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Ser poeta en el Perú es una maldición. Alejandro Romualdo, el último en caer en ella.

Poesía Poseída

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Poeta Alejandro Romualdo, cuyo deceso se hizo público el pasado 28. La muerte lo encontró solo.

El atestado policial pide imaginar que la garra del Perú fue la última visita que recibió el poeta Alejandro Romualdo (1926-2008), ganador del hoy desaparecido Premio Nacional de Poesía a los 23 años. Una visita a la que, como acostumbraba el escritor trujillano, no le pudo cerrar la puerta. Frente a eso, uno hubiera querido que el gobierno olímpico le entregue una pensión de gracia al poeta de ‘La Torre de los Alucinados’ y a sus coetáneos geniales aún con vida, pero eso es demasiado para quien sueña con laureles griegos y TLCs con Singapur. La poesía peruana se produce y se exporta, pero no viaja en containers ni se paga al peso ni existe en las cifras macroeconómicas de la prosperidad nacional.

Uno hubiera querido que los medios con los que otros Estados protegen mínimamente a sus artistas, como premios, pensiones, becas e iniciativas para el mecenazgo privado, hubieran servido para crear un corolario más acorde con un poeta clave en la formación peruana, pero eso sería pedirle al ministro ad hoc que cumpla en verdad sus funciones, o más aún, que piense, y nadie en el Ejecutivo está para eso. Mejor es hacerse el liberal, negar por principio los subsidios a artistas, verlos desfallecer en la miseria y seguir usufructuando en materiales educativos su producción literaria para la construcción de una identidad. El matiz lo dará algún lector disfrazado de burócrata que esperará a que el vate cumpla 80 años para darle una medallita de lata. Un símbolo es mejor que nada, pero también es el recordatorio de una acción efectiva inexistente. Eso fue lo que hizo la Sunat con Javier Sologuren (los recaudadores de impuestos, ¡compasivos!), y ese fue el gesto que tuvo el INC con Romualdo al publicarle ‘¡Ni pan, ni circo!’ a los 78 años. ¿A quién hay que dar las gracias?

En los últimos años los poetas peruanos mueren como peruanos, es decir, mal. Caen atropellados por combis y buses y se les sepulta como N. N. En sus velorios se hacen colectas para enterrarlos. Padecen largos abandonos. Si tienen la suerte de llegar a hospitales, los médicos los desahucian en sus propias narices y ningún enfermero en bata hace siquiera una mueca misericorde que permita soslayar la pena del veredicto. Las últimas pérdidas han sido durísimas: Valcárcel, Calvo, Westphalen, Delgado, Sologuren, Martínez, Bendezú, Watanabe, Ramírez Ruiz, Guevara, Eielson, Romualdo. Fallecen los artífices de una de nuestras tradiciones artísticas más preciadas, muchos de ellos en condiciones de indignidad fácilmente remediables con una asistencia básica (pero hay que tener cuidado en no hacer mucha bulla, porque en Lima la inelegancia es más censurable que la miseria).

Un rápido repaso basta para concluir que nacer poeta en el Perú, más allá de generaciones, estéticas y posiciones sociales efímeras, depara una misma condena. La respuesta simple será crear la maldición de César Vallejo: los sucedáneos de oficio replicarán su padecimiento. La explicación verdadera, sin embargo, está lejos de cualquier mitología y es más bien hiperrealista: si algo no ha cambiado en el Perú es la indolente indiferencia del Estado respecto a quien escribe, o mejor, respecto a todo aquel que no cuente con los medios para escapar de los servicios de auxilio estatal… cuando existen. Y como del mercado no se puede esperar nada, pues en el Perú ni los narradores pueden vivir de sus palabras, llegamos a la conclusión de que la vocación poética está destinada a ser llevada en la frente como una marca de Caín inversa: no promete la inmortalidad, sino el beso frío de una muerte malhadada y segura.

Ahora, ¿de algo sirve la muerte de un poeta? La pregunta es cínica y la respuesta también lo será: al menos mediáticamente el poeta peruano vale más en la tumba que escribiendo. La sentencia se justifica constatando cuántos poemarios han llegado a ser portada de tabloides, “mérito” fácilmente alcanzable por el deceso de uno de sus creadores. Esta falta de correspondencia, que puede ser el indicador clave de una sociedad en la que el artista no puede vivir de su producción y donde el éxito se mide por copias piratas vendidas, es la peculiaridad de un pueblo que celebra enmascaradamente el tánatos, una cultura donde el policial perdió sus rasgos de género frente al costumbrismo hace mucho tiempo. Óscar Málaga: “La poesía cada vez te da menos: en los 50s te ofrecía viajes a los países socialistas, en los 70s un trabajito, en los 80s ya nada, y en los 90s ni siquiera tienes status. Ahora el poeta es un vago, un ocioso, un cholo de mierda” (CARETAS 1867).

La muerte de todo poeta representa una doble tragedia. La primera es distinguible, y la española Carmen Martín Gaite la resume bien: “lo raro es vivir”. La segunda es más gremial, pero no por ello menos vívida: cuando un poeta muere todos los poetas mueren. En cada aliento final hay un último verso no expresado. Un aliado ha caído, una voz calla. El poeta se vuelve metáfora, pero ¿ya de qué sirven? (Jerónimo Pimentel)

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