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05/Jun/2008
 
 
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El ruido, el tráfico, la vergüenza y las relaciones. Factores que podemos cambiar para ver la vida color de rosa.

La Fórmula del Antiestrés

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El estrés no siempre es malo. Pero hay que controlarlo.

Desde que Martin Seligman fundara a fines de los 90 la psicología positiva, mucho se ha dicho sobre el optimismo, ese estado de ánimo que nos hace cantar.

Finalmente, después de años de estudios, Seligman y su equipo diseñaron una fórmula de la felicidad. Esta es F=B+C+V, siendo B la base biológica (haber nacido en una familia optimista), C las condiciones de la vida; y V, las actividades voluntarias que dan placer.

Al respecto, Jonathan Haidt, profesor de la universidad de Virginia, autor de ‘La hipótesis de la felicidad’, subraya la importancia de las condiciones externas para aumentar la felicidad. Según este científico social hay algunos cambios que podemos hacer en nuestras vidas que pueden hacernos felices años y años y por los que vale la pena luchar. Estos son:

El ruido. Debemos eliminarlo de nuestras vidas, especialmente aquel que es variable e intermitente como los bocinazos, la música estridente o el ruido de las construcciones. Interfieren en la concentración e incrementan el estrés.

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Viajar hacia el trabajo. Los estudios han revelado que quienes conducen grandes distancias en horas de tráfico denso, llegan a la oficina con elevados niveles de hormonas de estrés. Que escuchen los alcaldes.

La falta de control. Uno de los ingredientes activos del ruido y del tránsito, que ayuda a sacarnos de quicio, dice Hadit, es que no podemos controlarlo. Elevar la capacidad de elección y selección en las personas es uno de los medios más efectivos para aumentar el sentido de compromiso, la energía y la felicidad.

La vergüenza. Mejorar la apariencia personal conduce a incrementos duraderos de felicidad porque dan bienestar y elevan la autoestima. Son las mujeres y la medicina estética, las más estudiadas en este aspecto.

Las relaciones. Esta condición supera en importancia a todas las anteriores. Tener compañeros de oficina o de cuarto molestos, o conflictos crónicos familiares es una de las maneras más seguras de disminuir nuestra felicidad. Las personas nunca se adaptan al conflicto interpersonal, este daña todos los días. Aun cuando no se vea al adversario, siempre se está pensando en él. (Ruth Lozada)

Dos Amores

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La pasión y el compañerismo, ingredientes del amor.


LAS relaciones interpersonales son fundamentales para alcanzar la felicidad, y Haidt dedica un capitulo al vínculo amoroso. Distingue el amor apasionado del amor de compañeros. El primero como un estado emocional salvaje en el cual los sentimientos tiernos y sexuales, la euforia y el dolor, la ansiedad y el alivio, el altruismo y los celos coexisten en una confusión de sentimientos. El segundo, dice, es el afecto que sentimos por aquellos con quienes nuestra vida está entrelazada. Es el que crece a través de los años, en la medida que los amantes comienzan a contar el uno con el otro, a cuidarse, a confiar. En una evaluación de seis meses, el amor apasionado se enciende y llega a su punto máximo. Casarse en ese momento suele ser un grave error, dice. El amor apasionado se va debilitando en intensidad. El amor verdadero, el que apuntala a los matrimonios sólidos, no es una pasión que dure eternamente, señala. Es el amor de compañeros más algo de pasión entre dos personas comprometidas la una con la otra.

 


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