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Testimonio Testimonio de una madre que no quiso esperar a que debate científico sobre mercurio se resuelva.

Entre la Cuna y la Vacuna (VER)

5 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Antonella, 5, y su madre Annette Paredes. Esta apuesta por una alimentación sana y vegetariana como la mejor vacuna. “Sus dulces son pistachos, maní y galletas de arroz”, cuenta.

Annette Paredes muestra la cartilla de inmunizaciones de Antonella, su hija: la primera de BCG contra la tuberculosis, puesta el 7 de abril del 2003, cuando tenía cinco días de nacida; tres de polio, tres de hepatitis B, una de MMR (sarampión, paperas y rubéola), entre otras vacunas. La última, el 12 de diciembre de ese mismo año. Annette no la volvió a vacunar.

Hasta antes de los seis meses, recuerda su madre, fue una bebita normal y feliz. Entonces convulsionó por primera vez. Le siguieron otros episodios en los siguientes dos meses. Entretanto, el estómago se le trastornó, sus músculos se pusieron flácidos. Ya no sonreía y se quedaba mirando a un punto largo rato. “Internamos a la bebe, le recetaron fenobarbital, un anticonvulsionante, pero nadie me daba ninguna explicación”, dice Annette. “Pasaba el tiempo y no había respuesta alguna. Así que empecé a investigar por mi cuenta”. Pronto se enteró de la relación que desde hacía mucho tiempo se intenta establecer entre el timerosal (mercurio) que se utiliza para preservar las vacunas y el autismo. Cuando Antonella tenía un año –y aún no podía decir ni “mamá”– Annette viajó con ella a Los Ángeles, donde la hizo ver con un neurólogo. Ahí tampoco encontró una respuesta certera. Entre las cantidades de artículos e información que buscaba en libros, diarios, revistas e Internet, Annette dio con un artículo que reproducía la carta escrita por una madre norteamericana, Bobbie Manning, en la que esta describía los problemas conductuales, motores y gastrointestinales de su hijo autista, señalando al mercurio como culpable. “Leer eso fue leer mi historia”, cuenta Annette.

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Convencida de que el mercurio había envenenado a su hija, Annette visitó, en un periodo de año y medio, a un par de doctores más en EE.UU. y luego a seis en Perú. Ninguno respaldaba su teoría. Para cuando Antonella cumplió dos años, su madre estaba decidida a desintoxicarla ella sola. Esto, a pesar de la desaprobación con que su mismo esposo miraba sus interminables inquisiciones. Entre sus visitas a la Universidad Cayetano Heredia y a la Agraria, adonde iba para levantar más información, Annette recordó lo que aprendió en los dos años que estudió Biología en la Universidad de Santa Mónica, en Los Ángeles, antes de dedicarse al diseño de modas. Pero sobre todo, explica, se guiaba de su sentido común. Primero, tenía que limpiar el pequeño organismo: cambió los hábitos alimenticios de toda su familia, volviéndolos vegetarianos. El segundo paso fue “llenar a Antonella de vitaminas”. Y el tercer y último paso fue, finalmente, el de su desintoxicación.

“Un agente quelante es una sustancia que sirve para disminuir la concentración de metales pesados en el cuerpo”, explica el pediatra Rafael Moreyra. “No teníamos otra opción: tenía dos años y medio y aún no hablaba”, dice Annette. Se empezó inyectándole a Antonella DMPS (un tipo de quelante) endovenoso, luego una mixtura de DMPS y EDTA (otro tipo de quelante) y luego, para terminar, EDTA en supositorios. “La quelación se hace una vez por semana durante seis semanas: eso es una ronda. Se descansa un mes entre ronda y ronda. Una completa te cuesta alrededor de 200 dólares, más el flete, pues los quelantes se traen de EE.UU. Antonella necesitó ocho rondas para sanarse”, explica Annette, quien agrega que todas se hicieron bajo la supervisión del doctor Moreyra. Este, miembro de la Sociedad Peruana de Pediatría, subraya que efectivamente sólo hizo eso, supervisar, más no dirigir el tratamiento. Este estaba a cargo del doctor norteamericano David Berger, y Moreyra “sólo firmaba las recetas con las que se compraban los quelantes”, explica este. Ahora bien, Annette admite que en realidad había prescindido del doctor Berger hacía algún tiempo. “No tendré título de médico, pero no había ni un doctor que pudiera salvar a mi criatura”, continúa ella. Reconoce que al comienzo no tenía muy claro qué dosis era la apropiada. “Con otras mamás probábamos. Eran ratoncitos de laboratorio en casa…”

–Con el riesgo que eso implicaba.
–Con el riesgo. La medicina tradicional antes que ayudarme, me había perjudicado. Yo no tenía tiempo.

La última vez que queló a Antonella fue a fines del año pasado. Ahora ella tiene cinco años, cursa el kinder en el colegio Humboldt, estudia ballet y música, y en su departamento persigue al fotógrafo para que le haga más retratos. Como parte final del tratamiento casero, Annette le pone todos los días una inyección subcutánea de cobalamina (vitamina B12). Lo hará sólo hasta fin de año. Ha quelado también a su hija mayor Francesca, que ya tiene nueve.

–Pero ella no tenía ningún problema…
–Sí, era muy hiperactiva de chiquita y no sabíamos por qué. Era el mercurio. Si no la hubiera quelado, imagínate cómo estaría ahorita…

Todos los jueves a las 8.30 p.m., Annette se reúne con otros miembros del grupo “Padres que ayudan a padres”. A la cita del último jueves llegaron sólo mamás: todas con un grueso file lleno de impresiones de Internet, artículos y resultados de exámenes; con cuadernos donde tomar anotaciones. Todas se preguntan por los avances de “sus gordos” y dan consejos. Sus reuniones se dan al margen de las pruebas que se muestran en la versión nacional de un largo debate alrededor de las vacunas. Ellas están completamente seguras de que el mercurio es el culpable de los males de sus hijos, muchos de ellos diagnosticados con autismo. Todos sus esfuerzos están puestos en una recuperación que Antonella encarna. Ella es más que una esperanza. Como bien describe Annette, lo que ellas hacen es sólo “la labor de una madre desesperada”. (Rebeca Vaisman)

Timerosal y Autismo

Más allá de miedos y esperanzas, debate científico continúa.

Desde que el autismo se descubrió en los años cuarenta, han sido múltiples las teorías que han tratado de ofrecer una explicación a este trastorno. Las más recientes apuntaban la posibilidad de que un ingrediente de algunas vacunas infantiles, el timerosal, pudiese ser responsable de esta alteración neurológica. Sin embargo, una nueva investigación ha demostrado que el número de casos en California ha seguido aumentando considerablemente a pesar de que este compuesto se eliminó casi por completo a partir del año 2001.

La última evidencia en contra de esta teoría del mercurio, ampliamente defendida por los grupos contrarios a la vacunación infantil, procede de California (EE.UU.). Según puede leerse en la revista Archives of General Psychiatry, un equipo dirigido por Robert Schechter, del departamento californiano de salud pública, estudió la prevalencia de trastornos del espectro autista entre los años 1995 y 2007 en pequeños entre tres y 12 años.

Teniendo en cuenta que el timerosal fue eliminado en la mayor parte de las vacunas en EE.UU. en 2001, los autores explican que la tasa de niños con trastornos del espectro autista debería haberse reducido drásticamente en ese período si esa fuese la causa. Pero los datos demuestran que no fue así; al contrario, en 10 años esta cifra pasó de 0,3 pequeños por cada 1.000 nacimientos (en 1993) a 1,3 por cada 1.000 en 2003. El pico más elevado se registró entre los nacidos en el año 2000 (4,5 casos).

Esta sería mi respuesta como médico, basada en evidencias, pero como madre es importante ver factores externos. Habrá que seguir estudiando posibles factores de riesgo externos (y por tanto prevenibles) para dar con la causa del autismo. La hipótesis de que un factor modificable podría causar el problema, reconocen, es esperanzadora, por lo que habrá que seguir indagando y evaluando las tasas de prevalencia de autismo en los próximos años.

En opinión de Eric Fombonne, experto del Hospital Infantil de Montreal, Canadá, y autor de un editorial sobre este tema en la misma revista, estas conclusiones deberían servir para tranquilizar a padres con niños autistas, “para que sepan que el problema no tuvo su origen en la vacunación, y para que sus hijos sean vacunados con normalidad”. Este estudio, asegura Fombonne, añade nuevas y contundentes evidencias a los estudios previos que tampoco han hallado relación entre las vacunas infantiles y el autismo. Y se pregunta, “¿cuántos trabajos negativos más son necesarios? ¿Y cuánto gasto de dinero público más se puede justificar (para seguir estudiando esta cuestión)?”. A su juicio, la explotación de las creencias de las familias con pequeños afectados se ha utilizado demasiadas veces como excusa para promover tratamientos alternativos, “sin ninguna eficacia probada y a menudo con algunos riesgos”. (Pilar Frisancho)

 


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