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1/1/11 Año Nuevo Clave

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Cabalístico y capicúa el primer día del próximo año augura un decenio inusual e interesante. Hace diez años el cambio de milenio centró nuestra atención en lo que sucedería en el decenio que acaba de terminar, pero lo que se nos viene –y lo que hagamos– en el próximo será más importante para el futuro de la humanidad.

Los 2000s empezaron con la resaca de la burbuja tecnológica dot.com; siguieron con el ataque terrorista a las torres gemelas y el Pentágono; continuaron con la invasión a Irak y Afganistán y sus secuelas; fueron testigos de las controversias sobre cambio climático; vieron surgir a China como gran potencia mundial, eclipsarse a Japón, estancarse a Europa, convulsionarse a Rusia, avanzar a las economías emergentes y deambular a los Estados Unidos; y –como gran final con quema de castillo (y vuelo de paloma)– terminaron con la peor crisis financiera y económica mundial desde la Gran Depresión.

Los diez años pasados sirvieron para despejar dudas y desvanecer ilusiones. Aprendimos, otra vez, que las burbujas tecnológicas, inmobiliarias o financieras terminan explotando, y que más gasto militar no garantiza seguridad. Reconocimos, pese a recalcitrantes ciegos que aún no quieren ver, que la humanidad ha alterado el equilibrio de los ecosistemas naturales que nos sustentan –y que esto exigirá severos ajustes en estilos de vida, sobre todo en los países ricos. Hemos aceptado también que la estructura de poder económico internacional está cambiando, y que un mundo multipolar está a la vuelta del decenio. La hecatombe económica y financiera de fin de decenio, derivada del fundamentalismo libremercadista, nos enseñó que un equilibrio entre la regulación estatal y las fuerzas del mercado es indispensable para lograr la prosperidad y el bienestar.

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Bill McKibben sostiene que hemos construido un nuevo planeta al que denomina “Tierraagh”.

Empezamos el segundo decenio del siglo 21 con humildad y sin triunfalismo, a lo que debemos añadir una dosis de alarma. Durante los últimos diez años destacados intelectuales, científicos e inventores han sostenido que la humanidad se encuentra en una encrucijada, y que el futuro de la civilización moderna depende de lo que hagamos en los próximos dos o tres decenios.

Refiriéndose a las amenazas del cambio climático, Edward Wilson, profesor de Harvard y padre de la sociobiología, concluye que “el monstruo destructor del capitalismo basado en la tecnología no será detenido”, pero añade que es posible cambiar su dirección “en base a una ética compartida ambiental de largo plazo”. Maurice Strong, ex–Secretario General de las Cumbres sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Estocolmo (1972) y Río (1992), nos dice que “el futuro está en nuestras manos. Tenemos la posibilidad de controlar nuestro propio destino –y la responsabilidad de gestionarlo”, y que debemos actuar urgentemente durante los primeros decenios del siglo 21 para reducir el calentamiento global.

El investigador y activista ambiental Bill McKibben sostiene que hemos alterado, sin posibilidades de retorno, las condiciones de vida de la Tierra y construido un nuevo planeta al que denomina “Tierraagh”: “no vamos a recuperar el planeta en que nuestra civilización se desarrolló … debemos construir la arquitectura del mundo que viene a continuación que ya no podemos evitar”. Nicholas Stern, ex–Economista en Jefe del Banco Mundial, responde que el desafío consiste en romper el vínculo entre producción económica y emisiones de gases de efecto invernadero: “con análisis sólido, imaginación educada, liderazgo decisivo y un espíritu de colaboración, podríamos reducir radicalmente los riesgos que estamos enfrentando”.

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Nicholas Stern, ex economista en Jefe del Banco Mundial, “con análisis sólido, imaginación educada, liderazgo decisivo y un espíritu de colaboración, podríamos reducir radicalmente los riesgos que estamos enfrentando”.

James Martin, pionero de la industria de software y profesor de Oxford, considera que no hay manera de evitar la gran transición que experimentará la humanidad en el siglo 21, y plantea que “si el cambio gradual hacia comportamientos sensatos no se produce … sólo el cambio revolucionario funcionará. Si los gobiernos continúan prácticamente sin tomar acciones, la transición, cuando eventualmente se produzca, será traumática, costosa y frecuentemente violenta”. El conjunto de problemas que enfrenta la humanidad en los próximos decenios motivó a Sir Martin Rees, eminente cosmólogo y Presidente de la Real Sociedad Científica del Reino Unido, a sostener que nuestra especie podría estar en su “hora final” y que “las probabilidades de que nuestra civilización actual en la Tierra sobreviva hasta fin del presente siglo no son mejores que 50-50”.

Estas llamadas de atención, aparentemente pesimistas, contienen una enorme dosis de optimismo: consideran que aún estamos a tiempo de corregir los desatinos de decenios y siglos pasados, y que es posible visualizar un futuro mucho mejor para toda la humanidad –pero, sólo si actuamos decididamente en los dos o tres próximos decenios. La agenda pendiente es enorme, pero se resume en unas pocas frases: cambios en los valores y estilos de vida, enfatizando la responsabilidad, la solidaridad y la acción conjunta; profundas reformas en las instituciones que organizan las interacciones humanas, y las vinculaciones entre la humanidad y su entorno biofísico; gestión ética de los avances científicos y tecnológicos, y difusión de las capacidades de generar y utilizar conocimiento que son la clave para el futuro de nuestra especie.

Responder a estos desafíos es muy difícil, especialmente para los países ricos que se han beneficiado de las situaciones que generaron las amenazas que ahora enfrentamos. No obstante, América del Sur y el Perú están en una situación privilegiada para abordar esta tarea. Tenemos una multiplicidad de diversidades (ecológica, biológica, energética, cultural, étnica, productiva), una herencia histórica compartida y un idioma común. Nuestra población no es excesiva en relación a la dotación de recursos, pero suficientemente grande para configurar un mercado regional significativo, y durante los próximos treinta años contaremos con una fuerza laboral activa mayor que la población dependiente. A esto se unen los procesos de aprendizaje social y económico de los últimos decenios. Todo esto nos confiere una capacidad especial de resistencia y adaptación, pero sólo la aprovecharemos si actuamos consecuentemente a partir del 1/1/11.1 (Escribe: Francisco Sagasti)

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1Las citas provienen de mi libro Conocimiento y Desarrollo en América Latina, Lima/México DF, Fondo de Cultura Económica (en prensa).

 


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