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18/Feb/2010
 
 
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Para conjurar ardores, prolífico Carlos Calderón Fajardo llega con ineludible entrega playera.

Chapuzón de Culto

2 imágenes disponibles FOTOS 

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"La playa es mi vida, aquí estoy en mi garbanzal", afirma el escritor en Ancón, lugar de veraneos de infancia. El libro se presenta este 23 a las 7 p.m. en La Noche de Barranco.

Al menos una vez al año, un cadáver amoratado es expectorado por el mar delante de su casa. Historia propia de un cuento de ánimo fantástico, Carlos Calderón Fajardo no apela en este caso a la ficción, sino que tal avecindamiento con la muerte es para él la más perturbadora realidad. Salada literal y metafóricamente, la Playa Revés en Punta Negra es el lugar donde el autor pasa buena parte del año escribiendo compulsivamente con lápiz y papel historias como las 33 que ahora presenta en su libro Playas (Borrador Editores, 2010).

“El mar no soporta a lo muerto, todo lo bota”, dice el autor con la autoridad de quien lleva 40 años viviendo en una casita bañada por aguas asesinas y a la que ya no hay nada que robarle porque ya todo se lo han robado. Con una incakolita de por medio el escritor se calatea en cuerpo y alma para darse un chapuzón en las profundidades más amables de Ancón y hablar de su obsesión playera, su convenida devoción religiosa y su “vampiresca” apetencia por amistades juveniles.

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De culto y oculto hasta hace pocos años, Calderón Fajardo ha empezado a publicar con el inquietante apuro de quien se siente cercano a la muerte. “Siento muy fuertemente la pérdida de todo, la llegada lamentable de la vejez, la muerte que se acerca”. Solo los últimos dos años ha publicado La Noche Humana, El Viaje que Nunca Termina (La Verdadera Historia de Sarah Ellen), y su Antología Íntima. Ahora presenta una serie de relatos ambientados en playas peruanas y en otras de mares en los que solo se ha remojado a través de la literatura. Así, ahí aparecerán Roberto Bolaño, Montaigne, Tagore, Pavese y hasta Agustín Lara.

Representante de un inaudito gentilicio, Calderón Fajardo asegura que en lugar de peruano él se siente “playero”, aunque las playas que recrea aparezcan como recodos siniestros. “Las playas se han convertido en lugares de lo oscuro de la existencia, cuando conoces por dentro la vida de los balnearios te topas con historias de soledad y miseria”. El escritor le rehuye a la bullanga capitalina, las fiestas y la depresión post-coctel. “La fama es totalmente perturbadora para un escritor. El secreto es estar y no estar en el mundo”, dice y advierte: “prefiero mil veces el público joven a la tía de San Isidro que compra el libro para no leerlo”.

Un puntanegrino más hasta hace poco, sus vecinos acaban de enterarse de su temible oficio y el recelo ha dicho presente: “quizá sea por la mala fama del escritor, que somos maricones, alcohólicos, comunistas o sacavuelteros, y tienen razón”. De sus constantes codeos con el parnaso durante sus años jóvenes en Europa, cuando compartía charlas con Cortázar, Donoso y Ribeyro, le quedan dos certezas. Uno: que solo los escritores “huachafos” conversan de literatura. Dos: que lo único que diferencia a los escritores del resto es su hipergrafía, “especie de síndrome epiléptico que tenían Dostoievski y Flaubert”.

Lejos ya de la incakolita y Ancón, la conversa sigue con aguas más bravas en el café Haití de Miraflores. La grabadora ya está apagada y el papel solo alcanza a registrar apuntes sueltos sobre la absoluta libertad en la que siempre ha buscado vivir, la ofensa mutua como principal problema entre los humanos, la “conveniencia perfecta” de la fe en Dios (“si cumplo, me voy al paraíso”), la fidelidad, el titánico control de las apetencias sexuales, y el triángulo Bayly-Beto-Silvia, tras lo cual simplemente sentencia con toda la sabiduría de sus años: “yo también quisiera un romance con una chica tan guapa... aunque no me lance para presidente”. Entonces vienen a la mente las palabras de ese otro escritor de culto, el uruguayo Mario Levrero, a quien Calderón Fajardo pasea en uno de sus cuentos, y quien en esa novelita suya titulada Dejen Todo en mis Manos dijera con cuestionable certeza: “Con la edad cada vez interesan menos los orgasmos y más el deseo mismo”. (Maribel De Paz)

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