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Caral

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Ciudadela de Caral inspira flamante y didáctica publicación.

Es un libro que resulta imprescindible para todo aquel interesado tanto en la arqueología como en las vertientes contemporáneas del Land Art. El libro, que ha sido editado por la Universidad de San Martín de Porres y Logicorp S.A., resulta de lectura indispensable gracias a los textos de Ruth Shady, que con erudición y a la vez con un criterio sumamente didáctico hacen apasionante su lectura.

El libro es valioso para todo estudioso del arte contemporáneo por las magníficas fotos de Christopher Kleihege, quien tiene una mirada radicalmente distinta a las usuales imágenes arqueológicas, lo que otorga a este libro un carácter que no solamente remite al pasado, sino que a cualquier artista de nuestros días le permitirá comprender cómo nuestro pasado ha establecido algunas de las claves más trascendentales para que la vanguardia del siglo XX pudiera hacer al aire libre obras de arte monumentales. Basta recordar los trabajos de Richard Long –cuya notoria caminata en los 70 añadió una línea más a Nazca–, hecho que no ha tenido la debida difusión entre nosotros pero que figura en todos los libros de arte contemporáneo.

En este siglo Andy Goldsworthy ha asumido el liderazgo de hacer arte en y con la naturaleza, y libros como Caral permiten analizar mejor tanto nuestras raíces como a estos artistas para quienes el Perú ha sido su principal fuente de trabajo.

Caral es la única publicación que he visto sobre la llamada primera civilización de América, que tanto influyera en las civilizaciones que la sucedieron. Es un libro de historia, tan profundamente contemporáneo, que allí es posible encontrar las motivaciones que llevarían a instituciones como el MOMA de Nueva York a hacer en los 90 una exposición sobre arte moderno y arte primitivo (sic). Valioso aporte cultural de las instituciones que han asumido esta edición.

Intolerancia

La muestra de Cristina Planas en Vértice ha originado un conflicto, porque no podemos evitar ser una provincia de los márgenes y escandalizarnos de aquello de lo que no debiéramos. Si creyera en Dios, diría que el cuerpo humano fue su hechura. Los católicos deberán pensar lo mismo, y siendo los santos en primer lugar seres humanos, no imagino las razones del escándalo. Lo verdaderamente obsceno es la avalancha de correos anónimos exigiendo que esta muestra se cancele. Entren a www.fatima.org.pe/contentid-232.html y verán de qué somos capaces en una sociedad escindida donde el oscurantismo intenta imponerse atropellando nuestra libertad de decisión.

Admitamos que lo de Cristina Planas pueda ser esperpéntico en el mejor sentido almodovariano, pero esa es una opción que no invalida la muestra ni justifica la censura, y si bien tengo algunos desacuerdos, basta ver los sillones de combi forrados como bandera peruana y las máscaras de oxígeno que caen del techo creando una perfecta metáfora de nuestra migración. Esa pieza por sí sola con el Cristo morado en el fondo, crea una muestra que permanecerá en la memoria.

Cristina Planas no trasgrede la moral ni las buenas costumbres, pero si viviéramos en un país respetuoso de los demás y practicáramos la tolerancia, se hubiera evitado este escándalo gratuito, porque todo artista tiene derecho a recurrir a íconos que no son exclusividad de la Iglesia Católica, sino de nuestra imaginería popular. Por esta razón allí no se encuentra sacrilegio alguno, más bien una simbiosis de la historia occidental con las manifestaciones populares del Perú contemporáneo. Sin duda, un poquito de blasfemia le hubiera añadido sazón…digamos que unas pepas de rocoto harían todo más provocativo, pero esas son decisiones de una artista valiente que expone en una galería y no ha tenido reparos en exhibir su propuesta. Son dos mujeres corajudas que merecen admiración.

Luis Castellanos

Es notable dibujante y pintor. Su obra más ortodoxa puede no ser de mi predilección, pero respeto ampliamente sus capacidades. Para su nueva exposición en ARTCO presenta tres videos de animación, los primeros que he visto en el Perú sin técnica digital. En ellos, las líneas se van modificando gracias a la captura de cada imagen a las que la brillante edición de Walter Carbonel les da continuidad. Son cortos de nivel internacional trabajados con una coherencia que da lugar a una narración crispada e ineludiblemente surrealista. En un mercado donde no existe la comercialización del video, es encomiable el esfuerzo de dos artistas que han intentado abrir nuevos cauces. Son unos guerreros.

 


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