miércoles 17 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2069

12/Mar/2009
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre PolicialesVER
Acceso libre DebateVER
Acceso libre CrónicaVER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Acceso libre CineVER
Acceso libre MúsicaVER
Acceso libre PublicacionesVER
Acceso libre PérdidasVER
Acceso libre El Cuento de las 1000 PalabrasVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos Alfredo
Sólo para usuarios suscritos Luis Freire
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Pérdidas La palabra al vuelo, el ojo avizor, el desvelo literario, el incansable cazanoticias. ¿Quién fue, en verdad, Guillermo Thorndike?

Guillermo Thorndike 1940/2009

 PDF 

2069-thordike-1-c.jpg

Thorndike en 1997, el año en que publica sus memorias en Maestra vida: novela verdad.

“Una voz jovial
estalla profunda
“¡no se hace así!”
Calla un largo trecho
el ceño paternal.
Mueve los bigotes,
ratón blanco,
y suelta risas al azar.” *

Regresó de Buenos Aires donde, según confesó a Alfredo Marcos, “miraría mejor al Perú de lejos”. Y bien que lo necesitaba porque culminó el 5º tomo de su obra magna, la vasta biografía de Miguel Grau que le ha costado 9 años de su vida y miles de palabras y consultas e insomnios reviviendo todos los pasajes habidos y por haber de este hombre que fue su obsesión desde los remotos tiempos de su adolescencia.

Los últimos tiempos, no obstante el placer de avanzar en su mayor obra, la más ambiciosa y total, no fueron buenos para Guillermo, acosado por las preocupaciones económicas y con la lucha continua contra el sobrepeso. Sus consuelos fueron siempre los de su casa, su esposa y compañera y amiga, sus dos hijos ya logrados, Augusto y Merytselt, su nieta que volvió a devolverle la posibilidad de creerse pequeño a este tremendo personaje parecido a Obelix, al que luego la legión de periodistas que lo admiraban llamarían por lo bajo “Pollo Gordo” y que la niña graficó estupendamente como “abuelón”.

Guillermo es difícil de capturar en una sola imagen, aunque siempre semejó un navegante holandés de los tiempos legendarios, un guerrero sudoroso e imparable, una avalancha de sueños, libros, inquietudes, proyectos, ambicioso en el compañerismo, anfitrión sin medida, generoso y bueno pese a haber sido –siguiendo la costumbre de la mejor estirpe periodística– controvertido hasta lo más, con miles de lectores fidelísimos y acérrimos enemigos que lo imaginaban en las mayores opulencias, vicios y despropósitos.

Perteneció a una generación notable en literatura, la de los años 60, y fue por lo mismo emblemático junto con César Calvo, su más preciado y admirado compañero de aventuras con otro numeroso séquito de poetas. Guillermo quiso ser poeta, y en la práctica lo fue. Pero, desproporcionado en todo, acumuló quehaceres y se tornó novelista, historiador, guionista, cronista, periodista al mejor estilo del periodismo norteamericano que conoció y estudió con provecho, director y creador de diarios y revistas, autor de libros de ocasión, genial titulero, capaz de olvidarse de las horas y los días y quedarse en la mesa de edición que pasaba a ser mesa de delirante insomnio.

Tenía un vozarrón y unas manos que por sí solas daban la idea del peso de su dueño, como las anclas de su barco.

De modo que Guillermo era un iracundo Zeus tonante que podía, como otro de sus entrañables amigos, Ignacio Prado, empuñar la espada y remecer pasadizos como si se estuviera en Lepanto, provocando el temor de los vecinos instalados en el antiguo Hotel Crillón, testigo del otro Guillermo, empresario, político en ciernes, confabulador con Luis Banchero, otro de los personajes de uno de sus libros ejemplares en materia de periodismo de investigación y novela: “El Caso Banchero”.

Podía pasar de la cólera roja y sonora a una tranquila afabilidad y si alguien se le enfrentaba estallaba en una risa igualmente amigable, como felicitando al rebelde. Queda en mi memoria una frase mía huachafosa que él siempre recordaba. Renuncié furioso por que habían cambiado una nota del suplemento de fin de semana: “Entre Rimbaud y su periodiquito, me quedo con Rimbaud, adiós”. Guillermo se arrastró de risa por largo rato. Al final, como puede verse perdió Rimbaud, y el periodiquito era nada menos que La República de ese entonces, una de las creaciones más notables de este bucanero de la prensa.

Lo que se quiere decir es que para clasificar a Guillermo se requiere de estudios y análisis que seguramente vendrán cuando se estudie su primacía en el escenario literario y periodístico del Perú en los últimos 50 años.

Fue un producto profundamente peruano y no obstante haber sido viajero y aventurero, con legendarias estaciones en Estados Unidos y Europa (la Barcelona de la “gauche divine”), su vecindad propiciatoria y que le daba inspiración y vuelo fueron la sociedad y la historia peruana. Mucho se puede decir de la visión que él transmitió en sus libros y en sus afanes periodísticos –donde tuvo giros copernicanos que muchos le enrostraron en diversos momentos–, pero Guillermo quiso ir más allá, como ocurre con todo escritor: su pelea, su ilusión, su amor y su desdén fueron las palabras. Lo conocí a Guillermo en Punta Hermosa, en una casa veraniega donde numerosos amigos y amigas celebraban el sol. Pasaba con mis dos pequeños hijos desde San Bartolo y de esa terraza a gritos Calvo y Reynaldo Naranjo me llamaban. Me presentaron a este gigante, entonces relativamente delgado, con unos ojos azules desbordando interés o asombro que consultaba en un atril un bello y grande diccionario de la Real Academia. Las palabras esas terribles tiranas, esas tramposas que de momentos deslumbran y luego azotan, hoy dominadoras, mañana quizá esclavas pasajeras, fueron para siempre las que hicieron lo que les dio la gana con Guillermo. En l998, en un hermoso texto de homenaje a César Calvo, Guillermo reflexiona: “qué es la vida, sino ir llenándonos de buena muerte, mientras nuevas generaciones ocupan un mundo que hemos mejorado al menos por la palabra. Cada mañana asistimos a la inauguración del mundo por la palabra”.

Que no quepa duda, este viejo capitán donde navegó, con temor y arrojo, fue en el proceloso mar de las palabras, peor que el de los Sargazos.

Podríamos no terminar nunca con las anécdotas sobre cocina, banquetes, excesos, abundancias y a veces magros condumios. Guillermo, así como consultaba el diccionario, tenía un enorme tratado de cocina europea heredado de su padre, también de diente prócer. De allí salían las tentaciones y los pecados, a veces singulares combinaciones. Recuerdo una, que al parecer hacía las delicias del Zar de todas las Rusias: ollucos rellenos con paté de ganso con una salsa untuosa y casi dorada, en homenaje tal vez al lejano sol peruano. Hubo tiempos en que no quedaba sino leer el libro y contentarse con tallarines en mantequilla y a falta de ragú (de lo que se quejaba Charo) yo aconsejé añadir fideos de coquetas y cumplidoras corbatitas con perejil y ¡a celebrar!

Otra vez era cumpleaños de Guillermo, caímos en mancha un pequeño grupo de trabajadores de La República, llevando pocas cervezas y si te vi no me acuerdo. Charo gritaba: ¡no tenemos nada, búsquense siquiera pancitos! Tomamos las cervecitas, Guillermo parecía estar en esas comilonas de otrora, y el “Pato Gianotti”, uno de los más inteligentes y cómicos criollos del diario, compadre del “Chino” Carlos Domínguez, lanza el incendiario estribillo: “Si no tienen plata, ¿ pa´ qué invitan?”.

Guillermo Thorndike ha partido. Con él una época y una leyenda. Siempre lo acompañó un espectacular sentido del placer de vivir, con todas sus consecuencias, pero no olvido jamás que allí, agazapada, está la muerte. De allí la intensidad de algunos libros que narran este contraste inevitable. Recuerdo una cita que encontró Guillermo para encabezar ‘El Caso Banchero’. Es de Manuel González Prada. “La muerte unas veces nos deja morir y otras nos asesina”. Y hablando de su generación recordará: “Vista desde ahora, la nuestra fue una generación con trágicos destinos y también de ciertas voces que se cansaron, silencios que nos duelen”.

El silencio de Guillermo se dejará sentir en muchos de nosotros, pero allí su innumerable biografía de Grau para recordarlo. Y, por lo demás, a través de ese libro lo requeriremos para conversar, que como decía Miguel Hernández: “que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”. (Raúl Vargas)

----------------
* Fragmento del poema que leyó la pintora Merytselt Thorndike del Campo en la despedida de su padre el día martes 10 en la Capilla de la Virgen de Fátima, antes de marchar al camposanto.

Prosa Precoz

De cómo Guillermo Thorndike llegó con 14 años a CARETAS.
2069-thordike-2-c.jpg

Thorndike a los 14. Colegial, marista y sanisidrino.

A estas alturas no estamos seguros cómo es que en octubre de 1954 apareció en CARETAS el escolar Guillermo Thorndike, de 14 años, ofreciendo un texto sobre Cristóbal Colón.

Tampoco sabemos qué convenció a la dirección a siquiera echarle un vistazo. El hecho fue, al comprobar desde el primer párrafo que se tenía entre manos a un chico prodigio, que la revista aceptó la oferta.

Como tantas otras exuberancias de Guillermo Thorndike, ese texto del adolescente era, sin embargo, larguísimo. Pero queda en el registro del archivo que CARETAS lo publicó íntegro. Comienza en la página 32 de la edición Nº 70 y pasa a la 40. De allí sigue a la 10 de la edición Nº 71, continuando en la pagina 43 y la 45 para terminar en la 47.

Es la única vez en sus 58 años que esta revista ha incluido un artículo con semejante rosario de inserciones.

La serie fue ilustrada con solo una foto, la del propio Thorndike en uniforme del colegio Maristas de San Isidro, con un epígrafe que alude a “un escritor realmente precoz. Su prosa pulcra y cuidada es la mejor prueba que tenemos en él una de las firmes promesas literarias del Perú”.

El niño, por cierto, resultó más que un literato.

Periodista, editor de realidades y de imposibles, fundador de medios, corsario con más de una bandera y conductor de entusiasmos y gustos pantagruélicos. Además, y sobre todo, historiador de singular empeño, talento y brillo, y cronista no solo de hechos sino de personalidades y sentimientos que pueblan nuestro pasado.

En su velorio esta semana, un compañero de escuela suyo, Antonio Meyer, contó que el padre de Thorndike, quien en la época de Prado fuera ministro de Justicia, lo “deportó” a Paracas cierto verano para corregir una etapa de excesiva vagancia callejera, y le puso como condición para levantar su arraigo escribir un ensayo sobre el desembarco de San Martín.

Esto Guillermo lo hizo tan bien que no solo satisfizo a su progenitor sino que los hermanos maristas lo publicaron en su revista.

Esa experiencia parece que marcó el estilo de los libros de historia novelada que ha escrito Thorndike, los que, sorteando los riesgos del género, prestan singular atención a los escenarios, el clima, las luces, los personajes periféricos y otros detalles y costumbres que les dan una singular vida. Es la fórmula de un Gore Vidal, solo que Thorndike es mejor titulero. ‘La república caníbal’ o ‘1878 crimen perfecto’ opacan, por ejemplo, a ‘Burr’ o ‘Lincoln’.

En cierta época CARETAS no solo estuvo en trincheras opuestas de Guillermo Thorndike sino en guerra. Pero hace tiempo que firmamos el armisticio con su talento, su buen espíritu y su humor, y ahora solo queda lamentar con sinceridad una verdadera pérdida para el país. (Enrique Zileri Gibson)

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista