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16/Dic/2010
 
 
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Antes de partir hacia el Nobel en la Sala de Conciertos de Estocolmo, Patricia no se imaginaba las sentidas palabras que le iba a dedicar Mario, su esposo hace 45 años.

¡Albricias, Patricia!

8 imágenes disponibles FOTOS 

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Patricia Llosa convoca la admiración de Mario, el galardonado, de su nieto Leandro Vargas Llosa (hijo de Álvaro) y de sus sobrinos Mateo y Sebastián Llosa, (hijos de Lucho Llosa y Roxana Valdivieso).


El hecho de que dos personas puedan convivir –quererse, necesitarse, buscarse–, durante la mayor parte del día a lo largo de muchas décadas, y que esa relación con los años se fortalezca, se alimente y cristalice en una unión indisoluble, es uno de los grandes misterios de la vida. Y sin embargo, cuando uno conoce a Patricia y a Mario Vargas Llosa, es un misterio que ofrece una solución. En un discurso que ofreció con motivo de su cumpleaños 70 a un grupo de amigos, Mario la definió como una “estratega de su existencia”, la persona que está detrás de sus actividades, organizando, disponiendo y ordenando, una actividad que en el último discurso del Nobel volvió a definir como “poner orden en el caos”. Ese mundo ordenado en el que Mario se levanta temprano, hace ejercicio, trabaja todo el día, es el que Patricia sostiene con una mano férrea y segura que no le ha temblado aún en medio de los avatares de casi medio siglo. Lo que los une es una intuición fundamental, un pacto instintivo de la vida como una aventura organizada, subrayada por una vocación por la reflexión y la investigación, pero también por la protesta y la lucha. El coraje y la templanza son esenciales a esa aventura. Durante décadas Patricia soportó junto a su marido una andanada de calumnias, acusaciones y mentiras, incluso de parte de muchos de quienes hoy los felicitan, y siempre lo hizo con la resistencia apuntalada por sus convicciones, asentadas en el árbol frondoso de su educación familiar. Sus abuelos y padres, Pedro, Carmen, Luis, Olga, alimentaron el tronco de ese árbol, en cuya sombra Mario siempre estuvo. Esa educación tribal, la de la familia como una gran comunidad, persistió con ella. Su rostro de facciones definidas, en el que brillan unos ojos fuertes que lo observan todo, es el de una figura central, alguien que no se siente incómoda en el centro de los escenarios, aun cuando haya tenido que vencer, y siga venciendo, para ello su timidez. La relación que cumple es la de una mujer como el núcleo en la comunidad familiar: el permanente nexo de unión entre todos sus miembros, el punto en el que todos convergen. Esa vocación centralizadora es un rasgo de su personalidad. En los viajes con un grupo de amigos la he visto siempre preocupada por la salud y las buenas condiciones de todos, con los rápidos reflejos de una madre y hermana, ante cualquier indisposición de un miembro del grupo.

No hay duda de que el carácter fuerte de ambos, aquello que los une, también debe haber causado discrepancias entre ellos, pero solo como un ejemplo de que ambos comparten una premisa fundamental, la de la vida como un asunto de alto riesgo, una empresa en la que nunca está ausente el humor como la última respuesta frente a las sorpresas. Su capacidad de trabajo es ilimitada y uno puede verla a cualquier hora del día organizando un viaje, contestando y enviando cartas, evaluando propuestas y opinando sobre la política del momento o sobre la novela que acaba de leer. Por otro lado, pocas personas que conozco tienen un sentido tan acendrado de la sensatez, esa virtud que prioriza en pocos segundos lo esencial, frente a los accidentes del camino.

Pero no es cierto que su papel se limita al orden de un mundo (con el auxilio de Rosie, Lucía, Verónica y Fiorella, y siempre bajo la compañía de grandes amigas como Rosario Chocano). También me consta que es una lectora constante y atenta, con opinión formada sobre las circunstancias políticas y una mente organizada en función del orden moral que toda la realidad debía tener.

Hace unos años, Blanca Varela me hizo notar que Mario y Patricia se parecían físicamente, lo que no se debía solo, agregaba, a que eran parientes. “Los dos siempre parecen tan ávidos de hacer cosas”, me dijo. La historia de su relación es la de un camino compartido. Hay mujeres que, como en el caso de la Vera de Nabokov o la Nora de Joyce, sirvieron de musas o modelos que en ambos casos inspiraron ninfas tan encantadoras e inalcanzables como Lolita y Molly Bloom. Creo que el papel que tiene Patricia en su relación con Mario es mucho más terreno y directo. Es por eso que cuando ella aparece como un personaje, lo hace con nombre propio, al final de “La tía Julia y el escribidor”. En ese final, Patricia surge como la vía de retorno a esta tierra del amor de varias décadas, luego de la fantasía del romance de unos años. Su “carácter indomable” es quizá la principal razón por la que siguen y seguirán juntos, esa porción de realidad que toda ficción necesita. No en balde dijo en una famosa carta hace casi cincuenta años: “La querré siempre” (Escribe: Alonso Cueto)

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