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¿Renacimiento Cultural? Y, si es así, ¿qué Hacer?

Casi simultáneamente han saltado a la palestra noticiosa varios asuntos relacionados con la cultura: desde el proyecto del mecenazgo cultural a las presiones para la creación del Ministerio de Cultura, pasando por los consuetudinarios descubrimientos arqueológicos, la multiplicación espléndida de revistas y espectáculos culturales, emprendimientos de colectivos de artistas, escritores, pensadores, apertura de galerías, exhibiciones y debates, auspicios empresariales y una actividad destacada de institutos patrocinados por países amigos.

Bien podría decirse que la ebullición cultural de estos años recientes señala un camino prometedor que, como tantas otras vías de consumo, se inserta dentro de los esfuerzos por consolidar industrias y empresas dedicadas a la cultura en escala más vasta que los pequeños círculos, de limitada y breve vigencia.

En estas corrientes intensas y dispersas el Estado quiere estar presente y de hecho, en la inauguración de la Casa de la Literatura Peruana (obviando la paradoja que haya que albergarla en la Estación de Desamparados, como ha ocurrido que el edificio destruido donde se refugiara la dictadura de Pinochet se convierta ahora en el centro cultural Gabriela Mistral) se ha sostenido que más que un museo lo que se quiere es que sea albergue para las iniciativas literarias y escuela inspiradora de las futuras generaciones.

Ese es un punto interesante para medir la profundidad y convicción con que se toma el auspicio y la promoción de la cultura.

Siempre que se habla de cultura hay una tendencia a la grandilocuencia y la solemnidad y a imaginar la cultura como una manifestación tan alta que resulta inalcanzable. En el Perú una atadura para hablar de las expresiones culturales de hoy es el ancla del pasado, en el que todos nos refugiamos para creernos herederos de una tradición imperial de alta cultura y enredarnos en debates sobre propiedades regionales, proceridades de culturas pre y post incaicas y coloniales. Los jóvenes y las colectividades de los varios estadios culturales regionales y provinciales están buscando otras vías innovadoras y quieren espacios en los que se les vea y donde puedan proyectar esas rutas en la modernidad, el consumo y la convicción de una fuerza creadora compartida. Algo de esto se ha visto con fortuna especial en el arte de jóvenes pintores de la Amazonía, capitaneados por un artista singular como es Bendayán.

Frente a la cultura pensada desde el Estado, la mejor y mayor contribución está viniendo de la misma sociedad y de las singulares fuerzas provincianas y limeñas que encuentran, por otra parte, en este mundo de intercomunicación artística, concordia entre localismo y cosmopolitismo.

Por eso la acción del Estado tiene también que cambiar de norte, pues no se trata del patrocinio al desgaire ni de la burocratización de la cultura, sino de saber tocar las teclas que premien y fortalezcan las iniciativas de los propios creadores de cultura, de los vivos y muchas veces desamparados, de los que deberían estar trabajando entusiastamente en cruzadas culturales en todo el país y en centros de animación cultural en los propios centros educativos de todos los niveles. La cultura se hace en la misma base social, y las leyes son solo acompañamiento.

 


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