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03/Jun/2010
 
 
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Vargas Llosa nos hace reflexionar sobre cómo la televisión puede aumentar el nivel de imbecilidad de los seres humanos.

Una Caja Más Que Boba

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MARIO Vargas Llosa dedicó un artículo al documental dirigido por Nicolás Entel, que hace unos días exhibió la televisión española, basado en la vida de Sebastián Marroquín, el único hijo varón de Pablo Escobar, el narco- traficante más famoso de Colombia.

Escribió con tanto entusiasmo de esta producción denominada “Los pecados de mi padre”, el cual, según afirma, le recordó a los mejores logros televisivos de los que guarda memoria, que realmente daba ganas de verlo, porque además de ser una increíble historia es, en palabras del escritor, la radiografía más persuasiva y dramática del fenómeno de la violencia que vivió Colombia en los años 80 y 90.

Pero quizás lo más impactante del artículo es la introducción al tema y su manera de referirse a la televisión y su utilización en los últimos años, asegurando que “en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y –me atrevo a decir– aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla –dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico– exoneran de preocupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar”.

Así de directo y demoledor es MVLl, quien para sorpresa de muchos es un gran consumidor de televisión (de buena televisión, obviamente) y que, incluso hasta se animó a incursionar en ella con “La Torre de Babel” (1981), un programa que se emitía los domingos a las 10 de la noche en canal 5, en una época en la que a los broadcasters les interesaba algo más que el rating.

Si Vargas Llosa recuerda como sus favoritos espacios de la BBC, de la CBS o de la televisión francesa que resaltaban como lunares en medio de chabacanería pura, nosotros todavía tenemos en la memoria muchos de los episodios de “La Torre de Babel” (a propósito, en lugar de repetir una y mil veces “Risas y Salsa”, Panamericana podría aprovechar para volver a programar este espacio), así como telenovelas que marcaron época, programas concurso de nivel como “La pregunta de los quinientos mil reales” y todas sus variantes y también, por qué no, espacios de entretenimiento como “Haga negocio con Kiko”.

Recordando aquella época y comparándola con la TV de hoy en día, ¿alguien puede decir, siquiera, que Vargas Llosa exagera? En absoluto. Y supongo que nadie se atreverá a esgrimir el único argumento que suelen usar para negar lo innegable: “habla por envidia”. Ya sería el colmo. (Escribe: Patricia Salinas O)

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