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No se Crea Todo lo que le Cuentan Sobre Ciudades Perdidas. Pero, Por Otro Lado, ¿Por qué no?

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La señora Nelly, que nos da una mano algunos fines de semana, me contó el otro día, cuando me escuchó hablando sobre un valle situado más abajo de Machu Picchu, que “mi primo Alfredo sabe dónde hay una ruina realmente grande. Está ubicada en su propia chacra, por encima de Santa Teresa”.

Yo me debería tomar un par de scotchs dobles cada vez que alguien me cuenta dónde hay un tesoro enterrado o ruinas secretas.

Nelly continuó, mientras miraba a su alrededor para cerciorarse que nadie la escuchaba: “Tiene tres hileras de grandes muros, cerca de la cima de un cerro. Hay una catarata”.

Las historias de ciudades perdidas y tesoros enterrados tienen algunas características en común. Una de ellas es que siempre son de segunda mano. Las más consistentemente indignas de confianza siempre vienen de curas y misioneros protestantes. Son invariablemente imprecisas y crédulas: quizás sea su deformación profesional. La más conocida en nuestra área alude al Padre Polentini, activo durante décadas en el Valle de Lares, más allá de Calca, pasando un abra desértica y congelada.

De acuerdo a todos los que uno encuentra en este atractivo pero poco visitado lugar, el Padre Polentini pasó la mayor parte de su tiempo –esto sería en los años ’70 y ’80– buscando ciudades perdidas y, por supuesto, fue bordando las historias. Por ejemplo, afirmando que cierto obispo de Cusco despachó al Vaticano un montón de objetos de oro y plata.

Para añadir fundamento al entorno nebuloso de ciudades perdidas y tesoros enterrados, existe en Lima el museo de Enrico Poli, lleno de bote en bote de objetos espectaculares de oro y plata, algunos de los cuales han sido realmente huaqueados de tumbas. Es mucho mejor que el turístico Museo de Oro que, por lo menos en una época, estaba plagado de objetos falsos, y ahora muy venido a menos.

Una reciente versión del síndrome de acopio es la historia, publicada por primera vez aquí en Notas de Campo en CARETAS (ed. 2020), en marzo de este año, sobre cómo Machu Picchu misma fue saqueada alrededor de 1880 por un ciudadano alemán, August R. Berns, y todos los tesoros llevados a un museo en Berlín.

El descubridor de esta joya de ciudad-perdidalogía, Paolo Greer, es mucho más astuto y más persistente que los arqueólogos e historiadores profesionales. Una de las especialidades de Paolo es localizar antiguas minas de oro y plata, algunas de las cuales están produciendo nuevamente en las laderas orientales de Carabaya, entre Cusco y Puno. Actualmente esta región es una de las más inhóspitas del país, controlada por cárteles de la droga y buscadores ilegales de oro. Paolo ha estado investigando minas de plata “Portugese”, como las llama, al este de Machu Picchu. Paolo intentó llegar allí hace unos meses pero tuvo que regresar debido a la imposibilidad de pasar por los despeñaderos.

Otros, liderados por Gary Ziegler, de Colorado, y Vince Lee, participaron hace un par de meses en un simposio auspiciado por el Capítulo de las Montañas Rocosas del Explorers Club. Yo he estado varias veces con Gary en el Vilcabamba, más allá de Machu Picchu, y me consta que él combina con buen juicio la tecnología GPS con la seguridad de que una de las mulas esté asignada a cargar tres cajas de Stolichnaya más unas cuantas botellas de Martini para las mujeres.

La tecnología no parece haber hecho la más mínima diferencia en el ritmo de los descubrimientos de ciudades perdidas en los Andes.

Los mapas 1: 100,000 del Instituto Geográfico Nacional, producidos conjuntamente con el Pentágono, son aún poco fiables porque no hay suficiente trabajo de campo para apoyar a los satélites inteligentes. Sin embargo, actualmente las cosas son mucho más fáciles en el campo con la feroz precisión de artefactos GPS baratos, fáciles de manejar y del tamaño de un celular. Esto significa que uno puede dibujar sus propios mapas, detalladamente o en bosquejo, con absoluta exactitud.

Pero el pensamiento claro es mucho más importante que la tecnología.

Hace unos años, un cura en el Apurímac me contó del hallazgo de un tesoro que consistía en un puñado de dólares, equipo para camping, un lote de comida enlatada, un bulldozer ligero y escopetas en la región norte de Vilcabamba. Luego añadió: “Hay una docena de paracaídas último modelo”.

Me di cuenta inmediatamente de que se trataba de mi expedición en 1963 para el National Geographic (“Asheshov’s Route”, NG, Agosto 1964) en que, efectivamente, estuve obligado a abandonar un par de paracaídas rotos, una escopeta calibre 16 y un cerro de botellas de Coca-Cola. Le expliqué todo al cura.

No me creyó ni una palabra.

Ahora debo concentrarme en organizar una expedición antes de que comiencen las lluvias para auscultar la ciudad perdida del primo Alfredo de la señora Nelly, situada por encima de Santa Teresa. (Traducción: Daphne de Zileri)

 


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