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21/May/2009
 
 
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Otros Espejos Latinoamericanos

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Continúan en el Perú las especulaciones sobre los posibles candidatos presidenciales para el 2011, y es justo señalar que, aunque prematuras, demuestran una suerte de estancamiento y quietismo en comparación con algunos sintomáticos casos latinoamericanos.

El primero, el reeleccionismo a fortiori, sea por la vía legal forzada pero con referéndum y todo, tipo Venezuela (magister dixit), Ecuador, Bolivia, sea por el de un cubileteo lento, seguro y con abierta simpatía no sólo de los colombianos sino de los propios Estados Unidos, el del presidente Uribe. Cuando se ha hablado de esto en el Perú –inviable constitucionalmente– se ha producido silbatinas y rechazos rotundos en las encuestas. Aunque lo quisiera, en sus generosos sesenta años cumplidos, AGP no podrá imaginar ese horizonte. Si “gran elector”, otro será su juego en el 2011.

El segundo efecto es el de la juventud renovadora, caso del joven diputado chileno, cineasta, filósofo, ya incluso entrevistado en Lima, Marco Enríquez Ominami, que ha creado una corriente rupturista frente a los clásicos miembros del elenco estable de la política chilena.

El tercer efecto tiene un curso singular y aleccionador para nosotros. Hablaremos de México. Una brillante periodista y analista política, Carmen Aristegui, preparando un libro, entrevista al ex presidente Miguel de la Madrid (1982-1988), y da adelantos de la misma en su matutino programa radial originando una revolución política. La Madrid reconoce que los Salinas de Gortari, en especial el designado presidente Carlos Salinas, son partícipes de un saqueo de México, que los convierte en millonarios, socios de narcotraficantes, mandamases de influencias y hasta asesinatos, juicios que pocas veces se han hecho públicos por parte de prominentes ex mandatarios. Pero el propio La Madrid termina reconociendo que no sería bueno para el sistema que se acuse y enjuicie a Salinas, como se ha hecho en el Perú con Fujimori, porque no se puede hacer que el escándalo destruya a la nación.

Ese pacto de respeto a la impunidad (“ A veces la justicia es un obstáculo para el poder”, dice La Madrid. “En México hay puros prófugos de la opinión pública”, es otra frase célebre) es lo que hace que hasta hoy México no pueda romper con un pasado e inaugurar nuevas vías de tránsito hacia la limpieza, hacia la desinfección de un estado de veras de derecho y democrático.

Se me ha dado en pensar que esa defensa cerrada del sistema de pactos, liviandades, reservas en nombre de la nación son la razón fundada por la cual la ciudadanía no confía en su clase política. Allí y acá. El sistema cree resguardarse ocultando, cuando es una forma de suicidarse políticamente.

En México se ha llegado hasta la caricatura en materia de complicidad: Salinas recibió para el sexenio una “partida secreta” de 850 millones de dólares, cuyo 50% desvió para su fortuna personal. Jamás fue castigado y allí vive tranquilo, es verdad quizá sin poder asomar las narices a la calle.

Guardando todas las proporciones, ¿no resulta un escándalo que los petroaudios y los espionajes telefónicos y la baraúnda de contratos y faenones ande en nada? ¿Nuestro sistema político necesita del olvido y la impunidad? Para una nueva política se necesita restituir la honradez.

 


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