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Terapia Cumbre mundial de comunidades terapéuticas celebrada en Lima: muchas maneras para tratar la adicción y otras tantas para quemarse en el intento.

El Hábito No Hace al Monje

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Criticado alcalde Gustavo Sierra llevó marihuana al Congreso y con "tronchos" formó el número de la ley que pretende derogar.

Anthony Gelarmino es un ítalo-estadounidense que parece el personaje perdido de la saga de El Padrino y Los Soprano. La quijada ancha, los bigotes tupidos y esa manera de terminar las frases en un puchero calcado de Robert de Niro lo convierten en idóneo candidato para el papel de mafioso que mueve sus fichas en Harlem.

La diferencia es que está exactamente al otro lado del mostrador.

“Si eres alérgico a los gatos”, ironiza sobre la adicción a las drogas, “mantente alejado de los gatos”.

Gelarmino, presidente asociado de la Federación Mundial de Comunidades Terapéuticas (WFTC por sus siglas en inglés) cree que el mundo viene perdiendo el foco en la recuperación de los adictos. Su opinión viene a pelo ante la propuesta del alcalde de Surquillo, Gustavo Sierra, de vender drogas en las farmacias como una forma de reducir paulatinamente el consumo.

Sierra sostiene que, al empadronar a los adictos y suministrarles la droga en las farmacias, se puede ir controlando la dosis hasta lograr la rehabilitación. Voceros de Cedro han considerado la propuesta como “ilusoria y teórica” (ver recuadro).

Para Gelarmino las comunidades terapéuticas, que esta semana celebraron su conferencia mundial en Lima, comenzaron “con un modelo principal para propiciar la autoestima, controlar los impulsos y volver a ser intelectual y espiritualmente curioso. La droga te cierra y las comunidades ofrecían instrumentos para solucionar las tres partes”.

Gelarmino advierte que “ahora la sociedad parece creer que no es posible la recuperación y que tan solo podemos reducir el daño. Si te enfocas demasiado en eso ya no haces recuperación. Al fin y al cabo, ¿por qué les das agujas limpias si no las van a usar?”.

Una pasada visita al Perú le sirve para ilustrar más dramáticamente el punto. “Recuerdo haber estado en el Callao hace 25 años. Conocí a un médico que hacía lobotomías en adictos. Me preguntaba si hubiera experimentado así con su hijo. Eso se terminó pero ahora se habla de electrochoques al cerebro. Es lo mismo. La regla de oro es tratar a la gente como quisieras que te traten a ti”.

Para este ex adicto la clave de la recuperación reside en “darle al ser humano espacio y tiempo. Hay gente que necesita más espacio y más tiempo. En España les llamaban tóxico dependientes. Y yo estoy en contra de darles tóxicos a estos dependientes”.

EL ACCESO A LAS DROGAS como un componente para derrotar la adicción es un tema tratado por todos los especialistas entrevistados con una cautela de la que parece carecer el alcalde Sierra.

El escocés Calum Hendrie, que trabaja con niños y jóvenes adictos, considera que “es un tópico muy complejo en el que es mejor evitar las generalizaciones. Si facilitas el acceso a la droga debes hacerlo de una manera extremadamente controlada y en el contexto del programa de rehabilitación”.

El malayo Yunus Pathi, segundo vicepresidente de la WFTC toca el cercano debate de la metadona como paliativo. “Alrededor del mundo hay confusión por su cualidad legal. Pero quien se trata con metadona termina dependiendo de ella. La rehabilitación debe ser libre de drogas. Un sustituto no sirve”.

Es claro que en el evento llevado a cabo en la Universidad de Lima y organizado este año por el instituto Mundo Libre, presidido por Marilú de Gonzales Posada (CARETAS 2064), fueron mayoría quienes se inclinan por tratamientos de recuperación que pueden costar sangre, sudor y lágrimas, pero terminan con la persona libre de ataduras.

CUANDO LA SOLUCIÓN aísla al adicto también se pierde la mirada de este complejo bosque. El trauma familiar es una pista transversal seguida en el discurso de los especialistas.

El escocés Hendrie advierte que “el juego de la culpa (blame game) polariza más la situación. Usualmente el niño se culpa a sí mismo, los padres se culpan entre sí y, en algunos casos, también culpan al niño. Si se quita el elemento de culpa puedes comenzar a encontrar el origen de la adicción”.

Las recriminaciones, añade Hendrie, “son todavía más frecuentes en familias donde el consumo se ha dado en más de una generación”. El consumo también se traslada de padres a hijos porque, ante una relación frustrante, “la forma de lidiar con la desconexión es precisamente inmiscuyéndose con el mismo consumo de los padres”.

Las adicciones esconden catacumbas que van mucho más allá de lo evidente. La estadounidense Judith Landau investigó la historia de 37 familias y en cada una de ellas retrocedió entre cinco y siete generaciones. En todos los casos encontró que la adicción se originó en una “pérdida masiva e inesperada”. Frente a la muerte de un integrante clave en la familia, otro miembro más joven, o incluso un niño, cae en las zarpas de la droga. Landau señala que una situación así distrae la superación de la pérdida. “Si esto no se resuelve, verás el mismo problema extenderse en las generaciones posteriores”, asegura Landau.

Alguien, en resumen, debe liderar a la familia en el trance de la recuperación. “Lo que hacemos con la familia, el adicto y sus amigos es mostrarles donde comenzó el problema. Y ellos dicen: espera un minuto, esta familia era buena, tratábamos de solucionar las cosas, esto no era algo malo. Cuando la familia entiende que el adicto no es una mala persona comienza a lidiar con la culpa y la vergüenza”.

Si el problema no se enfrenta a tiempo los efectos colaterales son más duros. La colombiana Gloria Inés de Salvador presentó un estudio sobre la “codependencia”, enfocada en quienes “han vivido durante largo tiempo situaciones de conflicto como cuidadores adultos de adictos. Al no recibir el nivel de reconocimiento, amor o valoración, quedan con un handicap a nivel emocional que tratan de llenar a lo largo de su vida con relaciones tormentosas en las que asumen el 90% y donde no permiten que la otra persona se desarrolle”. La conclusión de esta psicóloga clínica es elocuente: “Así como hay adictos a la droga, también los hay a la persona adicta. Se crean unos cuadros familiares donde aparentemente todos sufrimos y quisiéramos cambiar, pero a la vez el dolor nos garantiza seguir juntos”.

LA ESPIRITUALIDAD fue otro ingrediente presente durante toda la conferencia. El monje budista Maha Thero lidera el programa de rehabilitación más grande de Sri Lanka, que trabaja con chicos de la calle y jóvenes adictos. Su principal enemigo es la heroína.

“No solamente los adictos, todo elemento de la sociedad necesita de espiritualidad”, explica. “En el programa hay una hora de meditación por la mañana y otra por la tarde. Todo el lunes también se dedica a ella”.

Maha Thero evita los rodeos sobre los resultados de la terapia. “Se convierten en buenas personas”, resume.

El malayo Pathi subraya que en un país como el suyo, donde confluyen cristianos, musulmanes e hindúes, la espiritualidad también permite rescatar los valores comunes de cada religión y aplicarlos en concordia.

No ocurre lo mismo con la represión contra las drogas. En Malasia se acaba de condenar a muerte al peruano Reyes Amasifuén por ingresar al país con un poco más de un kilo de cocaína (CARETAS 2064). La pena capital se aplica para el que porte como mínimo 15 gramos. Pathi también es implacablemente directo al afirmar que “es mejor tener una ley que no tenerla”. Y, sin embargo, también reconoce que la horca malaya no ha logrado detener el tráfico de drogas.

Malasia, donde cuelgan a cualquier “burrier”, y Surquillo, cuyo alcalde pretende vender la droga en las farmacias, parecen dos extremos del mismo “huiro”. A juzgar por lo discutido en el encuentro mundial de terapeutas, las puntas se pueden chamuscar antes de llegar al centro. (Enrique Chávez)

Legalidad y Otras Hierbas

Gustavo Sierra, alcalde de Surquillo, propone legalizar la marihuana y la cocaína para el tratamiento de la adicción.

Gustavo Sierra Ortiz –arequipeño, masón y alcalde de Surquillo– es consciente de que media clase política cree que ha traspasado la delgada línea blanca de la cordura. “Basta de hipocresías”, exclama.

Para el alcalde, la vigente ley 28002 es demasiado permisiva con el “consumo personal”: 8 gramos de marihuana, 5 de pasta básica, 3 de clorhidrato de cocaína. Nunca mezclados. Propone derogarla para facilitar la lucha contra el microcomercio y sugiere en cambio impulsar la creación de un padrón de adictos, suministrarles legalmente cocaína y marihuana a través del Ministerio de Salud. Y finalmente, reducir gradualmente la cantidad permitida por ley a sólo 1 gramo de marihuana. Perú no es Holanda, ha sido la preclara observación de los opositores. “Mi país no es Grecia”, escribía hace treinta años el poeta Luis Hernández, notorio defensor de la marihuana. Es previsible que en treinta años más el argumento siga funcionando.

El proyecto legislativo ha sido rechazado por el presidente del Consejo de Ministros, Yehude Simon, “por una cuestión ética y de moral”. Rómulo Pizarro, presidente de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida), ha puesto en duda la efectividad de las raciones.

Sierra propone a Surquillo como terreno de ensayo. Desde hace ocho años trabaja con los líderes de diecisiete pandillas que representan, dice, 150 pandilleros registrados y en proceso de recuperación. La oferta del pequeño distrito de 3.46 Km2 es conocida por su amplitud. Sólo en el 2008 la comisaría almacenó 19 mil 671 ketes de pasta básica de cocaína (PBC), 7 mil 868 pacos de marihuana y 498 de los populares king size de clorhidrato. El mayor tráfico ocurre en los cruces. Jr. Domingo Elías con Jr. San Pedro, Jr. San Pedro con Jr. González Prada, Jr. Junín con Jr. Inca. Otros caseros acuden al Parque Bolívar, a la cuadra 8 de la Av. Villarán y al hacinado asentamiento humano Casas Huertas. En diciembre del 2008, la gestión actual recuperó El Búnker. El cruce del Jr El Carmen con Jr. San Miguel albergará ahora una casa de ayuda social. (C.C.)

 


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