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07/May/2009
 
 
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Música Radio Filarmonía celebra 25 años de actividad con magistral concierto a cargo de Miguel Harth-Bedoya.

Armonías de Plata

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Martha Mifflin, persistente directora de Radio Filarmonía.

La Asociación Cultural Filarmonía cumple 25 años, al cabo de un período marcado por el cierre de radios culturales en varias ciudades donde eso era impensable. Aquí, Filarmonía superó las crisis y emergió fortalecida.

El concierto de la celebración será el 8 de mayo en el Santa Ursula, con un programa que comprende la Sinfonía N° 2 de Brahms, el Concierto N° 2 para Piano y Orquesta de Rachmaninoff, y “Varidanzas”, Opus 12 de Rafael Junchaya. La Orquesta Sinfónica Nacional será dirigida por Miguel Harth-Bedoya, con Javier Perianes como solista.

Harth-Bedoya (Lima, 1969) es un director de fama internacional. Es titular de la Sinfónica de Fort Worth, a la que dio jerarquía continental, e invitado habitual de las principales orquestas de los Estados Unidos y Europa, con las que promueve constantemente la música peruana, y latinoamericana. El último año llevó las obras de S. Revueltas, E. Iturriaga, A. Robles, J. López, D. Luzuriaga y otros, a una docena de las más prestigiosas salas de conciertos. Javier Perianes (Huelva, 1978) es un pianista español en pleno ascenso; este año lleva 20 presentaciones y el 2008 fue solista en el debut de la Sinfónica Juvenil Iberoamericana en Carnegie Hall. Rafael Junchaya (Lima, 1965), hoy en la doctoral de Musicología de la Universidad de Helsinki, compuso “Varidanzas” en homenaje a Béla Bartók, compositor estelar del Siglo XX, quien con singular maestría incorporó en su obra los aires y danzas del este del Danubio.

Brahms y Rachmaninoff, en las carreras que les dieron fama y fortuna, fueron producto de cosechas tardías. Johannes Brahms (Hamburgo, 1833) apareció en la sinfonía a los 43 años, edad que orillaba la esperanza media de vida, cuyo promedio mundial llegó a 47 años recién en 1900. Sergei Rachmaninoff (Oneg, Novgorod, 1873), comenzó a ganarse la vida como pianista a los 45 años.

Brahms desde los 18 años compuso para la voz y el piano, completando más de 200 canciones, piezas de cámara y miniaturas memorables. En 1857 firmó un manifiesto contra la Nueva Escuela Germana, de Franz Liszt, cuyos seguidores le replicaron en 1859, cuando se aventuró en el género orquestal con el Concierto N° 1 para Piano y Orquesta. Le dijeron que antes de escribir aprendiese a hacerlo, porque la obra era aburrida para el público y desconcertante para los músicos: ni más ni menos que lo contrario de lo debido. Brahms volvió al formato pequeño y preparó su reaparición en el orquestal, que se produjo en grande 17 años después, con las sinfonías N° 1 y N° 2, puesto que sigue siendo, con Beethoven, el más popular de los compositores sinfónicos, pese a que su música es seria y difícil de ejecutar. Los estudiosos reconocen en ella sorprendentes giros y desarrollos construídos sobre muy pocas notas, así como ritmos sofisticados con síncopas de diferentes velocidades. Los demás encontramos otros atractivos, como su famosa canción de cuna, del Opus 49, en la Sinfonía N° 3.

Rachmaninoff, un niño prodigio que decidió ser compositor, y no pianista, tenía en su haber, a los 20 años, una ópera exitosa, Aleko, y el famosísimo Preludio en Do Sostenido Menor. Ya era un triunfador cuando el techo se le vino abajo, en 1895, con su desafortunada Sinfonía N° 1. De la demolición se encargó su colega César Cui, para quien la obra parecía de un estudiante del conservatorio del averno, en caso de que allí hubiese uno. Devastado, Rachmaninoff cayó en la depresión y la copa, pero remontó la sima con la ayuda de Nikolai Dahl, un siquiatra que ingresó a la historia junto con su paciente al convencerlo de dejar la botella y volver a la composición. Así, en 1901, estrenó su Concierto N° 2 para Piano y Orquesta, popularísimo hasta hoy, y de cuyo patrón no se apartó más, así como su notable carrera de pianista.

Ambos compositores fueron mejor recibidos por el público que por sus pares, en parte por asuntos de taquilla. Las salas se llenaban para Brahms, que recogía la tradición germana de Bach y Beethoven, porque esa era la música que se quería escuchar; e igual ocurría con Rachmaninoff, que seguía la huella melódica de Tchaikovsky. Las nuevas escuelas, alabeadas a la innovación y la complejidad, no pudieron lograrlo. Esa pugna entre la tradición y el cambio continúa hoy. Y también la importancia del público. (Enrique Felices)

 


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