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05/Nov/2009
 
 
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La Cultura, Sobrino, La Cultura

Tratándose de la cultura es inevitable que recuerde a un pariente que en las discusiones políticas tempranas, comenzando mis estudios universitarios, cuando se veía en aprietos por su irrenunciable militancia aprista, cerraba la tertulia con esa vaga y honda reflexión que aún hoy no entiendo a qué conclusión conducía: “ay, la cultura, sobrino, la cultura…”.

Pues bien, dando forma a un anuncio que se veía venir, el presidente Alan García ha planteado ya el proyecto de creación de un Ministerio de la Cultura (así con mayúsculas prosopopéyicas) que, naturalmente, abre interrogantes, particularmente cuando se comprueba a diario que desde la perspectiva del Estado y los gobiernos de turno, la idea de cultura es materia de discursos, condecoraciones, de cuando en cuando alguna pensión de gracia y fotos, muchas fotos que quedarán luego en los archivos.

Estas solemnidades no son privativas del Perú. América Latina es fervorosa de los artistas, creadores, escritores y poetas muertos que por lo común las pasaron negras cuando vivían, generalmente incomprendidos por su sociedad. La cultura pocas veces se hace y se consolida desde el Estado, aun cuando algunos países dan un sitio especial a los notables de las artes y las letras en las representaciones diplomáticas. Algo de eso se intentó aquí en las postrimerías del régimen de Toledo, que fue el último auxilio que recibió un gran poeta, Jorge Eduardo Eielson.

¿Qué es lo que verosímil y sobre todo realistamente puede hacerse por la cultura desde un ministerio? No se hizo mucho cuando se habló de una Casa, de un Museo o un Instituto, así se le hubiera puesto tambo o guardería. Lo más escandaloso es que si se quiere servir bien al desarrollo cultural del Perú debería potenciarse éste en la escuela, lo cual es un pedido estratosférico.

Lo poco que se ha hecho en los últimos 50 años está borrado del mapa. Ni tan siquiera se mantuvieron los premios nacionales de cultura que, además de ayuda pecuniaria, permitía a los olvidados resonar algunos meses en la consideración pública. Ya sería algo estupendo que nuestros creadores pudieran visitar zonas y regiones explicando por qué decidieron ser escritores, pintores, rebeldes teatrales, aventurados triunfadores en el extranjero, las fuentes locales de su inspiración, su amor por el Perú sin los discursos ornamentales ni el patrioterismo electoral.

Los que hacen cultura aman y trasmiten a su país y por lo mismo deberían ser actores principales, no incorporándolos a puestos públicos, tras tristes escritorios, sino los grandes inventores de iniciativas que hagan que cultura, arte y sociedad convivan plenamente sin los formalismos atávicos de la burocracia.

Y para citar, como siempre ocurrirá con Vallejo, el más grande de los embajadores del Perú, jamás ayudado por la representación peruana en París salvo cuando murió, “todo acto o voz genial viene del pueblo”. Y va hacia a el. Hacer cultura es propiciarla desde abajo en una gran ofensiva cultural, que supone fondos a no dudarlo, pero sobre todo emprender jornadas, campañas, un fervor colectivo por la cultura profunda y propia de nuestras múltiples colectividades.

 


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