguridad de Alan García, sobre todo después del caso BTR.

Pero nada de lo anterior justifica una medida tan torpe y contraproducente como la de mandar al retiro a líderes policiales probos y capaces como los generales Medina y Palomino, mientras se promueve y asciende a gente que jamás debió llegar al rango y cargo que ocupan.

El ministro Hidalgo ha recontrametido la pata con esta decisión y debería, me parece, pensar rápido y bien en qué significa esto para su futuro. Ya terminó su carrera como policía y le quedan escasos siete meses como ministro. ¿Qué es mejor: hacer las cosas bien aunque no dure los siete meses o correr el riesgo de desprestigiar como ministro lo que logró como policía?

Conozco al general Hidalgo desde que era un coronel en el CAEN. No es precisamente una persona circunspecta frente al poder, pero tuvo varias instancias de buena actuación operativa y ética, sobre todo como jefe antidrogas.

Cuando el ex ministro del Interior, Octavio Salazar (compañero de promoción de Hidalgo), lo emboscó con una reunión con el congresista fujimorista Rolando Sousa, en la que éste intentó abogar por los Sánchez Paredes, Hidalgo se levantó y se marchó de la reunión apenas se lo permitió una mínima cortesía. Salazar y Sousa, de paso, comparten ahora el mismo partido y la misma agenda.

En otro momento, cuando el ex comandante general del Ejército, Edwin Donayre, le pidió a Hidalgo una reunión con un comandante que trató de hacer de emisario de los Sánchez Paredes, aquél cortó también de inmediato la conversación y levantó, como correspondía, un acta de lo ocurrido.

Y ahora, un ministro que busque servir bien a su país y no hacer de mandadero de políticos en fin de fiesta, tiene un instrumento mejor que el del acta para hacerse respetar: la carta de renuncia siempre al alcance de la mano.(Gustavo Gorriti)

 


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