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Edición 2088

23/Jul/2009
 
 
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Trío

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Obra de E. Raborg en La Galería de San Isidro.

EUGENIO RABORG presenta en La Galería la propuesta más contenida y a la vez más radical –dentro de sus parámetros– de un artista que ha ido variando desde lo óptico hasta algo que pudiéramos llamar derivado del pop geométrico. Con un destacado oficio puesto a disposición de formas que no me resultan de especial interés, siempre he apreciado su habilidad para la pintura y sobre todo el ingenio para el humor, de lo cual hizo gala en su exposición anterior en Artco. Pero después de 30 años de empecinamientos lo actual puede ser un periodo de replanteamientos que se aprecian en una muestra en la cual presenta escasos cuadros de formato poco convencional, donde destaca un alarde formal.

Sin embargo lo que captura el interés son las piezas tridimensionales debido a su ambigüedad, pues se trata de repisas colocadas sobre pedestal y a la vez con un marco sobre la pared, proponiendo de esta manera una problemática que elude definición alguna, pues pudieran considerarse esculturas, relieves o cuadros tridimensionales. Aquí radica lo mejor de la muestra, no tan sólo por el reto a la ortodoxia, sino también por las obras mismas, ya que hay piezas notables, particularmente la roja pasadizo que rememora a una Louise Nevelson neomoderna por la acumulación de patas de sillas o mesas provienentes de alguna fábrica o carpintería. La pieza de mármol blanco resulta inobjetable y sus reminiscencias a Brancusi podrían añadir una aureola vintage. Menos afortunadas son las obras en las que adopta un discurso paralelo al del extraordinario Alberto Patiño. Raborg es un pintor con capacidad para nuevos tipos de visiones, pero le falta la destreza necesaria para jugar a la verosimilitud con estas piezas de madera. Hay remembranzas de Tony Cragg, como ocurre con la acumulación de botellas de plástico, quizás la obra de mayor espiritualidad, porque estos envases colocados sobre vidrio han sido iluminados para dar prioridad a su sombra y este rastro inasible que hace de esta pieza la mejor obra expuesta. Posiblemente no tenga el carácter comercial que el mercado demanda, pero La Galería ha asumido el riesgo de exhibirla para así consolidar una propuesta que merece ser visitada.

ROCÍO RENDÓN

presenta en ARTCO una individual en la que indaga en distintos medios, como sucede con la electografía lenticular en su muestra “Malestar de la Cultura”. De acuerdo con Valeria Quintana, “la artista parte de un referente histórico que puede rastrearse a partir del último tercio del siglo XVI para desarrollar una particular reflexión en torno a la situación de conflicto del ser humano entre los condicionantes culturales impuestos y sus propias instancias psíquicas…”

Pudiera ser, pero eso no se puede apreciar debido a un abigarramiento de imágenes que se multiplica en base al movimiento creado por la técnica empleada. A esto se añade una simbología chicha cargada de una estridencia que anula cualquier posibilidad de comunicación de la idea planteada, mucho menos la insatisfacción del hombre por la cultura, según la obra de Freud. Y a pesar de lo anotado la muestra es rescatable porque Rendón ha trabajado con medios poco usados con resultados que no permiten atisbar este “malestar”, haciendo que todo quede como una obra abierta, libre a la interpretación de cada espectador.

Hay en esta obra una suerte de horror vacui que anula toda espacialidad y sus desniveles se deben más a un efectismo que a una meditación ante lo que se desea comunicar. El hecho de que la apariencia de esta obra sea derivativa de afiches chichas no disminuye los méritos de Rondón, porque esa serpiente que vemos desplazarse pudiera ser el símbolo de ese malestar que no logra devorarnos por la caótica saturación que impide alcanzar la intención pretendida.

Esta es una muestra arriesgada como las que prefiero, porque suele suceder a quienes se atreven y fallan en el intento: adquieren una experiencia invalorable que en el futuro se apreciarán sus resultados.

MUSUK NOLTE

En la Sala de Proyectos de Lucía de la Puente tiene lugar la individual de Musuk Nolte, joven fotógrafo cuya exhibición podrá lucir prematura pero destaca el rigor conceptual de la propuesta que excede a la fotografía misma, en la que él se ha especializado en los medios de comunicación con méritos notorios. Quizás hubiera sido preferible una muestra mucho más dilatada. Sin embargo, a la edad de Nolte, lo que se puede exigir es más pasión y menos reflexión. Y precisamente eso es lo que no ha hecho.

 


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