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Edición 2125

15/Abr/2010
 
 
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Despistada

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En mi afán de tenderle una mano a la Iglesia, he querido recordar un milagro que les devuelva la fe a los católicos asediados por las dudas que han generado en su fidelidad religiosa los escándalos de pedofilia. Me ocurrió un viernes santo. La hermosa mujer de túnica blanca se hizo visible delante de mí, envuelta en aleluyas y perfumes celestiales de volverse loco de gozo. Eran las once de la noche y en la callecita donde vivía no había ni un poste encendido, por culpa de algún niño polilla que se había tirado el foco del alumbrado. Era la Virgen María, la Virgen se me estaba apareciendo. Agradecí el privilegio de rodillas y le pregunté a la diáfana señora qué mensaje tenía que darme para comunicárselo al mundo, pero la santísima aparecida no hacía otra cosa que mirar para todos lados, completamente desconcertada.

–¿Podría decirme dónde estoy? –me preguntó, con una gota de angustia en la voz dulcísima.

–En la calle Sánchez Carrión, distrito de Barranco, ciudad de Lima, Perú, en Sudamérica –le informé, orgulloso, y agregué, con la reverencia debida: Si la Señora desea conocer la ciudad, no tiene más que aparecerse otro día y con gusto la llevaré donde quiera.

–¡Ay, Lima, Perú! ¡Yo tenía que aparecerme hoy a las diez de la mañana en Ohio, delante de dos pastorcitos peruanos contratados por un ranchero norteamericano! ¡Ay, qué confusión! Discúlpeme, joven, ¿podría indicarme cómo llego a Ohio desde aquí?

–Averígüelo en una agencia de viajes –le respondí, de mala gana. No es que yo sea maleducado, pero es que me sentí tan decepcionado. Hoy, que recuerdo lo sucedido, no puedo menos que agradecer el privilegio de la equivocación mariana.

 


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