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La Nueva Carta Alimentaria

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Los grandes flagelos de la humanidad han sido por siempre las guerras y las hambrunas. En las actuales circunstancias, África sería el continente donde confluyen ambos extremos pero al mismo tiempo, por excesos en la aplicación de tecnologías que convierten alimentos o productos agrícolas en fuentes sustitutorias de la energía petrolera, el mundo entero empieza a experimentar los efectos de la carestía y el consiguiente encarecimiento de alimentos básicos, sin distingos de otrora entre países ricos y pobres.

Desde hace casi una década se ha venido insistiendo en este tema con relación al Perú en la medida que disminuía nuestra capacidad de producir alimentos básicos, convirtiéndonos en dependientes y por lo mismo con menor seguridad alimentaria, y en la medida que los costos de nuestra alimentación nacional crecían peligrosamente.

Por otra parte, diversos estudiosos señalaban que el Perú tenía un margen notable de oportunidades en materia de producción de alimentos naturales, con un mínimo de químicos o riesgos de manipulación genética, lo que le permitiría exportar nutrientes de sorprendente riqueza y naturalidad que exime de toda artificiosidad, a un mundo que está, ciertamente, muy preocupado con la manipulación y la contaminación tecnocientífica que para abastecer la gran demanda de alimentos se expande mayoritariamente en los países avanzados. Los países emergentes con sus papas imperiales, maices proverbiales, arroces milenarios, soya salutífera y trigo candeal han empezado a recibir ingentes ingresos en sus campos derivados del uso proenergía de todos ellos y también de la venta de muchos de estos productos para el selecto consumos de sofisticados sectores de los países ricos, decididos a defenderse de los riesgos de una alimentación contraria a la naturaleza.

Toda esta situación crítica, que significa menos alimentos y por lo mismo encarecimiento descomunal de los mismos, puede llevar a una vuelta al pasado en el sentido que se reavivan los debates acerca de qué vale más: la calidad de vida de la humanidad o los intereses comerciales y económicos que, por cierto, tendrán efectos más calamitosos en los países pobres. ¿Qué libre mercado, cuando los países empiezan a prohibir la venta de aceite o de trigo o de arroz, considerados estratégicos para obtener mejores precios y, sobre todo, para calmar a sus propios ciudadanos exasperados por la inflación.

En la inflación de marzo en el Perú subyacen escondidos muchos de estos aspectos desafiantes.Y el gobierno se ha centrado en abatir precios con mecanismos menores siendo, en cambio, de clamorosa urgencia definir planes agrarios para el corto y mediano plazo. En este año internacional de la papa, tenemos a la mano una de las soluciones: consumo cada día más pronunciado de tubérculos, tratados ademas muchos de ellos con técnicas de conservación y transformación industrial. Hay muchos otros productos que deberían ser de permanente consumo, como de hecho lo son en el mundo andino y selvático. Empieza la gran batalla de una nueva carta alimentaria en América y el Perú puede ser uno de los precursores y propagadores en esta tarea. Nuevos alimentos, más sanos, menos dependientes de las transnacionales y los poderosísimos intereses alimentarios que el capitalismo salvaje suele aprovechar.

 


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