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Tantas Veces Hamlet

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Hoy me gustaría revisitar con ustedes a John Updike. No el reconocido ciclo de “Conejo” Angstrom o el de Beech, sino “Lo que queda por vivir”, título mucho mejor que el original, The Afterlife and other stories, y una novela, “Gertrude and Claudius” (!), que pasa revista a las versiones del Hamlet previas a la conocida de William Shakespeare.

Los cuentos parecen discrepar de la definición de Cortázar (las novelas ganan por puntos, los cuentos por KO). O, en todo caso, el KO se produce después de terminar de leerlos. Cortázar pensaría en lo que se conoce como “finales O. Henry”, súbitos, inesperados, sorpresivos y sorprendentes.

The Afterlife desasosiega, inquieta, te deja solo contigo mismo en el espejo. Pero uno ya sabe que vendrá la muerte. Allí está, acechando oculta debajo del horizonte.

En “Gertrude…” Updike recoge versiones anteriores, algunas reconocidas falsificaciones como el “Ur-Hamlet” (protoHamlet), pero evidentemente conocidas por Shakespeare (todas son de unos años antes).

Lo fascinante no es tanto cómo van cambiando los nombres de los personajes sino sus personalidades. El que es bueno en una versión se convierte en malo en la siguiente y viceversa. De víctima de un padrastro brutal y prepotente, Hamlet pasa a ser un edípico frustrado frente a una madre que fue víctima de un padre ese sí brutal y prepotente y enamorada del hermano de su esposo, un amante desinteresado y paciente. Etcétera.

Shakespeare, como sabemos, recogió una versión antimaterna y antipaterna y un Hamlet justiciero y vengador, algo excéntrico (en “consulta” con el fantasma del padre). De Ambleth a Claudio.

Pero Hamlet, después de Shakespare, nunca murió. En estos mismos días el nombre Hamlet aparece en la cartelera limeña. Sólo cito otros dos: el clásico shakesperiano de Laurence Olivier (1949) y el novedoso “El resto es silencio” con Hardy Krüger. Y muchos más.

Y ahora me toca a mí terminar con el resto es silencio.

 


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