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Alexander Solzhenitsyn

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No es fácil entender hoy el impacto titánico de Alexander Solzhenitsyn en la historia del siglo XX. La cercanía en el tiempo del colapso del imperio soviético no hace sino acentuar la inmensa distancia espiritual que existe ahora respecto de la era de las grandes ideologías seculares, en particular del comunismo; que pareció en un tiempo indetenible en su avance, dueño del futuro, antes de caducar y desmoronarse en una casi instantánea transformación de la fuerza en decrepitud.

En el país se ha escrito poco estos días sobre Solzhenitsyn. Recomiendo la reciente columna que César Hildebrandt le dedicó a las pocas horas de saberse la muerte de aquél. Yo trataré de reunir apuntes diversos que ayuden a explicar el tremendo efecto y el engañoso olvido de este gran escritor en el hoy enigmático siglo XX.

En “Un día en la vida de Iván Denisovich”, “El archipiélago Gulag” y también en las magistrales “El primer círculo” y “Pabellón del cáncer”, Solzhenitsyn describió desde dentro la nación subterránea de esclavitud y tortura sobre la que se asentó la Unión Soviética en la era de Stalin y después de ella. Ese contramundo de existencia paralela a la sociedad, hecho invisible a los soviéticos por el terror y al Occidente por la miopía o la complicidad de algunas de las más celebradas mentes de su tiempo.

En los años 70, en la guerra sucia en Argentina surgió el término de chupadero para referirse a esos lugares que el miedo impedía ubicar, donde de un momento al otro desaparecía la gente, como si hubieran sido succionados por otra dimensión, para pasar al infierno de este mundo. En la Unión Soviética, el gulag fue un gigantesco chupadero donde se esfumaron no miles sino millones de personas, sociedades enteras, muchas veces camino a la muerte, siempre hacia la esclavitud.

No es que no se hubiera denunciado antes el terror y las matanzas. Trotsky describió la letal persecución stalinista a su familia y seguidores, antes de caer asesinado por Ramón Mercader en México (luego de escapar por poco al atentado previo dirigido por el pintor David Alfaro Siqueiros, “el coronelazo”). Años después, Victor Kravchenko hizo, en su libro Yo escogí la libertad, publicado en 1946, una descripción detallada del terror de la colectivización en el agro, a inicios de la década de 1930; de los campos de prisión y trabajo forzado. El testimonio de uno de los primeros y más célebres defectores soviéticos queda comprobado hoy como verdadero, pero en su tiempo fue ahogado por las guerras de propaganda.

Hubo también el testimonio de los intelectuales de la desilusión: aquellos que acometieron con ardor su fe revolucionaria, para desengañarse luego ante la evidencia del cinismo, la corrupción y el terror. Arthur Koestler, Ignazio Silone (quien años después terminaría describiéndose a sí mismo como “un socialista sin partido, un cristiano sin iglesia”), Jan Valtin y el escéptico y lúcido George Orwell, cuyo “Homenaje a Cataluña” transmite hoy la misma fuerza y frescura de los años heroicos y también siniestros de la Guerra Civil española. Ellos y algunos otros relataron el choque del idealismo con la maquinaria brutal de los comisarios.

Pero frente a estos testimonios, a su literatura de desgarro, asumida con un altísimo costo personal, hubo la mucho más numerosa de la ingenuidad, la sorprendente miopía y la colusión, no siempre involuntaria. Críticos severos, periodistas agudos, intelectuales brillantes que al llegar a la Unión Soviética ponían en hibernación el escepticismo y hasta la inteligencia.

Lincoln Steffens, el gran periodista de investigación, el muckraker por antonomasia de la primera parte del siglo XX, es ahora recordado por su famosa cita de 1921, luego de viajar a la Unión Soviética: “He visto el futuro, y funciona”. Otro sobresaliente periodista, John Reed, fue el cronista de la revolución de octubre de 1917, y terminó entregando su vida a la revolución bolchevique (como años después lo haría otra notable escritora estadounidense, Agnes Smedley, con la revolución china).

Si el fervor frente a una revolución joven, en lucha tenaz por sobrevivir, podía explicar en parte estos entusiasmos, ¿cómo explicarse a los intelectuales que entregaron una admiración incondicional a Stalin luego de la colectivización forzada, de las purgas, de las extravagantes autoincriminaciones de viejos bolcheviques y de las sumarias ejecuciones en la Lubianka? Bernard Shaw dijo “me saco el sombrero por Stalin”, aunque es verdad que pocas veces vio un dictador que no le provocara descubrirse la cabeza. Emil Ludwig llegó a escribir que él hubiera confiado la educación de sus hijos a Stalin. Pablo Neruda le escribió versos no por forzados menos reales. Anne Louise Strong escribió libro tras libro de propaganda. La lista es larga y pone a veces en cuestión el criterio y la sabiduría de los intelectuales. Hasta Romain Rolland, pese a su pacifismo, expresó varias veces una simpatía entre renuente y distante, pero simpatía al fin, por Stalin.

Es cierto que entonces había peligros mayores que enfrentar: el nazismo, el fascismo; y muchos de esos intelectuales pensaron que los comunistas eran los únicos lo suficientemente organizados como para enfrentar y quizá vencer a los nazis. Pero de ahí a la ceguera había más de un paso, que fue hecho posible gracias a la elaborada y seductora propaganda soviética, una de las mejores en la Historia. Como dijo Vladimir Nabokov al referirse a esos intelectuales visitantes: “si estos y otros idealistas extranjeros hubieran sido rusos... habrían sido destruidos (por el gobierno) con tanta naturalidad como conejos y hurones a manos de un campesino”. Y en efecto: no mucho después que Emil Ludwig o Lion Feutchwanger encontraran tan sencillo y confiable a Stalin, el gran escritor Isaac Babel, por ejemplo, era torturado y ejecutado por la NKVD.

¿Qué dio a Solzhenitsyn el profundo efecto que logró? No fue descubrir, pero sí revelar, como nadie lo había hecho hasta entonces. Al comienzo, además, su impacto fue multiplicado por el permiso y el auspicio para publicar del gobierno de Kruschev que, en pleno deshielo, vio en “Un día en la vida de Iván Denisovich” la manera perfecta de demostrar los crímenes de Stalin y justificar las acciones póstumas en contra de éste.

Pero una vez que se cerró esa efímera ventana, la voluntad de Solzhenitsyn se fortaleció y su enfrentamiento básicamente solitario ante el gigantesco aparato represivo soviético, fue inédito por lo decidido e indoblegable. Tenía la resistencia de un sobreviviente extremo, la fuerza de un profeta y, sobre todo, la calidad, junto con la productividad, de uno de los mejores escritores del siglo. Al final, el Estado más poderoso de la historia no pudo quebrar a Solzhenitsyn y tuvo que expulsarlo, unos años antes de su propio quiebre y colapso.

El Solzhenitsyn del exilio y el retorno debiera ser mejor conocido y analizado. En un ensayo interesante, George Friedman, el analista principal del grupo Stratfor, sostiene que el país que el escritor abogó: una nación de mercado de Estado; de cercanía entre Iglesia y Estado; de acumulación de fuerza y poder, es la visión que Putin y el actual presidente, Dimitri Medvedev están tratando de realizar. Por eso, cuando en la parte final de su vida, Solzhenitsyn fue condecorado por Putin, el viejo escritor recibió con simpatía al veterano oficial de la KGB, soslayando ironías históricas ante la compartida visión de Rusia. Ahora, dice Friedman, Rusia “se mueve muy lentamente en la dirección que quiso Solzhenitsyn, y eso puede hacer extraordinariamente poderosa a Rusia… (Solzhenitsyn) fue mucho más profético respecto del futuro de la Unión Soviética que casi todos los Ph. Ds en Estudios Rusos”, concluye Friedman. “Consideren ahora que el resto de su visión puede realizarse. Eso debería poner al mundo a pensar”.

Pensemos, pero leamos o releamos los libros del Gulag. Solzhenitsyn tuvo poco de demócrata, pero esos libros son el mayor testimonio de la fuerza indoblegable de la libertad.

 


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