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Edición 2157

25/Nov/2010
 
 
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Hija, El Cumple de Borja, no te la Pierdas

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Ay hija, tú sabes que una de mis ominosas cadenas en la vida es mi hermana Ana Luisa y no porque sea vulgar, pacharaca o se haya casado con alguien de otro colegio, ojalá así fuera, sino porque anda metida ya no sé si en el Opus o en el Sodalite, que para el caso son como la gimnasia y la magnesia, que se pronuncian parecido pero las dos te hacen cagar. Bueno, Ana Luisa está casada con Juan Alonso de Aliaga, que tiene sobre la cabecera de la cama a un lado a la Virgen de la Covadonga y al otro el título nobiliario del condado de La Atarjea, hija, antes de que esas, sus tierras, se convirtieran en los desagües de la capital, yo sé que tú me entiendes. Ellos tienen dos hijos, la mayorcita se llama Anunciación (yo en el bautizo con mis mejores intenciones le dije a mi hermana que más bonito era “Circuncisión” y casi me botan del ceremonial) y es una adolescente que debe pesar 25 kilos y solo te habla en letanías, más o menos así, “buenas noches tía Lorena, torre de marfil, arca de la alianza”, y como no la entiende ni san puta, pucha, va a la psicóloga nueve veces a la semana, toma Ritalín y ahorita empieza con un tratamiento gringo para niños asesinos en serie que según mi hermana, “hará la voluntad de Dios de devolverla a la normalidad”. El otro hijo se llama Borja, tiene tres años y la verdad me cae regio, porque estando en el Alpamayo y toda la vaina, ya van varias veces que lo he descubierto en mi computadora –porque la de su casa está llena de filtros anti teta y poto– pucha, navegando en unas páginas porno que hasta a mí me escandalizan, imagínate, es que nunca me imaginé que se pudiera hacer el sándwich interracial, eso sí que es una novedad, pero no estoy acá para hablarte de eso sino de algo que justamente está en relación con Borja, que la semana pasada cumplió años. Hija, ya podrás imaginarte, El Golf Los Inkas, buffet de Marisa, La Tarumba entera con todo y caballos de paso (a los que eso sí, mi hermana exigió que les cubrieran las vergüenzotas con costalillos de yute), animadoras traídas de Chile (“porque allá no hay tanta malicia gracias a Pinochet”) y la mar en coche. Pero cholita, hay un ritual para los cumpleaños infantiles que no cambia ni así contrates al Cirque du Soleil, y es la jarana de inflar globos. Como yo soy súper colaboradora independientemente de mis diferencias ideológicas, y más con mi hermana, pucha, me ofrecí a poner a la Jessikah’s Jesseniah’s a cumplir con esa tarea desde el día anterior. Mi hermana había encargado a Disney por Internet unos globos de plástico con seda en colores brillantes que le costaba cada uno quince dólares y regio, la cosa es que con la humedad de Lima los empezabas a inflar y se enfurruñaban como cuando al maridete le pasa “eso” que siempre dice que es la primera –y última– vez que le pasa. Bueno, había que resolver el problema y la mandé a la Jessy a comprar globos al chino de la esquina, esos de siempre, redondos y largos, que los chicos ni cuenta se iban a dar. La Jessy, que cada día está más pendeja, me dijo, “déme la mitad de la plata y yo le consigo una tonelada de unos globos buenazos que aguantan todo”. Yo sin pensarlo mucho acepté, pero hija, cuando la veo que se me presenta con centenares de condones de esos que distribuye el Ministerio de Salud y que ella había pedido como donación para un Club de Madres de La Molina Vieja, casi me da el mal de Tourette. Pero cholita, ya no había tiempo para nada, así que manos a la obra y bemba al condón. Entre el chofer don Second, la Jessy, el jardinero Johnkennedy y el guachimán Bradpit, pucha, en menos de dos horas habían inflado más de mil globos regios. Unos con espuelas, otros con sabores a fresa, chocolate, naranja y otros así nomás como para polvo de pobre pero pre-cio-sos. Bueno, llené la camioneta y me fui volando a Los Inkas pero hija, cuando llego y me encuentro en la puerta al cuervo del Cipriani con báculo, mitra y zapatillas moradas ingresando al santo, entré en trompo pero luego pensé: “¿sabrá distinguir un condón de un globo, este que con las justas leyó Dos Noches de Placer de Musset y se metió de obispo?”. Decidí que no y cuando lo vi un rato más tarde jugando vóley con mis sobrinos con un condón con sabor a piña, sentí que por fin la vida era vida. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

 


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