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Edición 2061

15/Ene/2009
 
 
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No Estaba Muerta,Estaba Meditando

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Cholita, qué crees, llego a mi casa hecha un wetex de cansada, pucha, con seis días de vuelos entre Mahabaratarkandastara, que queda en el culo del Ganges, con un jet lack que te lo juro, casi se me borran del disco duro los dos años de meditación vehédica que estuve trabajando con mi swami Cachaparada hasta que un día el viejo se me mandó, hija, y yo salí cueteada del monasterio y no paré hasta Benarés, donde me conseguí un brasileño regio que me trajo de vuelta a la terrenalidad después de tanta huevada trascendentalista, bueno, llego al Jorge Chávez y ahí hago conciencia de que he regresado a mi patria querida cuando la señorita de Migraciones, bien a la melena cucarachona, me dice, “¿Dónde te has comprado ese polito rojo? Está bien chévere pero la verdad, es como para mi sobrina porque tú ya estás medio tiona, pasa”, y juá, zampó el sello en mi pasaporte como quien despacha chapanas en el mercado de Lince, dime si eso no es racismo al revés. Y yo muda, incapaz de contestarle como se merecía la representante del Perú Floreciente (en adelante Peflo), porque ahora si no les dices así te acusan de no querer la inclusión, inclusión les voy a dar. Bueno, podrás imaginarte que pasando ese mostrador volé al baño y me cambié el tal polito –que era ni más ni menos que un Benoit Chang de setecientos dólares– y me puse un blusón así como de mama pancha porque nadie en este país de ricas montañas y risueñas playas me iba a volver a decir revejida en mis narices. Luego, pucha, mi chofer atávico, hija, don Second (Segundo Pariasamán Chacalcate), con sus ochenta años encima, me espera uniformado de negro con todo y kepí y una cartulina en la que dice María Josefa de Osma y Tudela, mi bisabuela que lo recogió en un orfanato y yo pensé, cónchale, ahora quién le hace entender que me tiene que llevar al Golf y no a la casa de La Colmena donde hasta los enchufes eran de París y ahora aloja un video pub gay que se llama El Orto Desmelenado, a ver dime. Bueno, sobrevivo al beso de don Second, bien remojado y al fin llego al Golf, seguida por tres taxis con el equipaje, porque dos años son dos años, chola y si no, pregúntale a Alan García, que juramentó igualito a una sachavaca y ahora gobierna igualito a una sachavaca y media. Pero pucha, ya, llego, subo, por supuesto la Jessikah’s Jesseniah’s no estaba, entro a la sala y no sé quién me sostuvo, creo que uno de los taxistas, porque si no me caía toda yo encima de mi Giacometti que lo adoro: es que encima del sofá hueso, donde siempre estuvo mi Revilla, qué crees, un poster clavado con tachuela, con quince gorditos vestidos de terno negro, la rodilla levantada, media blanca y sendos instrumentos musicales, y abajo, en letras lila, naranja y oro decía, “Hermanos Yaipén, la rica verdad de la vida”, y quince rúbricas a lapicero, a cual más rococó, con mensajes tipo “para Jessye, la inolvidable”, o mejor, “for my princess Jessye for the night that we have pased junto’s”. Avión/ambulancia a Johns Hopkins directo y sin escala, no sabes. Pero hija, eso era solo el comienzo porque cuando comienzo a recorrer el departamento te lo juro que comencé a entender a Garcilaso y su bastardía en versión Max Hernández pero traducido al francés por la Chola Chabuca, cómo te explico. En mi escritorio, un arpa, un par de sandalias plateadas taco veinte y una nota, “Jessye, ya regreso para seguir ensayando. Laurita”. A esas alturas te imaginarás que el regurgitamiento de mi primera lactancia ya lo tenía en la campanilla, pero cuando encuentro… ¡en la pantalla de mi computadora!, un volante diseñado con un titular que decía “Agua Tibia, las ardientes de la cumbia” y una foto de cuatro humitas en tanga desflecada con caireles y lentejuelas, más la tal Laurita bien al arpa, ahí privé, pero eso no fue nada cuando después de fijarme bien, descubro que una de ellas era ni más ni menos que Jessikah’s Jesseniah’s con unos aretes míos que me regaló el paparulo de García Sayán (y que le habrán costado medio). Hija, me serví un scotch cuádruple, prendí un cigarro y mientras una lágrima de dicha y de horror bajaba por mi ojera, me dije, “si no vuelvo a Caretas, vuelvo a la cocaína”. Y aquí me tienes de nuevo, cada semana para el chimento, que está como para alquilar balcón. Chau, Chau. (Rafo León).

 


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