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06/May/2010
 
 
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Brillante Hallazgo

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Estilizada obra de Antonino Espinosa en el Británico de Miraflores.

La obra de Antonino Espinosa Saldaña en el Instituto Cultural Peruano Británico constituye un acontecimiento en el más amplio sentido de la palabra. Con una espléndida curaduría de Élida Román, la muestra permite el descubrimiento de un artista oculto, silenciado por esos avatares de la vida y con una espléndida gráfica a la altura de cualquier diseñador de esos tiempos. A ello se suma una pintura dedicada esencialmente a los paisajes que constituye un gran placer apreciar, porque hay en ellos una fusión entre ingenuidad y erudición, que hacen que por lo menos haya media docena de cuadros sobresalientes. Ocurre que Antonino Espinosa Saldaña (1888-1969) es, como sostiene la curadora, una figura que ha permanecido casi oculta para la historia de la cultura peruana del siglo XX. Sin duda las obligaciones familiares que exigen una estabilidad laboral hicieron que su prestigiosa trayectoria en el campo del orden legal y económico ocuparan buena parte de su tiempo. La pintura y el diseño se convirtieron de esta manera en ese paréntesis de libertad creativa en la que ponía de manifiesto una extraordinaria capacidad para la revelar esos sueños diurnos que el arte motiva y que desarrollaba con inventiva excepcional. Pudiera ser que en esas inquietudes haya influido el grupo de amigos del que se rodeaba, entre ellos, Arturo Jiménez Borja, Isa Jara, César Moro y Julio C. Tello, es decir algunos de los más ilustres intelectuales de su tiempo. Es por eso que a pesar de las distancias, cuando se aprecia esta obra el recuerdo de Luza vuelve inevitablemente a la memoria, sólo que éste último lo hizo a un nivel profesional y con una envidiable constancia que le mereciera un gran prestigio internacional.

Las piezas de Espinosa, de marcado criterio Art Deco, resultan una experiencia absolutamente audaz, tanto por por sus colores, formas y ritmos, y particularmente por la estilización de los cuerpos y los entornos (ver ejemplo) que hacen que estos objetos pasen directamente a un museo. Esto se puede comprobar en la acertadísima reproducción del mural en la galería del ICPB. Posiblemente este mural nunca haya sido hecho a escala real y la institución ha optado por trasladar lo virtual a lo real con un impacto que constituye uno de los grandes aciertos de esta muestra imprescindible.

En cuanto a los paisajes hay en muchos de ellos una luminosidad espiritual, pero en los más enérgicos, como ese bosque de árboles negros, es donde se puede apreciar mejor la capacidad pictórica y las inquietudes de un hombre al que jamás podría regateársele su condición de artista.

La exposición es sobresaliente por muchísimas razones: El hallazgo, la curaduría, el montaje que han dado como resultado una exposición que oscila entre la modernidad más audaz y la espiritualidad de la naturaleza. Consideramos que la visita es indispensable, porque hay aquí una etapa de nuestra historia registrada por un hombre al que demasiado tarde se le ha podido brindar el reconocimiento debido. Por eso, coincido ampliamente con las palabras de Élida Román, cuando sostiene: …“Que esta primera aproximación se convierta también en el rescate de una figura a tomar en cuenta para el mejor conocimiento y comprensión del desarrollo de la historia cultural del siglo pasado”.

Enlace

La muestra del cubano Luis Enrique Camejo (1971) en Enlace constituye la exposición pictórica de mayor interés en Lima. Son obras en torno a la urbe, en este caso La Habana, con su malecón, sus almendrones y alguna cadenciosa mulata, pero se trata de una pintura absolutamente alejada de cualquier realismo costumbrista. En esta obra más que la imagen predomina la forma, como se ha construido un universo con chorreados y brochazos, en una representación de la velocidad simultánea a la velocidad en la forma de pintar. Son cuadros prácticamente monocromáticos de fuerte contenido fotográfico en el registro del instante o de la soledad. Hay cuadros desoladores cuando se recurre al predomino del negro y se acentúa el carácter siniestro de la soledad cosmopolita, mientras que los cuadros del malecón resultan de un esplendor que hace contrapunto al misterio nocturno.

Con Camejo se vuelve a poner en evidencia la magnífica academia cubana, el celebrado oficio de sus pintores y el poder creativo cubano que a pesar de la publicitada endogamia –o quizás precisamente por ella– se muestran más originales y más capaces que los precursores que marcaron el boom de los 80.

 


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