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Edición 2103

05/Nov/2009
 
 
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Creo que es hora que el país se convierta de una vez por todas en un estado laico antes de que terminemos siendo un país confesional, como los musulmanes por ejemplo, en los que quienes gobiernan se rigen por leyes inspiradas en la religión y el gobierno lo ejercen personas ligadas a confesiones inconfesables. Que las leyes y las interpretaciones de las leyes no estén en manos de gente abstrusa y reaccionaria, que obedecen a mandatos imperativos religiosos elaborados en otras partes, Roma, por ejemplo. Un país laico es un país ecuánime, como en el que merecemos vivir.



Mucho lo lamento, pero un reiteradamente repetido spot televisivo de la AFP Prima muestra a una persona estacionar su auto, con toda sanfazón, en un espacio restringido pintado de azul destinado para inválidos. El conductor del vehículo desciende de este con toda agilidad y no para mientes en dónde se ha estacionado. ¡¿Qué clase de ejemplo es ese?! Como los avisos de la tele no los escucho porque apenas aparecen oprimo el botón de Mute, quizá me he perdido el mensaje de Prima. ¿Me habré privado de escuchar un mensaje enaltecedor, un ¡Con Prima usted puede y hace lo que quiere!, por ejemplo?


Una pregunta simple: ¿usted cree que aquel canal que dentro de eso que se llama Cable Mágico repite reiteradamente el filme Gladiador dejará de hacerlo algún día, o tendremos que soplárnoslo eternamente?; el filme es bueno, pero ¡ya basta! Lo mismo para The Bourne Supremacy, que cansa sobremanera, francamente.


Vamos a hacer un poco de aritmética. Chile, cuando empezó la guerra de 1879 tenía 467,883 km2 de extensión territorial. Hoy tiene 744,360, es decir que 276,477 km2 les fueron arrebatados al Perú y a Bolivia, en el más grande acto de rapiña que América y el mundo han tenido que soportar. Chile ganó con Salitre I (1879) más del doble del territorio que tenía cuando empezó la guerra. Entonces era un país sin recursos, sin historia, sin cultura, pero como se preparó oportunamente para la guerra de conquista terminó siendo lo que es hoy día, un país próspero y arrogante que realiza simulacros de guerra con la abierta complicidad de países como Argentina, Francia, Estados Unidos, en una abierta amenaza que sin vergüenza alguna bautizó como Salitre II. ¡Y a mí no me van a decir, con esos antecedentes, que el programa de televisión chileno Pelotón, bien calificado de reality militar, es una mera casualidad! Quienes lo han ideado y sostenido son aquellos que quieren preparar al pueblo chileno a una probable aventura guerrera, acostumbrándolo al manejo y usos militares, haciéndolo olvidar de paso que fue su ejército, justamente, quien avasalló y abusó de su población con tanta saña como la que utilizó en 1879 contra su vecino, el Perú.


Con su descomunal armamentismo de los últimos años, Chile quiere cubrir su rabo de paja e incluso llama para ello a países que debieron abstenerse de participar en esa amenaza tan fehaciente como fue su ensayo Salitre II, nombre que no se han molestado en explicar. La cancillería peruana ha debido dirigir por lo menos un memorando secreto a los países que colaboraron con Chile en esa real acechanza a nuestra frontera, explicando, por si no se hubiesen percatado, cuál es la verdad de la milanesa.


Sospecho que la envidia no es sana, pero uno a veces no puede hacer otra cosa que sentirla, como cuando veo en Internet que en Buenos Aires estrenan notables películas como El esfuerzo y el ánimo, Lovecraft en español, Edén al oeste, Un lugar donde quedarse, La vida loca, Bullying, etc. etc., mientras en Lima no paran de ofrecer al público idiota que aquí tenemos mamarrachos insoportables como Suegra al ataque, Diabólica tentación, El peor de los miedos, Scar, etc., el más barato producto del imperialismo cinematográfico a que nos tienen sometidos las distribuidoras norteamericanas. Lo he dicho una y otra vez, pero la voluntad de estupidizar al público peruano se agudiza cada vez más. Ni siquiera los ciclos de cine europeo, que con total carencia de información orientadora ofrece el PUCP, pueden cubrir el bache. A eso también contribuye la indolencia de los críticos cinematográficos limeños. ¡Somos el país con la peor cartelera cinematográfica del mundo!


Como ya le dije a la sección Nos escriben, espero que el señor Guillermo Denegri, de Telefónica, que replica mi crítica al sistema del 103, se moleste en llamar a ese número y solicite el del Ministerio de Relaciones Exteriores, marque el que le dicten y así se enterará que ese número se encuentra “Temporalmente fuera de servicio”. ¡Madonna santa!


La única forma de acabar con las barras bravas es hacer que los partidos de fútbol se jueguen sin público.

 


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