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05/Nov/2009
 
 
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Historia Con la caída del muro la historia cambió para siempre. 9 de noviembre de 1989. Dos peruanos y un alemán relatan su experiencia.

¡Fuera Abajo!

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Una revolución pacífica rasgó la cortina de hierro. Poco después la ex URSS se desmembró. Era del fin de la guerra fría.

Holger Stenzel es diplomático y trabaja en la embajada de Alemania en Lima. Nació el 13 de junio de 1970 en la ex RDA (lado comunista). Cuando despertó a la vida, el muro ya estaba allí. Había sido construido 9 años antes, en agosto de 1961. Stenzel vivió en un distrito muy cercano, aproximadamente a unas tres cuadras de distancia.

–¿Cómo se desarrolló su infancia?
–De una manera muy normal. El muro estuvo allí toda mi niñez. La primera vez uno pregunta a los padres por qué esto, por qué no se puede y recibes una explicación. Por un tiempo te conformas. Luego, adolescente, empiezas a hacerte más preguntas y a dudar. Entonces me di cuenta que algunas cosas andaban mal.

Al respecto había una broma entre nosotros: “Dos hombres conversan y uno le dice al otro que quiere emigrar. ¿A dónde? A la RDA que aparece en los diarios”.

–¿Cuáles eran las diferencias?
–Aunque nadie se moría de hambre, habían cosas que uno quería que no siempre estaban al alcance. Pero los periódicos siempre decían que los planes se estaban cumpliendo, que estábamos abastecidos, que la economía marchaba bien.

–Personalmente, ¿cómo afectó su vida la caída del muro?
–Yo tenía 19 años y estudios escolares terminados. Por un lado se me abrió el mundo. Pero por otro lado, también llegó cierta incertidumbre. Podía estudiar lo que quisiera pero ya no estaba asegurado un empleo al finalizar. Por ejemplo, a mí siempre me gustó la literatura y la lengua alemana y tenía ganas de ser germanista. Pero, ¿qué haría si eso no funcionaba laboralmente? Al final, opté por el servicio diplomático. Para mí todo salió bien pero para la generación de mis padres fue dificil. No solo porque tenían que adaptarse, sino porque muchos empleos simplemente desaparecieron. Pero en términos generales hemos logrado un sistema democrático y tenemos todas las libertades. Sin embargo, hay que decir que ha sido y es un proceso bastante complejo.

–¿Dónde estaba la noche del 9 de noviembre?
–En un cuartel. Una semana antes me habían convocado para hacer una especie de servicio militar. Esa noche, nosotros, los novatos, nos dimos cuenta que algo estaba pasando porque nos despertó el ruido de mil policías saliendo del cuartel. No sabíamos exactamente qué pasaba. El 10 de noviembre, cuando salimos a las 6 de la mañana (con bastante frío) para ejercitarnos, nuestro Sargento nos dijo: “Anoche se abrió el muro... Derecha, derecha, corriendo, march...”. Eso fue todo. Recién pude cruzar en mi primera salida, luego de un mes. Era diciembre. Fui con mi padre. La otra parte de Berlín era diferente... pero normal. La gran diferencia era la oferta en las tiendas comerciales.

La Mirada Peruana

El diplomático y escritor José Zapata López llegó a Berlín en 1987 y una de sus funciones era hacer informes políticos y de prensa para la cancillería peruana. “A partir del 7 de octubre, 40 aniversario de la RDA, el tiempo histórico se aceleró. Un mes después cayó el muro. En marzo de 1990 ganó las elecciones el candidato de Helmut Kohl. El 1 de julio, unificación monetaria. El 3 de octubre reunificación alemana. La caída del muro de Berlín significó también la caída y desmoronamiento del Estado alemán oriental”.

–¿Qué hizo el día de la caída?
–Era un jueves. Sabía que había una conferencia de prensa del vocero del gobierno Günter Schabowski sobre el asunto de los permisos para viajar a occidente. Pero no se esperaba nada extraordinario. Estando en casa, por la noche, me llegó el rumor de que estaban por abrir la frontera, pero ninguna confirmación. Con esa duda me fui a dormir. Por la mañana muy temprano prendí el televisor y vi imágenes insólitas del muro y de los cruces de frontera, ocurridas por la noche y la madrugada. Supuestamente el muro había caído pero las noticias eran confusas. Había que ver para creer. Antes de lo acostumbrado me fui a la oficina, a eso de las siete de la mañana. Vivía en el barrio de Pankow, y de ahí a la Embajada las calles estaban tranquilas, como un día cualquiera. Fue recién a partir de media mañana que empezó el movimiento, y comenzó a sentirse que la Historia con mayúscula irrumpía en la cotidianidad del Berlín dividido.

Aunque llegó a Alemania en julio de 1990, el historiador y diplomático peruano Hugo Pereyra Plasencia cuenta que “ni bien bajé del avión, moría de curiosidad por conocer Berlín occidental y tomé inmediatamente un taxi para cruzar hacia el otro lado. En términos de distancia, era –para ser gráfico– como pasar del Centro de Lima a Miraflores. Había, en efecto, un contraste grande entre los dos Berlines, aunque debo reconocer que el lado oriental no dejaba de tener un encanto especial, porque estaba enclavado en el corazón de la vieja ciudad prusiana. Le pedí al taxista que me dejara en la Kurfurstendamm (algo así como “La Avenida del Príncipe”). El ambiente político me golpeó inesperadamente a la cara cuando intenté regresar. Para sorpresa mía, pese a que el muro ya no existía y que todos los pasos estaban abiertos, ningún taxista quería hacer el desplazamiento hacia Berlín oriental. Puesto que, con el entusiasmo, yo casi no había sacado dinero creyendo que sería fácil retornar, ya estaba pensando en acomodarme en una banca para pasar la noche a la intemperie, cuando, en un último intento, un taxista aceptó hacer el viaje. Agradecí haber tomado clases de alemán en Lima, lo que me permitió desentrañar el bastante difícil acento berlinés. Por toda explicación, me dijo que sus conciudadanos taxistas todavía tenían “die Mauer im Kopf” (“el Muro en la cabeza”). (Juan Carlos Méndez)

 


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