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Simone de Beauvoir, cuyo centenario se celebra en estos días, supo retar a Dios y a una sociedad burguesa.

La Mirada Rebelde

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De Beauvoir en 1945. Escritora independiente, participó del círculo de intelectuales existencialistas.

A Simone de Beauvoir –filósofa y escritora– se le recuerda por ser el símbolo de la mujer liberada, alguien que nunca quiso casarse ni tener hijos. Sus memorias, reunidas en cuatro libros fascinantes: Memorias de Una Joven Formal, La Plenitud de la Vida, La Fuerza de Las Cosas y Ceremonia del Adiós fueron prácticamente devoradas por lectores y lectoras en los años sesenta y setenta. En la década anterior ya había hecho furor El Segundo Sexo (1949), ensayo sobre la liberación femenina, un éxito de ventas y faro de miles de feministas. Sin embargo, para la escritora italiana Francesca Gargallo (1956), el segundo sexo, según De Beauvoir, “no es el de las mujeres sexuadas, sino el del eterno femenino, el del género femenino: el segundo sexo es una construcción social, es una lente negra puesta frente a los ojos de las mujeres para que no se reconozcan a sí mismas, pudiendo sólo asimilar lo que la autoridad que las cegó dice que son”. Para Gargallo, el hecho de querer igualarse con sus amigos geniales existencialistas (Sartre, Nizan) de la Francia de posguerra significa negar los aportes de la propia diferencia.

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De vacaciones en Roma junto a Jean-Paul Sartre, en 1978.

Si sus novelas La Invitada y Los Mandarines recogen la filosofía existencialista, sus memorias son el recuento de la bohemia europea de los años cincuenta en un estilo ameno y envolvente, y en cuyas páginas circulan filósofos, escritores, pintores y escultores: Camus, Sartre, Prévert, Breton, Leiris, Giacometti, Queneau, Eluard; gente de cine y de teatro, y bandas de hombres y mujeres que vivían “de vagas rentas, de combinaciones y esperanzas”. La rebeldía y la resistencia al sistema burgués guiaron los pasos de Simone y Sartre, una pareja nada convencional. De Beauvoir fue educada en el seno de una familia burguesa acomodada y católica, se esperaba de ella que brillara en sociedad, pero su espíritu contestatario despertó muy temprano gracias a sus lecturas y a su tendencia reflexiva. Su relación abierta con el filósofo Jean-Paul Sartre, a tono con los ideales surrealistas del amor libre, confirma la idea de que Simone solo deseaba el amor, no el matrimonio.

La distinguía también un sentimiento de separación y superioridad frente a todos, en especial frente a su clase social, sus padres, la religión, sus amigos, adaptados de corazón a la sociedad burguesa. El principio adoptado por Simone era desde su juventud: “Vivir peligrosamente, no rechazar nada”. En ella, el descubrimiento de la experiencia límite va de la mano con su negación de Dios: “Una noche intimé a Dios, si existía debía declararse. Se quedó quieto y nunca más le dirigí la palabra”.

Sartre fue ese doble buscado durante la adolescencia con quien compartirlo todo. Según la teoría sartreana sobre la contingencia, tan importante en su relación amorosa, ellos declararon ser amantes “necesarios” mientras todos y todas las demás fueron contingentes. Sartre y Simone se reconocieron como escritores, esa fue su verdadera identidad, “cualquier otra determinación era ficticia”. Esta alianza fue un tramo más en su rechazo del mundo burgués y de la propiedad y dependencia de las parejas.

A cien años del nacimiento de Simone de Beauvoir, el mejor homenaje es escuchar su propia voz: “Sólo tenía una vida que vivir, quería lograrla, nadie me lo impediría. No abandoné el punto de vista de lo absoluto: pero, puesto que de ese lado todo estaba perdido, decidí no preocuparme más. Me gustaba mucho la frase de Lagneau: “No tengo más sostén que mi absoluta desesperación”. (Carmen Ollé)

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