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15/Abr/2010
 
 
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Buscando a Toda Costa al Barranco

Lentamente van cuajando las candidaturas municipales al mismo tiempo que el desconcierto y la molestia del vecindario lleva a sospechar que los problemas de nuestras ciudades son insolubles y, lo que es peor, gozan de una paradójica estimulación de parte de las autoridades.

El tránsito endiablado, ejemplo perverso de cómo se puede mermar la mínima tranquilidad del vecino, es poca cosa frente al crecimiento exponencial de la inseguridad, el asalto y la violencia que tiene paralizados a los ciudadanos, sujetos, además, a la extorsión y la amenaza sistemática. La cantidad y calidad del transporte público y la multiplicación de accidentes que la floresta de normas y castigos no aminoran. Finalmente, lo que se viene advirtiendo es que el ritmo de construcciones de edificios en los lugares menos recomendables y con premura y espíritu vorazmente lucrativo, nos pone en guardia frente a futuros sismos y terremotos.

¿Se ha puesto alguien a pensar lo que se pierde en dinero, en tiempo, en trabajo, inversión, modos y expresiones de una mejor calidad de vida? Es cruel e irónico en muchos casos que se diga que la labor edil ha mejorado en nuestras ciudades y que por eso algunos alcaldes van a ser reelegidos y otros aspirarán a ser padres de la patria, experimentados como están en tratar al ciudadano peor que Chancay de a medio.

El caso clamoroso del abandono y la desprotección de las personas en la vida comunal y edilicia se ha producido hace pocos días con esta vocación de echar por la borda –al barranco– normas y principios elementales que deberían ser la salvaguarda para una convivencia civilizada y orgánica. Funcionarios de la Municipalidad de Barranco han autorizado la construcción de edificios en el borde de los acantilados, a todas luces buscando que el menor temblor los haga, cuando menos, cuartearse si no sucumbir. Al barranco van también basura, desperdicios, desagües, la imparable feria del envenenamiento del mar, acabando con flora y fauna acuáticas. El descuartizamiento del distrito de Barranco, finalmente, confirma que un designio maligno se cierne sobre el otrora romántico rinconcito bombardeado por el caos vehicular y obras del Metropolitano, otra forma de agobio.

El caso de Barranco se ha convertido en un paradigma, en una tortura emblemática, que se reproduce, multiplica y cambia de coloratura en prácticamente todos los distritos de Lima y de otras grandes ciudades, especialmente aquellas que se considera tienen un gran atractivo turístico. ¿Será posible pensar que vamos a reincidir nombrando alcaldes que llegan allí con el propósito de hacer caso omiso del vecino y fajarse con las concesiones, permisos y autorizaciones inciviles? ¿No ha llegado la hora de reunirse los vecinos y preguntarse qué tipo de autoridad edil requerimos y cómo hay que prever la aplicación de los mecanismos de vigilancia de esas autoridades? ¿O es que también nosotros aspiramos a recontinuar con ese vicio de echarlo todo al barranco?

 


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