miércoles 17 de julio de 2019
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2034

03/Jul/2008
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre PersonajesVER
Acceso libre EntrevistasVER
Acceso libre EconomíaVER
Sólo para usuarios suscritos Economía
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Acceso libre CulturaVER
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Sólo para usuarios suscritos Olor a Tinta
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Acceso libre Gustavo GorritiVER
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Nicholas Asheshov
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2460
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Un Sancochado de Color, Música, Religión y Cerveza

2034-asheshov-1-c.jpg
En dos semanas arranca la fiesta de la Virgen del Carmen en Paucartambo, un pueblo colonial frío al este de Cusco. Un poco más allá se encuentra Tres Cruces al filo de la cordillera y de esa altura la montaña se precipita y sumerge en la selva de Madre de Dios. No hay un cerro entre este punto y Río de Janeiro.

En Paucartambo tengo un ahijado, Adolfo Concha, quien recién empieza su carrera como policía. “No hay mucho que hacer”, dice. “Solo jugamos fútbol”.

Pero una vez al año este pueblo que se distingue por su viejo puente de piedra sobre un turbulento río, estalla en la ruidosa magia de una fiesta andina a todo dar.

La fiesta en Paucartambo es famosa por la disciplina de sus decenas de comparsas danzantes, sus extravagantes y coloridas vestimentas y sus máscaras, además de sus ruidosas bandas de música que tocan mientras los bailarines se arremolinan por las callecitas empedradas. La fiesta continúa durante la mayor parte de una semana.

De ahora en adelante hasta septiembre, en la mayoría de los pueblos de los Andes peruanos, al margen de los de la Costa, consiste en fiesta tras fiesta religiosa de enorme y poderoso colorido.

La gente de la Sierra sureña tiende a ser triste e introvertida. Hace medio milenio gobernaban su mundo gloriosamente, pero hoy arrastran un cierto rencor y quizás no sea para menos. Desconfían los unos de los otros y también de los forasteros, sean de Arequipa o de Inglaterra. Pero esta aparente melancolía, en medio de uno de los paisajes más grandiosos del planeta, se disipa cada año mediante una catarsis festiva llena de sonido y color. Aquí, en una lejana órbita del imperio espiritual de Roma, antiguas tradiciones emergen con humor y arman una buena jarana.

El propio Cusco siempre está rebosando de procesiones y fiestas. Yo me acuerdo de un gerente de hotel extranjero que se quejaba de ser despertado regularmente al alba por el estruendo de los fuegos artificiales que marcan el inicio de una nueva celebración.

A partir de ahora solo hay comparsas de danzantes enmascarados, bandas estrepitosas, zampoñas etéreas, fuegos artificiales y cantidades amazónicas de cerveza y chicha.

A menudo hay una larga lista de espera, que puede ser de años, para ser mayordomo de alguna danza. El mayordomo financia las danzas y las bandas y provee de desayuno, almuerzo y comida y vastas cantidades de bebidas para cada grupo. Mi esposa y yo lo hemos hecho. Consume mucho tiempo y energía durante los meses precedentes pero sabemos que bien valió la pena, que cumplimos con nuestro deber a la santa, la Virgen de la Natividad de Huayllabamba, y que entonces estábamos viviendo bajo su protección. Cada año renovamos nuestra devoción mediante el apoyo a otros mayordomos y, obviamente, acoplándonos a las festividades y procesiones más una Misa o dos.

Al ser mayordomo uno tiene el privilegio de participar en la procesión cargando un estandarte con su propio nombre y recibe acceso privilegiado a la atención del Santo o Santa en su Día, es más, por todo el año que precede a la fiesta. Es como tener un seguro de vida. Uno puede solicitar favores especiales, tales como lograr el ingreso de un hijo/a a una universidad, la curación de una enfermedad, dinero para un camión o hasta para una casa.

Una pareja joven, que fueron ambos mayordomos de la danza Cápac Negro en la fiesta para Mamacha Naty, como nosotros sus devotos nos sentimos con derecho a llamarla, pudieron anunciar el nacimiento de un bebé largamente esperado a los nueve meses de la fiesta. La Virgen de la Natividad es conocida aquí como “bastante milagrosa”.

A estas alturas puedo aguantar las fiestas en cuotas limitadas. Pero hay una o dos de las cuales no me canso.

Mi favorita es la de Coya, entre Calca y Písac, alrededor del 20 de agosto, donde uno puede asistir a un fantástico partido de fútbol en el cual los jugadores están ataviados con sus vestimentas y máscaras festivas. El partido comienza de acuerdo al reglamento establecido pero en pocos minutos están recogiendo la pelota con la mano y corriendo, lanzándola, un juego más parecido al rudo Australian Rules, en otras palabra, el todo vale. El referí está disfrazado de diablo y los jueces de línea como diablos de menor jerarquía. Están en juego varias cajas de cerveza y gente apacible como nosotros no quisiéramos, créanme, ser derribados mediante un tackle por un contrincante comunero andino enmascarado.

----------------
Traducción: Daphne Zileri

 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista