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Olor a Tinta Novela de J.B. Adolph busca desentrañar las motivaciones de un dictador.

Adolph Póstumo

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José B. Adolph: ‘La bandera en alto’ Lima, Colección Súmmum-Editorial
San Marcos, 2009. 178 pp.

Con un tono autobiográfico y una acción supeditada a la reflexión política, La bandera en alto, la novela póstuma de J.B. Adolph, es una obra que explora cínicamente las implicancias de una dictadura. Para ello, Adolph recrea un país latinoamericano cuya principal producción es el tabaco y diseña un personaje –Esteban Lorenti– que encarna al típico dictador de esta parte del mundo. En realidad, este es un «pensador» ecléctico que construye, con un grupúsculo, su camino hacia la toma del poder.
La primera persona permite hurgar en la mente encendida de un sujeto que admira a dictadores de derecha e izquierda, pero que repudia sus debilidades. Empleando verdades a medias, Lorenti –a semejanza de la obsesión antisemita de Hitler–, desarrolla un discurso político de odio contra los gitanos, pues ellos son los responsables del antitabaquismo. Así, explica el personaje el fracaso de todos los sistemas de gobierno, pues todos, salvo el que propugna su agrupación –el MSS–, se hallan vinculados con la gitanería. Y al igual que uno más uno es dos, Adolph plantea una lógica narrativa al ritmo de cómo el personaje rememora tanto sus disparatados dogmas y consignas como los logros que alcanzó a partir de aquellos.

Contada desde la –insoportable– soledad del dictador confinado en su propio domicilio, tras el debido proceso que siguió a su derrocamiento, La bandera en alto es una ingeniosa e irónica historia que tampoco desatiende el aspecto místico que suele subyacer a todo programa político totalitario. El ejercicio religioso se resume en un rito que busca el reconocimiento de Lorenti como “Guía y Conductor” de su país y el refuerzo metafísico de que la gitanería es la encarnación del mal. Este eclecticismo teológico es menos sorprendente que el político-ideológico, pues la efectividad de la palabra “Providencia” le permite sintonizar con los devotos de las religiones más influyentes.

La última parte de la novela es una lograda coronación narrativa. Adolph despliega todo el poder de su ironía en un diálogo delirante entre Lorenti y Bill Gates, pues la esperanza, como conclusión, se deposita en el ciberespacio, y esta no es otra cosa que el gran y secreto sueño del protagonista. Así, Adolph consigue desentrañar muy convincentemente lo que habría como impulso humano tras el personaje público que construye un dictador. Que se trate del nefasto líder de una república tabacalera es totalmente irrelevante. Que exista la posibilidad –y aun la certeza– de que ese tipo de líder continúe existiendo es lo verdaderamente trágico.(Por José Donayre Hoefken)

 


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