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05/Jun/2008
 
 
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Corrientes y Contracorrientes

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En las dos últimas semanas se ha reavivado el debate económico-social, luego de los efluvios positivos de la V Cumbre y, aparentemente, asistimos a un reencuadre que, sin estar exento de posiciones encontradas, reconoce que el país no va mal. ¿Pero sabemos a dónde estamos yendo? ¿Quién lleva finalmente el timón?

Por ejemplo, como ha señalado Francisco Durand, llueven capitales y se nos invita a la globalización pero eso es agregar vagones a un convoy cuya dirección se nos escapa de las manos; para algunos eso es lo importante, para otros sería lamentable descubrir que no conducimos la locomotora. Ensamblarnos, es la voz de hoy. ¿Pero y el nacionalismo, el matiz de lo propio ante la globalización?

Dos elementos se ha sumado al examen del curso que sigue el Perú. Uno, riesgos y amenazas de la tercerización en una economía donde el sujeto principal es la informalidad y, por lo mismo, se corre el riesgo de tener un trabajador en francas condiciones de desventaja con relación a la clase trabajadora del primer mundo. Dos, ¿hasta qué punto estamos construyendo las condiciones mínimas para evitar la ominosa desigualdad, una pobreza aún incisiva en los Andes y una postración social que significa un círculo vicioso que complota contra el desarrollo? Finalmente, la antigua pregunta: ¿es posible la democracia en esas condiciones? ¿La clase dirigente es consciente de la necesidad de la formación de cuadros preparados, de partidos en forma, de una búsqueda de valores en contra de la corrupción y la inseguridad social?

En otras palabras, la bonanza del mismo modo que supone el buen ánimo, tiene que nutrir una sana dirección y una política definidas, una visión de Estado compartida por la ciudadanía.

Van surgiendo algunas cuestiones que demuestran que estamos entrando a una nueva etapa política. No basta la disciplina y la continuidad económica, tampoco el alentador período de acuerdos comerciales y búsqueda de mercados; ahora hay que unir voluntades para abatir el atraso, conducir el debate económico a una dimensión política, acortar la distancia entre el centro y la periferia (¿se vuelca la acción gubernamental hacia las provincias?) y priorizar la renovación y crecimiento de los partidos políticos y la actividad partidaria.

Hemos asistido hace pocos días a un emplazamiento serio que ha sufrido el partido nacionalista, al parecer en pos de hallar otro rumbo distante de la algarada de la izquierda extrema y antañona y ubicarse en un centro izquierda más efectivo ante la clase media y los liederazgos regionalistas. El APRA sabe que arriba la hora de sustituciones en el Congreso y, especialmente, en el gabinete y en la propia estructura partidaria. Parecen estar próximas las horas de las definiciones para Unidad Nacional (¿señalará su juego futuro Solidaridad?). Los partidos tradicionales velan sus armas y en provincias se afilan espadas para las próximas batallas, gobiernos locales y particularmente regionales.

Los debates en curso nos demuestran que ingresamos a un debate intenso que une lo político con lo económico. No van ya por pistas separadas. El clima preelectoral alimentará las decisiones medulares de estos meses. Las aguas del quehacer político empiezan el deshielo.

 


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