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Cien años de Herbert von Karajan, el director que supo vender 200 millones de discos. Y, quizá, también venderse.

Milagro Karajan

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Karajan y su jerga visual. El director austriaco experimentó las apariciones sucesivas del long play y el cd.

Los astros se conjugan, y conjuran. El próximo 5 de abril no solo se recordará un aniversario más del infausto “¡di-sol-ver!” fujimorista, sino que la más reciente supernova de la lírica peruana perpetrará, para gusto de lo mejorcito de la socialité nacional, su boda en la Catedral de Lima, con probable y delirante cierre de la Plaza de Armas incluido. En otros lares, sin embargo, el mundo de la música clásica celebrará ese mismo día otras liturgias: los festejos por el centenario del hombre que se atrevió a dirigir la orquesta sinfónica más importante del mundo, la de Berlín, a ojos cerrados, literalmente hablando: Herbert von Karajan.

Histriónico y mediático como pocos, Karajan suele pelearse con Arturo Toscanini el título de más-grande-director-de-orquesta-de-la-historia. Natural del Salzburgo que 150 años antes que él vio nacer al mismísimo Wolfgang Amadeus Mozart, Karajan despierta aún hoy emociones encontradas entre quienes alzan la batuta. El italiano Michele Mariotti, director de Rigoletto en el Teatro Alejandro Granda, y recientemente designado director principal del Teatro Comunale de Boloña, se declara admirador de los difuntos Karajan y Carlos Kleiber y, en el más acá, de su compatriota Claudio Abbado. A diferencia de Toscanini, a quien ubica dentro de la rama de directores autoritarios, destaca entre las virtudes de Karajan la de haber sido un director democrático. Si los universos de la política y las artes no se preciaran de ahuyentarse mutuamente, tal afirmación parecería una contradicción.

Karajan, pues, gozó en su momento de las bondades del carnetazo del Partido Nazi y, si bien se casó en 1942 con Anita Gütterman, de ascendencia judía, no logró sacudirse fácilmente de encima el tufillo a cámara de gas que la afiliación al partido de Hitler sigue prodigando. Por encima de esto, sin embargo, Karajan supo reinventarse y erigirse como el director “fashion” admirado por Mariotti, para quien dirigir es incurrir en “apropiación debida”.

Con Miguel Harth-Bedoya y David del Pino Klinge como dos de nuestros más reconocidos representantes de la batuta en el extranjero, en casa queda Pablo Sabat, quien hace poco se alejara de la Sinfónica Nacional y actualmente dirige la celebrada Orquesta de Cámara Ciudad de los Reyes. Sobre Karajan, Sabat destaca que perteneció a una tradición germánica (que venía desde Wagner y pasó por Furtwängler) de interpretación “subjetiva”, que consistía en “mezclar la concepción del compositor con la sensibilidad del intérprete”. Sin embargo, Karajan se pegaría más al estilo Toscanini, es decir, el de una interpretación objetiva. Si algo así es posible, porque como explica Sabat, “la escritura musical no es como las matemáticas, un ‘fuerte’ en Mozart no es lo mismo que un ‘fuerte’ en Tchaikovsky o Brahms”.

“Karajan era un genio mediático, una maravilla, pero no todas las piezas que dirigió son la versión definitiva de las mismas”, retruca Sabat, “hay gente que les pondría un altar a sus versiones de Mozart, yo no estoy seguro. Para mí Karajan era un dios, pero me he dado cuenta que hay otros dioses también”. Karajan, precisa, buscaba de cada orquesta un sonido diferente al de otros directores, un sonido sofisticado, sensual, redondo, y arremetió, a ojos cerrados, con las de Berlín, Viena, Ámsterdam, Nueva York y Boston. Luego de debutar el 8 de abril de 1938 con la Filarmónica de Berlín, a Karajan le sumaron un apellido y pasó a ser llamado “Herbert, milagro Karajan”. Así, hombre vuelto milagro, Karajan estaba convencido que dirigir era también saber abandonar la batuta. La abandonó definitivamente el 16 de julio de 1989, y habría sido enterrado por dirección suya medio metro por encima del resto de mortales: quería resucitar rápido. El cielo o el infierno decidirán. (Maribel de Paz)

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