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07/Feb/2008
 
 
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El Cocabonetón

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Estamos presenciando, cada vez con más equívoco desenfado y con cinismo sin máscaras, un juego peligroso: la imagen, por un lado, de instituciones que dicen mantenerse en la línea estricta de la moralidad y el resguardo jurídico, y la presencia –utilizando un aparato de penalistas, abogados y magistrados de alto registro– de narcotraficantes que mueven influencias en todos los niveles de la sociedad peruana.

Las autoridades no mienten, pero tampoco quieren alarmar a la ciudadanía y rechazan, por ello, cualquier comparación con situaciones como las que se han vivido y se viven hoy en Colombia y México, para citar los ejemplos más insignes, aunque no hay territorio en el continente que esté libre del mismo mal y su corte de violencia, impunidad criminal, comercio y contagio del narcocomercio.

Vale de poco hacerse el sueco, cuando por donde se mire la coca tiende sus tentáculos corruptores. En los últimos días el gobierno ha lanzado una ofensiva contra propiedades y negocios de una suerte de familión huachafo –en eso bien peruanos, para qué– que, sin embargo, se da el lujo de publicar en el diario que más los pone al descubierto un aviso ostentoso a página entera donde, como es natural, todo el Perú es maligno y ellos son unos regordetes angelitos y sus negocios sucursales del vuelo celestial.

Hace poco este cronista estuvo en Ayacucho –como antes en Trujillo, Chiclayo o Piura– y en cualquier ambiente se reconocía paladinamente que el narcotráfico está por aquí, acullá o vecino en inesperado rincón y que el éxito, mejoras y ostentaciones que se presencian están muchas veces en hermandad provechosa con el lavado de dinero.

Pero donde la cosa parece particularmente grave es la disputa maligna planteada en el Ministerio Público, donde desfilan rostros agrietados y hasta temibles de damas que han sobrepasado los asuntos institucionales y han puesto al descubierto que la fiscalía, en manos femeninas, alcanza los abismos y las cimas en los que está metido el país por obra del narcopoder. La fiscal Luz Loayza, que acusó al ya legendario y astuto Fernando Zevallos, amenazada de muerte en el sitio donde se desempeñó, y ahora ha sido de nuevo asignada a Maynas, uno de los centros hegemónicos de las mafias; ha empezado a señalar que en el Ministerio Público hay un hilo de colaboración entre los señores de la droga y algunas responsables de la institución. Como respuesta simultánea, la fiscal suprema Gladys Echaíz lanzó una bomba en la Comisión de Justicia en sesión secreta con muy graves revelaciones que, probablemente, manchen a la controvertida señora Loayza. Ha comenzado a entenderse que más que líos de damas, ha llegado la hora de las inculpaciones que nos dejarán ver, aunque sea todavía por resquicio pequeño el poder de penetración del narcotráfico en los predios del Ministerio Público y el Poder Judicial. Ojalá encontremos a los jueces confesados y arrepentidos.

 


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