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Las siempre resbaladizas relaciones entre intelectuales y poder son analizadas en nueva obra de los destacados historiadores Carlos Aguirre y Carmen McEvoy.

Para Repensar el Perú

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"Sin trabajo intelectual no hay posibilidad de construir un país", señala el historiador Carlos Aguirre ante un reflexivo Hipólito Unanue en el Parque Universitario.

Banalidad, pérdida de relevancia, vacío de contenido: algunas de las taras que amenazan al intelectual de hoy. Alrededor de ello es que gira la obra Intelectuales y Poder. Ensayos en Torno a la República de las Letras en Perú e Hispanoamérica (ss. XVI-XX). Editado por los historiadores peruanos Carlos Aguirre y Carmen McEvoy, el libro recoge una serie de ensayos que pretenden ayudar a “repensar la naturaleza de las relaciones entre intelectuales, poder y sociedad en nuestro tiempo”. Aguirre ha sido acreedor de la codiciada beca Guggenheim y es actual director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Oregon. En esta conversación reflexiona sobre el nuevo intelectual que se está gestando en tiempos posmodernos, cuando la supuesta desaparición de los grandes relatos vislumbrada por Lyotard también acarrearía la desaparición de los grandes intelectuales. Publicada conjuntamente por el Instituto Riva Agüero y el Instituto Francés de Estudios Andinos, la obra se presenta este jueves 14 a las 7 p.m. en el Riva Agüero (Camaná 459, Lima). Los comentarios estarán a cargo de Alfredo Barnechea y Carlos Iván Degregori.

–Muchos se preguntarán qué sentido tiene la labor de los intelectuales si a pesar de tantas tesis y trabajos publicados persistimos en vivir en medio de la sinrazón.
–Bueno, tu pregunta implica que hay un superávit de producción intelectual, y no es necesariamente cierto. Tenemos un déficit de reflexión sobre el país. Los intelectuales son reemplazados por personajes mediáticos, conductores de programas, gente de la farándula. La opinión pública se forma cada vez más en función de discursos menos fundamentados en la reflexión sistemática, que es lo que caracteriza el trabajo intelectual. Esto abre un desafío: una redefinición del rol del intelectual. Vemos cómo Vargas Llosa se convierte en un icono casi único. Ya no se forman personajes como él, es decir, estos mandarines que opinan sobre todo, que escriben en todos los medios sobre deporte, religión, cultura, gente como Sartre, Chomsky, Carlos Fuentes o Edward Said.

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–¿Cómo es este nuevo intelectual?
–El trabajo intelectual se está convirtiendo en un esfuerzo colectivo fruto del diálogo más que del esfuerzo personal. Se abren foros de la sociedad civil, ongs, universidades… pasamos a una posición más democrática. Por ejemplo, en los años 80 había un grupo de historiadores notables, pero la mayoría no participaba del debate público, con dos excepciones: Pablo Macera y Alberto Flores Galindo. Hoy esta imagen del intelectual público está deteriorada…

–Como la del intelectual comprometido…
–Yo apuesto por un trabajo intelectual cuestionador. Existe la obligación de ser crítico, incluso con uno mismo. El desafío es cómo hacer para que en el debate público sobre los problemas del país los intelectuales tengan el eco que merecen. Y por eso es que al organizar el coloquio y después este libro quisimos darle énfasis a esta relación, es decir, más que preocuparnos por la historia de las ideas, nos interesaba verlos como agentes históricos situados en un momento concreto, y en sus relaciones con las distintas manifestaciones de poder.

–El Perú se piensa desde Lima, donde está el poder. ¿Qué pasa cuando el país se piensa desde el interior? Desde Huamanga, digamos. ¿Estalla?
–Yo diría que el Perú se piensa desde distintos lugares y posiciones de clase. Lo que pasa es que las ideas que se emiten desde Lima tienen un peso mayor sobre las decisiones que se toman… Pero además hacen falta estudios que se aparten de la identificación entre intelectuales y cultura impresa. Uno de los ensayos del libro, de Zoila Mendoza, estudia la producción de folclor en Cusco y en este caso estamos hablando de gente que escapa a la visión tradicional del intelectual: maestros, directores de promoción cultural, artistas, músicos.

–En el libro se habla también de un nuevo conformismo.
–Parte del problema del descenso de la importancia de los intelectuales en la sociedad se debe a que han sido domesticados, se han convertido en conformistas.

–En parte de la maquinaria del poder.
–Y del stablishment, contentos con su rol de académicos, trabajadores en ongs o asesores de políticos, claudicando en su responsabilidad como portadores de una conciencia crítica, como repositorios de una visión cuestionadora del poder. Entonces, en esta crisis del intelectual confluyen el asedio de estos nuevos personajes que orientan la opinión pública que mencionábamos antes y, por otro lado, la propia claudicación de los intelectuales. Hay ciertamente una crisis, pero creo que no hemos tocado fondo. Creo que los intelectuales deberíamos hacer más. (Maribel de Paz)

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