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Bajo la luz de su herencia nisei, Augusto Higa llega con nueva novela donde el desarraigo cede paso a la iluminación.

Higa Iluminado

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Higa bajo los sakuras del Parque de la Exposición que desatan la iluminación de su alter ego. Ahora trabaja en una novela ambientada en el primer gobierno de García, una historia de pandilleros, sindicalistas y terroristas.

Bañados por el smog y la bullanga del centro de Lima, parecería inverosímil que alguien pueda hallar iluminación alguna en escenario tan siniestro. El satori del budismo zen, sin embargo, no le teme a ningún infierno y bien puede desatarse en pleno Parque de la Exposición, cerquita nomás de pachamancas y fritangas varias. Historia imposible, La Iluminación de Katzuo Nakamatsu (Editorial San Marcos, 2008) es la nueva entrega de Augusto Higa, donde el protagonista, alter ego del escritor, se verá sometido a los rigores de la marginación, la locura y el dolor en su ruta a la iluminación. Caserito de una narrativa urbana doliente y miembro del Grupo Narración junto a Gutiérrez y Reynoso, Higa reelabora con esta entrega el sentir criollo de Final Del Porvenir hacia un sentir nisei igual de desencantado.

–La marginalidad y el desarraigo son constantes en su obra. ¿Considera a ambas como formas de la soledad?
–Sí, de alguna manera los personajes que retrato son seres marginales y solitarios, y buena parte de ellos tienen una característica: tendencia hacia la locura.

–¿Un poco como el autor?
–Un poco... En todo caso, Katsuo Nakamatsu es una especie de alter ego mío, vicario de mí mismo.

–¿A qué responde tal reiteración de la soledad y la locura?
–A que los problemas que afrontamos como sociedad tienen que ver con la insatisfacción de necesidades básicas, y esto lleva a la soledad física y psicológica. Y una de las salidas es la locura.

–¿La iluminación se puede confundir con locura, como en el caso del protagonista?
–Es que para entrar al satori se requiere negar el propio yo, y eso implica el sufrimiento, porque el yo es una construcción artificial, y como tal hay que eliminarla a través de la disciplina y el dolor. Pero el punto está en cómo interpretar la frase que él dice cuando ve a ese joven bello, tostadito. Se deslumbra. Sabe que ha encontrado a aquel ser hermoso que tanto había buscado, se desnuda y solamente musita: “La belleza existe”. El problema está en desentrañar qué significa eso.

–¿Y qué significa?
–Que él, sus contradicciones como peruano y japonés, las resuelve allí. Es la búsqueda de sí mismo. En el zen te sientes iluminado y lo que digas puede ser ingenuo, doméstico. A veces ni siquiera sabes que has entrado al satori.

–¿Augusto Higa se ha acercado al satori?
–No, pero me he reencontrado conmigo mismo escribiendo esta novela. Es una revancha conmigo mismo.

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Historias Explosivas

–¿Se siente más genuino?
–Sí. Con esta mirada, de descendientes de japonés actuando en un medio peruano, me siento a mi medida… Es el ajinomoto, pues.

–El libro es también un recorrido emocional de Lima. Están Tacora, La Parada, y se perciben hasta los olores de cada escenario. Salvo en el cerro El Pino, que se presenta más ajeno.
–Sí, tienes razón, tienes razón, porque mi ambiente natural es La Parada, el cerro San Cosme, la 28 de Julio. El otro se me escapa un poco. Incluso me obligué a visitar la zona, estuve vagando, como el personaje.

–Un personaje marcado por las atrocidades contra la colonia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial.
–Es un niño de la guerra.

–Usted también.
–Los que tenemos de cincuenta para adelante lo somos, pero de esta guerra de acá, no de la que se vivió en Japón. Fujimori es otro caso. Es un niño de la guerra porque tiene todas las represiones de quien ha vivido en un ambiente hostil.

–Y la elección de Fujimori fue una reivindicación…
–Una revancha, y nos salió cuadras.

–¿Qué le duele más de lo sucedido con Fujimori?
–Mira, un hombre que dice “me voy a Brunei” y termina en Japón renunciando... Oiga, eso no es japonés ni es criollo.

–¿Qué es?
–Es un compadrito de esquina, y ahora está en el banquillo… Pero lo que deberías subrayar es que Nakamatsu es un típico perdedor, pero los otros dos personajes a los que admira, Martín Adán y Etsuko Untén, no lo son. Son luchadores hasta las últimas consecuencias, pero de causas imposibles. Martín Adán, dentro de la poesía, y Etsuko Untén, que quiere llevar su propia guerra en defensa de su majestad imperial.

–Ambos pisando el sendero de la locura.
–Pero sólidos. No tienen el resquebrajamiento de Nakamatsu.

–¿Dónde considera que radica la solidez de Martín Adán?
–En haber vivido en olor de poesía. Y eso que vivió en Larco Herrera, fue alcohólico y tuvo tendencias homosexuales. Martín Adán se lleva de encuentro, por la consecuencia que tuvo con respecto a su vida, a Vallejo, Eguren, Westphalen y Moro... Yo retrato desesperanzados, pero en mi fuero íntimo soy un hombre creyente. En su fe y en los destinos históricos del país. (Maribel de Paz)

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