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Tauromaquia Las vidas paralelas de Padilla y Valentín.

Trágicos destinos: Los Toreros Siameses

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Antonio Olmedo “Valentín” y Ángel García “Padilla” son toreros que tendrán destinos parejos en su crueldad. Ambos nacen en Sevilla con tres años de diferencia, en 1874 y 1871. Esta mínima diferencia será la única ostensible que encontraremos en sus vidas ya que van a tener destinos de un paralelismo estremecedor.

Serán toreros del mismo corte, parejitos en su estilo, valentones, en esa línea de exposición constante frente al toro que tanto gustaba a finales del siglo XIX y que era lo primero que se le exigía a los que comenzaban.

Pero ambos carecían de recursos estilísticos de fuste y no tenían una personalidad definida. Por eso ambos dilataron mucho su carrera como novilleros.

Parece cosa de brujería tanta pero ambos tomaron la alternativa a los 26 años con 11 días de diferencia, siendo el padrino de los dos don Luis Mazzantini.

Mazzantini era hombre culto y elegante, con su levita o frac perpetuos, y fue el único torero de la historia al que le pusieron el “don” por delante. Y para que el paralelismo sea más evidente, Padilla, al igual que Valentín, sufrirá una caída de los carteles después de su alternativa; una atonía torera propiciada por la falta de contratos que los llevó a ambos a emigrar a América en la cual se pasaron años saltando de una república taurina a otra.

En el Perú debutaron el mismo año, en 1903, y obteniendo un buen cartel en Acho por aquello de “el valor” y “el arrojo” que la crítica vio en ellos por separado.

Pero un día de 1912, al anochecer, se encuentra Padilla con un grupo de gentes del toro bebiendo en un bar limeño. Como Valentín, es hombre de jarana, mujeriego y penetrador subrepticio de alcobas. Se han tomado unos tragos de más. Se habla de mujeres. Se presume de conquistas de hembras y Padilla se va de la boca soltando el nombre de una mujer.

Un banderillero peruano saca su navaja y se va contra Padilla. Reyerta. No se sabe el nombre del ofendido, pero es él quien cae de bruces con la navaja de Padilla entre las costillas.

Juicio. Prisión. Padilla tiene para varios años pero a los pocos meses escapa de la cárcel. Y sin saberse cómo se embarca a España. Padilla tiene mujer e hijos allá pero, lógicamente, no busca su antiguo hogar, pues, por estar requisitoriado, es donde primero lo encontraría la justicia. Se esconde. Y al decir de Cossío “se desfiguró el rostro dejándose bigote”. Anda huido, solo, abandonado.

Entonces surge un pequeño rayo de luz. El amor, nuevamente. Se vuelve loco por una joven trabajadora de una fábrica del cinturón industrial que le está naciendo a Madrid. Pero Padilla ya no es más que la sombra de sí mismo y su violencia de carácter, hosco y frustrado, hacen que la chica, que ha cohabitado con él, le tome miedo y lo abandone.

Tras muchos ruegos y súplicas consigue hacerla volver para una última entrevista en un piso de la calle Jacometrezzo N° 53. Cuando ella llega observa aterrorizada que él, con los nervios desquiciados, la apunta con una pistola, la mira con ansias locas y acto seguido se descerraja un tiro en la sien. Padilla pudo ser homicida involuntario pero jamás asesino premeditado y aleve. Esto sucedió el 17 de diciembre de 1913.

Valentín, al igual que Padilla, llega a España a principios de 1913, pero con la cara alta, en un vapor de línea regular. Consigue algunas corridas hasta que un toro de Olea le partió la vena safena derecha en la plaza de Carabanchel el 15 de junio. Operación. Postoperatorio. Convalecencia.

Se retira al pueblecito sevillano de Alcalá del Río a descansar. Pero Valentín era vividor de la vida y contumaz con las mujeres (lo mismo que Padilla) y con su fama de torero indiano andaba como diablo en botella asediado por miradas femeninas más prometedoras que fugaces.

Hembras de fuego soterrado aburridas de tanta trivialidad pueblerina. Debió ocurrir lo que debió ocurrir. O sospecharse. O comentarse en las horas del café de la plaza mayor del pueblo donde hay oídos prestos a escuchar todo.

Y el 2 de enero de 1914 le asestaron la puñalada. Fatal. Certera. Sin posibilidad de defensa.

Unió su final con el de Padilla en los solo quince días de diferencia que separan las muertes trágicas de ambos. En la lotería de la vida, siameses. (Por el Marqués De Valero De Palma)

 


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