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18/Feb/2010
 
 
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Zafarrancho de Combate

Comparando la conducta política de los ciudadanos peruanos con la de otros países latinoamericanos ofrecemos un panorama singular cuyos extremos no se concilian ni compadecen.

Las encuestas quincenales y mensuales sobre los más diversos tópicos, muestran a un ciudadano perspicaz y crítico, que mal que bien parece informado acerca de las peripecias de los poderes, los políticos y el curso de nuestra sociedad. Incluso muchos de los pronunciamientos muestran ponderación y sensatez.

Pero no bien las preguntas se dirigen a cuánta confianza albergan el corazón y la mente de los votantes, supuestos partícipes del ánima civil, acerca del orden político y la fiabilidad democrática, se vienen al suelo las expectativas de un ciudadano más maduro, confiado aunque fuere mínimamente en el sistema democrático, que habla de política porque de algo hay que hablar aunque le importe un bledo lo que ocurra en las urnas, tan decepcionado de todo lo que pueda venir.

Si hubiera que componer un vals sobre la democracia éste sería aun más triste que “El tísico” o “El pirata”. Y por eso Manuel A. Odría resultó un precursor abanderado al decretar que “la democracia no se come”, hace ya esclarecidos 60 años.

Ante estas evidencias es previsible que las elecciones de este año, municipales y regionales, como las del próximo, constituirán un afrentoso desfile de personajes en los que pocos creen –partiendo de la premisa decepcionada de que todo está podrido– para comandar dos instituciones que tampoco animan demasiado a los votantes: municipio pequeño y región en trance de conciliar consigo misma.

Se dice que los partidos fallan, también fallan los que apetecen el poder y los que, sabiéndose decisorios, votan al desgaire y al desgano, sin convicción ni esperanza alguna. Desolados huerequeques en un esmirriado paisaje de arena y grima.

El espectáculo de las últimas semanas es un preaviso del zafarrancho que se viene: cuántos y cuáles son los postores, dónde y cómo se acomodan, qué proporción hay entre lo que ofrecen y lo que ocultan, cuáles son sus cálculos mercantiles, dónde están sus principios o convicción partidarios.

Hay algunos que para poder reelegirse –bajo el supuesto de que han sido buenos alcaldes– cambian de tienda política como si se tratara de un calzoncillo más cómodo. No tienen necesidad de hacerlo puesto que el elector valora su trabajo, pero no hay carnaval sin colombinas y mejor marchar en comparsa, pues las ideas pasan y los avivatos transitan.

Hay otros aun más llamativos. Dicen no necesitar presentarse a ninguna candidatura, solicitados como están por el mundo entero. Confiesan sin embargo que serían capaces de sacrificarse y ocupar la primera magistratura o la presidencia regional por amor al país. ¡Cuánto sacrificio, cuánta capacidad de entrega! ¿Por qué no rogarles que no se sacrifiquen y continúen su piadosa prédica salvadora en las anchas esferas de la globalización?

El JNE ha lanzado una campaña principista por “un voto informado” que habrá de parecerse a los muros de contención de Aguascalientes si es que partidos y candidatos sufren una milagrosa transformación. Serían reconocidos por un Perú libre y feliz sin traficantes de la política.

 


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