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Edición 2143

19/Ago/2010
 
 
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Hija, Cierra Bien la Puerta de tu Departamento

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Cholita, una ya no puede estar meditando sola en su casa, que se te mete la cruda realidad en su faz, digamos, más febril, no se me ocurre otra palabra. Es que eso era lo que yo estaba haciendo el otro día, hija, meditando en la sala grande porque mi ashram la idiota de la Jessikah’s Jesseniah’s lo roció íntegro con un spray de esos que huelen a burdel de New Orleans, hija, porque según ella el incienso le hace doler “mi costado”, como se dice, antropológicamente hablando, entre los cholos, ¿no es cierto? Hija, es que estoy haciendo una meditación de Bramaputra, que se la dio un swami a una princesa que no podía dormir de lo intensa que era, al menos eso así creía ella, pero el swami lo primero que hizo fue cambiarle el colchón –que era de pelotas de pelo de uks de Saravasti como se usaba desde hacía 32 mil años–, por un Rosen y luego enseñarle a meditar, de modo que los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué curó a la princesa. Pero chola, a mí me va regio, ya me elevo tres milímetros del suelo a las seis horas de haber comenzado, y ahí estaba justamente cuando qué crees, se abre la puerta principal del departamento y entra hecho una tromba lo que me pareció un viejo feísimo vestido de blujin y polo verde, con zapatilla nacional, y no paró sino hasta el baño de visitas, y todo esto, gritando: “¡me caaaaaago, me caaago, se me saaale!”. Hija, me caí sin aviso los tres milímetros y tengo el coxis como la sonrisa de Meche Cabanillas, pero lo peor de todo era el desconcierto, y nada te digo de los ruidos que salían del baño, cholita, te lo juro que parecía una fábrica de planchas de acero de inicios de la era industrial, plushhhh, scacacacacata, brrrrr, frrrfffrrr, ploplop, y cuando ya pensabas que estaban por bajar de intensidad, se arrancaban otra vez en un crescendo de concerto grosso a punta de bruffffff, prrrrrr, blogblog, que era para llamar a Armando Sánchez Málaga y se mande con una dodecafónica. Y yo ahí, sentadita esperando que ese bucéfalo que se había apoderado de mi toilette, se dignara liberarla. Cuando de pronto, chola, se abre otra vez la puerta del departamento y entran unos cholos buenmozones hechos unos picaportes de lo agitados que andaban, preguntando, “¿Dónde está la doctora? ¿No ha entrado por acá?”. Hija, ahí sí que ya no entendí nada, pero entendí todo cuando por fin el baño se abre y sale un olor similar al que deben haber sentido los descubridores de la tumba de Tutankhamon, cholita, no puedes imaginarte, y la fetidez precedía ni más ni menos… ¡que a Lourdes! ¿Tú te puedes imaginar mi impresión? Claro, pero como yo soy Villa María, me hice la que llovía en Londres y la invité a sentarse agradeciéndole la visita y sin atreverme a preguntar nada, pero ella solita me contó. “Disculpe, doctora Tudela, pero a las cinco de la mañana tuve un mitin en La Huayrona donde me dieron tacu tacu recalentado y tuve que bailar un huaylarsh, a las seis estaba en Pamplona Alta desayunando tamales del día anterior rellenos de sebo con un caporal de chicha de jora al costado y ahí me tocó bailar un tondero de Morropón. A las siete y media me tenía en Manchay trambuchándome un pan con sangrecita del tamaño de un tren, antes de que el alcalde me sacara a bailar una arascasca huamanguina. A las nueve, chocolate caliente hecho con agua de pozo y carapulcra con sopa seca, en La Melchorita de Chorrillos, donde me lancé al ruedo a darle a un landó en el que ya me comenzaba a avisar el intestino que el task force estaba por emitir los excesos, y claro, en camino hacia Musa, donde me esperaban con un cuáquer de nísperos y una banda de huaconada, disculpará usted doctora, pero la tortuga comenzó a sacar la cabeza y dije ¡basta!, me tiré del auto en movimiento, me metí al primer edificio que vi sin guardián, luego al primer ascensor disponible y acá me tiene, feliz de saber que voy a ocupar el sillón de Nicolás de Ribera en las próximas elecciones. Bueno, muchas gracias y espero vote por mí”. Y con las mismas se fue y encima ¡me dio la mano! Por supuesto que terminé en La Americana con herpes y pústulas en la palma y hasta ahora estoy en cama con oxígeno y suero. A ver dime, ¿qué quieres que piense? Estoy ya segura a estas alturas que es honrada la Lulú, pero que no se pudo resistir a la chicharronada con chinchulines que le invitó Cataño, y ahí empezó toda su desgracia. Regia mi interpretación, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

 


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