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15/Abr/2010
 
 
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Hugo Chávez, cuyo gobierno goza de los más grandes ingresos que país alguno jamás haya tenido (per cápita al menos), está hace once años en el poder dirigiendo y proponiéndole al mundo su invento del socialismo del siglo XXI, pero me pregunto ¿en qué ha mejorado a su pueblo en ese plazo de tiempo? ¿Ha elevado el nivel de vida, los ingresos de la población, su alimentación, su educación? Mucho me temo que las respuestas a esas preguntas serán negativas, y que el socialismo ese, así como el del siglo pasado (el de Fidel), solo ha empobrecido a la gente que lo sufre. Y Chávez no tiene ningún embargo norteamericano (al contrario, suele venderle a Estados Unidos el máximo de su producción petrolera).



¿Y qué dirá Chávez, que tanto clamó contra la base norteamericana en Colombia, ahora que Lula ha firmado un tratado con EEUU para instalar varias poderosas bases en su país? Seguramente que tratará de ignorar este hecho, pese a los insultos que tributó a Colombia y al presidente Uribe por el acuerdo para establecer en ese país una simple base antidrogas. Pero Brasil y Lula, claro, son otra cosa. Todas las bases que norteamericanos y brasileños acuerden establecer en Brasil no despertarán en Chávez ni un solo recelo, ni merecerán ningún agravio del líder del socialismo del siglo XXI.


La Gran Vía es LA gran avenida madrileña insertada en el corazón de la capital española, que acaba de cumplir 100 años de vida. Allí, en los 1,316 m de extensión que tiene está el nervio de España, en donde se mueven nacionales y extranjeros abarrotando a veces los 180 comercios de todo tipo que la conforman, incluyendo teatros y cinemas. No hay turista que haya pisado Madrid que en algún momento no haya ido a saciar su curiosidad a esa avenida emblema de la ciudad y de España. Antes de ir a vivir a España quien esto escribe, cada vez que visitaba el país se alojaba en la Gran Vía, en un hotel cercano a la Plaza España, otro sitio emblemático que le queda en un extremo; en el otro, la calle de Alcalá y la fuente de Cibeles, escenario habitual de celebraciones públicas. Y hoy, con motivo de su centenario, me cuentan y leo que la Gran Vía se ha puesto el traje de luces y celebra. ¡Enhorabuena!


La señora Hillary Clinton, secretaria de Estado norteamericana, acaba de declarar: “Hay maneras en las que tratamos de mejorar nuestra cooperación (con Cuba), pero en mi opinión personal los Castro no quieren ver el final del embargo y no quieren ver la normalización (de las relaciones) con EEUU, porque perderían todas sus excusas por lo que no ha pasado en Cuba en los últimos 50 años”, señaló. Entonces, señora Clinton, deles la contra. ¿Por qué de una vez por todas no pone fin al embargo y les arrebata a los hermanos Castro esa bandera de lucha de las manos? Creo que es hora.


A medida que se acercan las elecciones, primero las municipales y luego las presidenciales, arrecian las luchas políticas de unos contra otros. Y crecen los disturbios en toda la república, el bloqueo de pistas y carreteras contraviniendo la prohibición de efectuar dichos cortes. A ese respecto creo que no hay un solo detenido ni enjuiciado. Y no me asombra que haya quienes, en la región de la selva, exigen la renuncia del ministro Brack, que por ello parece ser el único en tener las cosas claras. Lo que sí aún asombra es que en cada ocasión se produzcan muertes por acción de la Policía, la que no parece saber cómo detener en forma menos violenta la acción de aquellos que salen a las calles en protesta por algo (y en este país siempre hay algo por qué protestar). En esta página, o columna, desde hace un tiempo vengo señalando la conveniencia que las fuerzas del orden vuelvan a utilizar métodos menos letales de disuasión, como el famoso e histórico Rochabús, que tan buenos resultados dio antes para disolver masas callejeras y turbulentas. ¿Es que no se quiere comprar una docena de Rochabús, para distribuirlos por toda la república, en vez de tanques chinos? ¿Acaso no hay nadie que ofrezca una comisión por ello? A ver si así atracan por lo menos.


Un buen día, el sábado 10, la ciudad de Lima, y en particular el distrito de La Victoria, se llenaron ya no de gritos, bocinazos, bullanga callejera, como es habitual, sino de música, de aquella que un diario limeño califica de salsa dura (¿habrá salsa blanda?, me pregunto). Una buena medida para una ciudad estresada, que necesita de música en sus calles para aliviar tensiones. ¡Qué bueno!

 


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