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03/Jun/2010
 
 
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Opinión Escribe: RAFO LEON

Cusco Pone

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No hay correlación entre una excelente infraestructura y un trato de bodeguero.

CUSCO, 29 DE MAYO DE 2010

El aeropuerto Jorge Chávez pone. Una vez más lo usé la semana que pasó, viajaba a Cusco. En la zona de las salas de embarque nacionales no hay aún una cafetería y me imagino que es porque todavía está en obras. En cambio, se cuenta con un puestito de snacks, bebidas y fruta fresca llamado To Go. Una monada. Mediodía, privado de hambre me acerco a To Go y tomo una manzana roja. “Tres soles”, me dice una señorita que ya ponía menos. “Cónchale, pensé, un dólar por una manzana; acá más que la ley se está aplicando la trampa de la oferta y la demanda”. Pero qué tanto, pagué la manzana. La mordí y fue como meterle diente a una duna. Arenosa, incomible. Esa manzana ni siquiera se regala en el lugar donde se acopian las frutas. Se lo dije a la vendedora, le pedí que me la cambiara. “No se puede, ya está mordida”. Le pregunté a la monada cuál era a su criterio la otra manera de darme cuenta del estado de la manzana. “Ay pues, ha debido machucar con su dedo todas para agarrar la que no estaba arenosa”. Y se acabó, detrás de mí un gringo se disponía a pagar un dólar por un plátano maleño.

El aeropuerto de Cusco medio que pone y ya alegra descubrir que el turismo vuelve en buenas proporciones. Debo tomar un taxi de frente al Valle Sagrado, tengo una reunión de trabajo importante para mí y ya estoy atrasado. Saco mi equipaje y salgo al parqueo, se me lanza encima una multitud de taxistas, ninguno lleva fotocheck ni nada. “¿Cuál de ustedes tiene boleta o factura, y puede llevarme al valle?”. Un muchacho muy entusiasta salta, “¡yo, papá, ochenta soles!”. Como paga la empresa, no regateo pero también conozco algo del Perú y le vuelvo a preguntar, “¿seguro tiene usted boleta aunque sea?”. “Desconfiado eres papá, claro que tengo, sube nomás”. Me meto a su station wagon blanca, y adelante. Dos cuadras más abajo el chofer se detiene en la mitad de la pista y saca el celular, “primo, ¿tienes boleta para prestar?... ya… acá en la avenida… en veinte minutos”. Poniendo menos en mi ánimo verifico lo que sospecho, “ahorita viene la boleta, papá”. No puedo esperar y además, no quiero seguir acumulando ponzoña en mi alma. Me bajo y comienzo a parar a otros autos, ninguno tiene comprobante. Mi taxista, que lo sabe, se limita a esperar que pase el cadáver del enemigo. “Sube papá, vámonos a Pavitos”. Me cago en la leche, ¿qué diablos es Pavitos?

Las partes lumpen de la ciudad de Cusco ponen, pero los huevos de corbata. Más de media hora dando vuel tas hasta llegar a Pavitos, un paradero (ay, informal) de servicio público al valle. Mi taxista busca entre sus colegas a uno que le preste boleta. Aparece Rember con un talonario. Se trata de unos recibos que solo se emiten hasta por diez soles y que están exentos de impuestos. “¡Ya, acá está!”. Pero la carrera cuesta ochenta soles…. “Llenamos ocho, papá”. Vi negro, agarré mi equipaje y babeando salí a buscar cualquier carro que me llevara a la plaza de armas, donde abordar otro para irme al valle. Encontré una camioneta bastante cómoda, sin pezuña; el chofer daba boleta y el servicio de ida y vuelta, más tres horas de espera en Urubamba, me salía a ciento cuarenta soles. Supongo que leída, la anécdota divierte; vivida no pone nada. Más bien evidencia que en el Perú no hay correlación entre una excelente infraestructura y un trato de bodeguero gallego para con el cliente: discrecional, abusivo, mentiroso, descuidado y hasta delincuencial. Lo que las ONG recicladas al capitalismo llaman “falta de cultura de mercado”. Para mí es más simple: falta de cultura. Más sencillo aún: de educación. ¿Mucho más sencillo?: somos unas bestias que crecen 6.5 al año.

 


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