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02/Abr/2009
 
 
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Por MANUEL SERNA PONCE

Nadie se Salva de la Rumba

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Cada mañana le costaba desprenderse de la gastada frazada, mira alrededor y el mundo es una tómbola indetenible, y en la playa, cuando estaban asaltando a ese fulano, vio el cuerpo putrefacto de un lobo marino, y en su rostro destacaban unos tremendos bigotazos, similares a los que tiene este huevón que están queriendo tumbar, y tiene tatuada en el pecho una imagen de la Sarita, esa flaquita que se ha convertido en culto de las prostitutas y de gente de mal vivir, y su leyenda cuenta que se desbarrancó por esta mar brava en la que ellos están haciendo fechorías, y la droga y el trago llaman al cuerpo, y nadie se salva de la rumba, y le ha venido el recuerdo de la Sarita escapando de otros malandrines como ellos, y el Cholo Lalo patea sin piedad al bigotón que yace en el suelo de espaldas, aunque la santita reluce más que nunca, y sigue corriendo hasta que llega al borde de los acantilados de la mar brava, el agua ruge y al romperse en la playa hace que le salpiquen gruesas gotas, y los degenerados se acercan cada vez más, ella cierra los ojos y se suelta, y siente el vacío que la succiona, y cuando el Cholo estrella su pie contra el pecho del bigotón siente un crujir de huesos, y ninguno de la banda se explica la causa de que el bigotón haya desaparecido, y sólo ven en sus manos un sencillo de mierda y los trozos de la camisa desgarrada, y el estruendoso ruido del mar los envuelve, se miran asombrados, y los otros también se habían quedado con los crespos hechos, y uno de ellos dice que cuando la rozó sintió un calor insoportable, y muestra la mano con un estigma imborrable, y por eso al regresar de su largo exilio quiso volver al sitio donde saltó la muchachita, y luego de los tragos y la comida con que habían pasado la madrugada en la casa de su hermana, no quiso hacerle caso cuando le decía que las cosas se habían maleado bastante, y los pandilleros cuando están drogados no respetan a nadie, pero él se había quedado callado esperando con paciencia, se había medido en el trago, y pensó que el alba húmeda y olorosa del océano lo llamaba para saldar su cuenta con la muchachita tan conocida, y el tatuaje se lo había hecho hace 20 años atrás, en un puerto de la costa mexicana, y cuando recorrió los pocos metros que separaban el callejón de la mar brava sintió un sonido musical saliendo de una de las casas miserables de los barracones, y sabe que en estos lugares es venerada la Sarita, que lo ayudó a corregir su vida, abandonó los vicios y ahorró su billete para volver al terruño, y nunca pudo mantener una relación estable con las mujeres que conoció, y es que en el momento que cualquier relación parecía que iba en serio, sucedía un incidente extraño que lo hacía huir, como si algo lo acuciara para hacerlo, y de pronto el olor del mar y el aliento del viento le estremecen la cara, y al llegar al acantilado siente unos pasos que se acercan, y de pronto está rodeado de varios sujetos con una catadura terrible, y sin desesperarse finge que se entrega, y se acuerda de Pocha diciéndole que los pandilleros son una basura, y que mejor era no chocarse con ellos, y si sucedía lo conveniente era no dárselas de valiente, y cuando llega a ese momento de su reflexión siente una inmensa cólera, y decide actuar como si una vieja deuda impagable lo impulsara, y recuerda a unos marineros de un solitario puerto mexicano, diciendo que cuando hay que ser macho hay que demostrarlo, y mientras los ve acercarse evoca la letra de ese corrido sobre Juan Charrasqueado que a su viejecita le gustaba escuchar por la radio, y piensa puta madre tantos años han pasado, y también recuerda a esos crepusculares pistoleros integrantes de una pandilla salvaje, que saben que van a morir, pero se enfrentan a la muerte, y cuando llegan los primeros golpes no se queda quieto, se enfrenta solito a tremenda tanda de pandilleros, y ahora intuye que la muerte no llega en forma sorpresiva, sino que hay un encuentro solicitado por uno mismo, y mientras reparte puñetazos y patadas se siente como el Tigrillo, ese catchascanista que era su ídolo infantil, y sin embargo, lo habían cosido a puñaladas en un miserable callejón, y de nada le sirvieron sus espectaculares tacles, pero qué importa, sigue pensando, mientras los golpes continúan lloviendo, y en su interior comienza a sentirse húmedo, y es una tarde de un verano ardiente de muchos años atrás, y está buceando en las aguas de La Arenilla, y ve las cosas como si estuviera en la pecera que el japonés Matayoshi tenía en su peluquería, y se extasiaba viendo los pececitos de diversos colores, evitando el momento en que le cortaran el pelo, y le aterraba cuando el peluquero debía darle una rasurada en el cogote y las patillas, y en su desesperación se coge la nuca, pero el borbotón de sangre que lo atora y lo hace tambalear lo tiene en la garganta, y cae a la playa rocosa, y entonces ve una luz deslumbrante, y en medio de ella el rostro parpadeante de una mujer, y cree reconocer a su sufrida viejita, pero no, es alguien distinto, y evoca una playa lejana de un puerto mexicano, y cuando el viejo pescador le hizo el tatuaje, y al caer hace el esfuerzo final de echarse de espaldas, no quiere que nada manche lo que lleva grabado en el pecho, y lo último que lo asalta es la angustia de que nadie lo encuentre y quede tirado, triste y abandonado como esos podridos lobos de mar que acababan sus vidas varados en la playa, llenos de gusanos y moscas, y despidiendo un olor nauseabundo e insoportable. (Manuel Serna Ponce)

 


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