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Opinión Por CHRIS PATTEN

Viejos Gruñones

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LONDRES – Al haber alcanzado una edad digna de jubilarme, califico para ser un viejo gruñón. Debería estar aburriendo a mis nietos, y a los alumnos de la Universidad de Oxford de la que soy rector, con rezongos sobre cómo todo se va a la ruina. Pero no es así precisamente como yo veo las cosas.


Ingresé a la universidad en 1962. Mi primer ciclo coincidió con la crisis de los misiles de Cuba. El mundo parecía tambalearse al borde de una catástrofe nuclear. Aquellos eran los días en que la paz global estaba sostenida por un concepto convenientemente conocido por el acrónimo MAD (término que significa LOCO en inglés y se traduce como Destrucción Mutua Asegurada). ¿Ese mundo era peor y más peligroso que el de hoy, donde nuestra principal preocupación nuclear es cómo impedir la proliferación nuclear y fortalecer el tratado que la inhibió durante la última generación?

Al final de mis estudios en Oxford, fui como alumno a EE.UU. y visité Alabama. Tal vez ustedes recuerden la historia de Richard Nixon cuando asistió a los festejos por la Independencia en Ghana. En una recepción de gala, se acercó a un invitado, confundiéndolo con un lugareño, y le preguntó qué sentía al poder votar y gozar de libertad bajo el régimen de derecho. “No sabría decirle”, respondió el hombre. “Soy de Alabama”.

Durante mi vida adulta, hemos pasado del asesinato de activistas por los derechos humanos en EE.UU. a la elección de un presidente negro. No hay motivo para gruñir al respecto.

Algunos de nuestros mayores problemas presentes tienen una suerte de cualidad hegeliana. Son el resultado de haberse dado la solución de problemas pasados o de éxitos pasados. Consideremos, por ejemplo, el mayor desafío que enfrentamos, y que es de carácter existencial: el calentamiento global y el cambio climático.

En el último siglo, el mundo se volvió más rico; la población se cuadruplicó; la cantidad de gente viviendo en ciudades creció tres veces; y consumimos más de todo. El consumo de agua se incrementó 9 veces y el uso de energía, 13. La producción industrial se multiplicó 40 veces del nivel que tenía a comienzos del siglo 20.

Sin embargo –y aquí está el verdadero impacto– las emisiones de dióxido de carbono aumentaron 17 veces. Ese es el mayor problema que enfrentamos: el resultado no previsto de una mayor actividad económica y prosperidad.

Analizar los preparativos para la Cumbre de Copenhague en diciembre, donde se busca sellar un nuevo acuerdo global para combatir el cambio climático, no me vuelve gruñón. Finalmente, los grandes actores están tomando las cosas en serio. Estados Unidos ya no niega el problema. El presidente Barack Obama y sus asesores no rechazan la evidencia científica de lo que afecta a todos. En China, el compromiso de los líderes políticos de reducir el contenido de carbono de su economía galopante parece genuino.

Por supuesto, los grandes problemas son cómo se distribuye la responsabilidad de los pasivos ambientales por el carbono en la atmósfera; cómo equilibrar la emisión agregada por país con las cifras per cápita –China lidera la primera categoría; EE.UU., Australia y Canadá son los principales culpables de la segunda–, y cómo realizar la transferencia de tecnología de las economías desarrolladas a las emergentes y pobres. Habrá mucho de qué lamentarse si no se solucionan estos problemas mejor antes que después.

Aquí es donde los viejos parecen haber superado sus fechas de vencimiento político. Permítanme explicar. Durante toda la vida, mi generación ha definido el éxito en términos de aumento del crecimiento del PBI: más dinero en los bolsillos, más recursos para programas públicos, y más empleos. Nada de esto necesariamente es una medida del éxito en el futuro. Necesitamos hablar más sobre la calidad del crecimiento. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha planteado esta cuestión, y tiene razón.

Yo no estoy argumentando que el crecimiento sea algo malo. Dígaselo a los pobres. Pero lo que debemos promover es el tipo correcto de crecimiento – un crecimiento que no devaste nuestras perspectivas futuras.

Tenemos que definir la sustentabilidad del crecimiento de maneras que creen una narrativa atractiva para nuestros ciudadanos. Actualmente, la gente aplaude el crecimiento sustentable, pero no vota en la práctica por lo que implica.

Los votantes alemanes cascabelean ante cualquier sugerencia de que se debería limitar el daño ambiental causado por autos grandes y costosos. Los electores británicos se alinean detrás de los conductores de camiones cuando protestan contra los aumentos del precio de la gasolina, y aún más frente a la introducción de mayores impuestos a la energía. Los impuestos al carbono topan con resistencia en todas partes.

Yo tengo cinco nietos de menos de cuatro años. Para cuando califiquen para una pensión y la licencia para gruñir, el siglo ya habrá ingresado en su séptima u octava década. ¡Es de esperar! ¿Cuánto han de enojarse entonces por la manera como nos estamos comportando hoy? (Por: Chris Patten*)

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* Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong y ex comisionado para Asuntos Externos de la UE, es rector de la Universidad de Oxford. Copyright: Project Syndicate, 2009. www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez

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