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La veloz ironía de Juan Javier Salazar en nuevas indagaciones sobre la anormal normalidad peruana.

Colisión con Ilusión

4 imágenes disponibles FOTOS 

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Obra intitulada "Camión frigorífico con 20 toneladas de pota colisiona con ómnibus interprovincial de pasajeros. 26 heridos, ni un muerto".

La frase pareciera hecha para él, pero no lo es. Cuando el escritor neerlandés Cees Nooteboom se refirió en su libro El Enigma de la Luz a un “arsenal de delirios” no aludía a la obra del peruano Juan Javier Salazar, artífice del ochentero colectivo Huayco, sino al renacentista Pieter Brueghel. Sin embargo, deambulando por los pasillos vacíos de la galería del Centro Cultural Ricardo Palma en pleno Miraflores, el arsenal entero pareciera activarse ante el espectador, incluidos candelabros con tetas, billetes que solo sirven para pagarle a la Sunat, y un bus asesino de la carretera Panamericana. Entonces, el único visitante del lugar se acerca para consultar, en franca estupefacción, si el autor quizá sea uno de esos internos del Larco Herrera que pintan como parte de su terapia.

Ya más tarde, en el café de enfrente, Salazar, la barba que ya asoma, las uñas impregnadas de pintura, el habla imparable, dice que de loco, nada. Dice, también, que el arquetipo del artista demente es parte del problema del panorama cultural local. “Huayco instauró la idea de que ser artista plástico y pensar no era incompatible”, dice y agrega que tiene una película titulada “Nunca nos atraparán”, y que en Italia han abierto los manicomios y los locos se han ido a sus casas porque está demostrado que no se curan, y que así Roma por fin se ha vuelto la ciudad de Fellini.

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Secuencia-cómic de Salazar titulada “A la mejor resurrección del año”: la historia del amigo que tras 6 meses en coma resucita en el preciso instante en que frente a él pasa el “poto empaquetado de una enfermera”.

La muestra, titulada “Transportes Aparicio: 50 Grandes No Éxitos”, en la que instalación, cómic, escultura y pintura se juntan para narrar la desvariada historia del Perú junto a la del propio artista, tiene ciertamente un componente renacentista. En el cuadro titulado “Camión frigorífico con 20 toneladas de pota colisiona con ómnibus interprovincial de pasajeros. 26 heridos, ni un muerto”, Salazar ofrece su particular versión de “El Entierro del Conde de Orgaz”, de El Greco. Allí, el supuesto conde en lugar de reposar en brazos de San Agustín lo hace sobre el poco celestial lomo de un calamar gigante. Y ahí, entre calamares, pollos y papel higiénico se asoman Alan García, Lady Bardales, Cipriani, Toledo y hasta Martha Hildebrandt. Salazar no abandona, pues, esa indagación alrededor de los mitos nacionales, entre cuyos hits se encuentran sus otorongos de peluche con forma de Perú.

Pero Salazar, quien desde hace dos años vive sin luz eléctrica en Cieneguilla, quiere hablar también de la coyuntura y de la creación del Ministerio de Cultura, que cree debería recibir el 7 por ciento del PBI: “la cultura es el motor excéntrico de una sociedad que tiene que producir cambios para renovar sus consumos en un sistema de mercado convulsionado, y la única manera de hacerlo con originalidad es trayendo un aire nuevo, un espíritu, un sabor que sea renovador”. Y continúa: “la publicidad debería tener un impuesto que vaya directamente a la cultura, asociando la publicidad con la toxina, y la cultura con la antitoxina”.

Finalizado el café, una vueltita más por la exposición advertirá que Salazar no es ciertamente el lazarillo que evitará que, cual ciegos del célebre cuadro de Brueghel, nos precipitemos al suelo en efecto dominó. Adentrarse en su exposición es salir de una realidad estridente para adentrarse en otra hecha de óleo sobre triplay. Sin manual de salvación a la mano. Así, la muestra se constituye en una versión de diario chicha donde se apelmazan todo el desgarro y la muerte juntos. “Pero con cuidado y cariño”, precisa.

Y Salazar sigue hablando. Habla de su empresa Morales & Inmorales Contratistas Generales, cuyo lema es “construimos, destruimos y reconstruimos”. Habla de un Perú donde “la pobreza no es un problema de falta de recursos, sino de falta de cariño y estupidez”. Habla de la usura en los países desarrollados, de las mágicas semillas anticoagulantes de los Mochicas que les permitían beber la sangre de sus sacrificados. Habla de los escritores que anda leyendo, de Steinbeck y Kurt Vonnegut; del festival de performance en Cali a donde se va pronto; del workshop de art in process en Liverpool del que ha vuelto hace poco. Y entonces, resta una pregunta. ¿Por qué debería ir la gente a su exposición? “Porque es divertida, y porque tiene que ver con sus vidas y las amplifica en su percepción”. Y entonces, rauda, llega la verdadera respuesta: “Porque es gratis”. (Maribel de Paz)

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