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En Vuestro Propio Reino

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Bambamarca, provincia de Hualgayoc, Cajamarca.- En el viaje entre Cajamarca y Bambamarca –a través de la campiña hermosa, la sierra, el tajo y, luego, la ciudad avistada desde la montaña–, el campo y la mina se muestran, contrastan y pugnan en silencio geográfico. Pero dentro del microbús en que viajamos, hay un frenesí publicitario.

Es una radio cajamarquina que no parece tener siquiera tiempo para anunciar su nombre. Su programación es de aproximadamente un 30% de música y un 70% de publicidad. Toda de Yanacocha. Es el tipo de propaganda que se empieza escuchando con incredulidad y luego con asombro, porque roza los límites de lo que puede llamarse como publicidad, antes de pasar a lo que en términos más operativos es una acción psicológica.

Voces con estudiados acentos locales van soltando un profuso anecdotario con moralejas mineras: La señora que quintuplica su venta diaria de sandwiches, el taxista que ahora no para de trabajar, el comerciante que multiplica sus ventas: gracias a la mina, gracias a la mina, repiten, a la vez en mantra y sonsonete. Entre uno y otro caso, se anuncia la historia de una señora de baños del Inca o de un señor de Hualgayoc, y en lugar de empezar un relato arranca una canción. En huayno rimado (la rima, ya se sabe, se pega a la memoria), se cuentan historias de pequeños reservorios que dan agua para todo el año, de vacas con grandes ubres y más peso y todo termina con la estrofa común: “la minera, la minera, la minera me apoyó…”. Mientras pasamos por el cerro Quilish y por el impresionante paisaje de la mina Yanacocha, pienso que quienquiera haya diseñado esa campaña tuvo como objetivo llegar a Orwell (el ‘hermano mayor’, claro) a través de Pavlov.

Al día siguiente, en Bambamarca, estamos ante un auditorio de aproximadamente 50 líderes ronderos, de esa y, algunos, de otras provincias. El Instituto de Defensa Legal, IDL, en donde dirijo el área de seguridad ciudadana, ha traído a dos sobresalientes especialistas en el tema minero y en conflictos de las industrias extractivas, para que informen y expliquen a los dirigentes ronderos sobre el alcance, las dimensiones y proyecciones de la minería, en Cajamarca y especialmente en la provincia de Hualgayoc.

Desde hace algunos años, IDL asesora a los ronderos de Bambamarca en su acción de seguridad ciudadana. Esta federación de agricultores y ganaderos organizados, fuertes y orgullosos, aunque pobres, triunfó en su tarea primordial de enfrentar al abigeato y se mantuvo como un cohesionador social, un instrumento democrático de seguridad y justicia. Pero desde hace algún tiempo, su principal preocupación es qué hacer frente al avance de la minería. ¿Negociar, enfrentarse?

El campo y la mina se juntan, pugnan y se tocan, pero las asimetrías, de fuerza, de medios y de información, son abrumadoras. Decidimos tratar de darles a los ronderos la información relevante y precisa que les concierne, para que, llegado el caso, puedan discutir con las mineras sin desventaja informativa.

Los dos expertos en industrias extractivas, economía y conflicto minero: José de Echave, de Cooperacción; y Carlos Monge, de Desco, han venido con IDL para suministrar la información fundamental a los líderes ronderos. Ambos, que logran esa difícil combinación de claridad y conocimiento, comparten una exposición de casi cinco horas en la que la atención de los dirigentes campesinos no decae ni por un momento. La mía tampoco.

En Cajamarca las montañas están preñadas de oro. De las 4,263 onzas que produjo el Perú el año dos mil, Yanacocha produjo 1,770. De las 6,687 onzas de oro que produjo el Perú el 2005, Yanacocha produjo 3,317.

Para producirlas hay que, casi literalmente, comerse los cerros, digerirlos en una infusión de cianuro con agua, para metabolizar el oro antes de volver a formar el cerro con la tierra ya desdorada y desargentada, es decir, sin oro y sin plata.

Pese a algunas limitaciones y retrocesos (el cerro Quilish, Majaz), la minería ha crecido y avanzado en Cajamarca en forma incesante, desde los 90.

Esto es parte de un fenómeno mundial, con especial incidencia en Latinoamérica. Si en 1990 América Latina concentraba el 12% de la inversión mundial en minería, pasó al 28% en 1995, comparativamente más que en cualquier otro lugar del mundo.

En Cajamarca, de nuevo, el área con derechos mineros es casi el 40% del área total del departamento (el 37.6%, para ser preciso). El 2002 ocupaba menos del 20%. En terreno, eso significa que si el 2002 hubo derechos mineros por 581,418 Hectáreas, en 2008 los hay por 1’311,766 Has.

Dentro del departamento, el porcentaje de áreas con derechos mineros es desigual. Algunas concentran mucho mayor porcentaje. Por ejemplo, eso sucede con el 68.5% del área de la provincia de Cajamarca.

Y con nada menos que el 94.7% de la provincia de Hualgayoc. Dentro de ella, el 84% del distrito de Bambamarca. ¡Y el 162% en el distrito de Chugur! (Por superposiciones). Y el 140.9% del distrito de Hualgayoc.

¿Es necesario decir, que a esas alturas, los ojos de los ronderos, mirando el mapa con información georreferenciada de su departamento y su provincia, ni siquiera pestañeaban? Uno podía adivinar su pregunta: ¿y dónde queda mi chacra? ¿Dónde quedará?

Es que en Cajamarca el juggernaut minero no ha avanzado en territorios vacíos, en desiertos sin habitación humana. Ahí hay una población (de casi un millón y medio de personas) que es dueña de su suelo y que ha sido consciente que la minería demanda territorio y agua y usa procesos químicos peligrosos para cosechar el metal.

Hay un conflicto inherente entre la mina y el campo que es necio ignorar. Pero no debiera ser un conflicto insuperable. La dimensión económica, la contribución en impuestos de la minería la convierte en una presencia inevitable, y en varios casos deseable, en Cajamarca y el resto del Perú. Pero debe ser una presencia regulada, zonificada y en permanente diálogo y acuerdo con los dueños de la tierra. La gran rentabilidad de la minería hace posible ahora el tipo de acuerdos y de contribución al progreso local y regional que convierta la tensión entre campo y mina en lo más cercano a la colaboración.

Eso será más fácil en la medida que el conocimiento y la información de ambas partes sean lo menos asimétricos posible, y donde la negociación permita que el campo y la mina compartan, sin dañarse, el progreso que ésta trae. En el ámbito anglosajón eso es más fácil, puesto que la propiedad se extiende al subsuelo y su eventual riqueza. Ese, lamentablemente, no es el caso aquí y ello obliga a negociar desde las posiciones más parejas posibles. El Perú es un país minero pero también agrario y forestal. En muchos casos tiene mayor sentido en el medio y largo plazo preferir la clorofila al metal. Hay zonas donde es racional excluir la minería o ciertas formas de minería; pero hay otras donde explotar la mina es lo más rentable y procedente. Determinarlo requiere, hoy por hoy, una sociedad civil informada, capaz de dialogar, negociar o movilizarse. En el futuro, cuando exista un Estado más confiable e imparcial, éste debería tener el papel principal.

Pero ahora, al observar a los ronderos que miraban el mapa de su tierra y la empezaban a temer extraña, recordé aquellas líneas que escribió, recordando África, la gran Isak Dinesen sobre el nativo que “pudiera encontrarse perplejo al ver los grandes cambios que acaecen a su alrededor, y pudiera preguntarte dónde está, y tú tendrías que responderle en las palabras de Kent: ‘en vuestro propio reino, señor’ ”.

 


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