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21/Jun/2007
 
 
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Cautivado por la belleza de la nadadora sudafricana, Charlene Wittstock, el Príncipe Alberto de Mónaco pondría fin a su soltería.

Un Príncipe Encantado

3 imágenes disponibles FOTOS 

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Dicen que la nadadora sudafricana y novia del príncipe Alberto entrena en Mónaco para las Olimpiadas del 2008.

Alberto Alejandro Luis Pedro de Grimaldi o simplemente Alberto de Mónaco ha tenido, para decirlo en términos new age, un karma muy complicado. Como si no fuera ya bastante extravagante estar predestinado a dirigir los destinos de ese país de juguete llamado Mónaco, el más pequeño y el más poblado del mundo, un estado sin ejército custodiado por un puñado de policías, a la vez ciudad-casino y capital internacional del blanqueo de dinero. Como si no fuera suficiente ser el único hijo varón de un matrimonio también raro como el de la ex actriz Grace Kelly y el príncipe Rainiero, perder a su bella madre en un accidente de tránsito y ser criado al lado de dos animales mediáticos, sus exhibicionistas hermanas que oscilando entre el ridículo y la tragedia nunca dejaron de hacer sombra al heredero: Carolina, a la que le ha pasado de todo, incluyendo un playboy, la viudez y más recientemente un borracho apellidado Hannover; y Estefanía, la princesa rebelde, que entre sus decenas de novios ha estado con un domador de elefantes, un acróbata y dos de sus guardaespaldas.

Como si esto fuera poco, debe ser difícil ser el jefe de un clan que lleva décadas padeciendo la “maldición de los Grimaldi”. La leyenda dice que en el siglo XIX una gitana amante de Rainiero I le lanzó una maldición al sentirse engañada: “Ningún Grimaldi encontrará felicidad en el matrimonio”. Como se sabe, Rainiero perdió a su musa, Carolina a su amor, el multimillonario Casiraghi, Estefanía sigue dando tumbos y Alberto parecía que se quedaba a vestir santos. Entonces, todo cambió y Albertito, investido monarca –y con la seguridad que le da ahora sí poseer, más vale tarde que nunca, el monopolio de la atención pública, muerto su padre y convertidas sus hermanas en madres de provecho–, tiene hoy en sus manos la posibilidad de romper la maldición o sucumbir a ella pero con una sonrisa en los labios: Alberto podría estar muy cerca del matrimonio.

Nada es lo que parece

Con sus suaves maneras, su afición por las baladas de Nat King Cole y por los deportistas de elite y su empedernida soltería casi arañando los cincuenta años, la virilidad del príncipe de Mónaco ha estado en constante entredicho. De nada sirvió que a lo largo de los años se le relacionara en los medios con la belleza de turno, llámese Brooke Shields, Tasha de Vasconcelos o Claudia Schiffer, todas ellas supuestas fachadas, el imaginario popular es cruel, y expresiones como “soltero maduro...” planearon siempre sobre su rosada calva. Sin ir muy lejos, en España, cada dos por tres sale algún semental asegurando haberse acostado con Alberto en medio de una parranda monumental.

Paradójicamente, hace apenas un par de años y solo tras la muerte de su padre y consiguiente juramentación como Príncipe de Mónaco, a Alberto le empezaron a salir hijos de todas partes, con lo cual quedaron claras tres cosas: a) que a Alberto le divierte jugar al despiste sentimental con la prensa; b) que le gustan las mujeres, y c) que en cuestión de gustos Alberto prefería el vulgo carnoso y jugoso, la población económicamente activa del sector hostelería, el personal de servicio preferiblemente en uniforme sexy, que la aristocracia de las top model.

Poco después de la muerte de Rainiero, una importante revista francesa hizo el destape: Alberto tenía un hijo ilegítimo llamado Alexander Coste, con una azafata de origen africano que había conocido en un vuelo de Niza a París. Alberto demandó, pero después reconoció. Meses después, el mismo día de su investidura oficial, Alberto tuvo que reconocer que tenía otra hija –esta vez con una mesera de Wyoming–, una adolescente californiana que responde al nombre de Jazmin Grace (en homenaje a la abuela que nunca conocerá).

Sin embargo, ninguno de estos niños podrá aspirar a integrar el clan dinástico de los Grimaldi por “no haber nacido en el seno de un hogar católico” pero sí tendrán derecho a recibir parte de la herencia. Pero como no estamos en Suecia o Dinamarca, sino en Mónaco, cualquier cosa puede pasar (como ya ocurrió alguna vez, la madre de Rainiero era la hija ilegítima de Luis II con una cabaretera), y en un hipotético futuro multirracial para Mónaco, a falta de otra descendencia un hijo natural podría convertirse en cabeza del principado, ya sea el mulato o la chibola con camiseta de Mickey Mouse, porque en cosmopolitismo y mezclas sanguíneas nadie les gana a los Grimaldi. La cosa es asegurar que Mónaco tenga un sucesor y alejar de él las manos de los franceses, que podrían apropiarse del reino de los lujos.

Las revelaciones de su paternidad fueron la punta del iceberg de la metamorfosis pública que estaba sufriendo el príncipe, quien a los ojos de la gente estaba mutando, no como una oruga en mariposa sino como una mariposa en dios sabe qué. Sus declaraciones en la toma de posesión, acerca de cambiar la imagen del principado y ser un verdadero soberano para su pueblo dejaron la puerta abierta a las especulaciones. Entre otras cosas sus súbditos se preguntaban si Alberto iba a ser tan tonto de dejar el trono al hijo de su hermana (Andrea Casiraghi) por carecer de herederos propios. Y si mantendría su controvertida fama de ambiguo contra viento y marea o montaría una operación publicitaria para lavar su imagen, al estilo Carlos-Lady Di. Cuando ya se hablaba de que su equipo asesor había salido disparado a buscarle un matrimonio de conveniencia entre las familias bien de Europa y Estados Unidos, con el único requisito de la obligada descendencia, aunque sea in vitro, Alberto se puso las pilas y apareció con una rubia del brazo.

La Grace Kelly que huele a cloro

Ella está considerada una gloria nacional en Sudáfrica pero no porque por sus bien esculpidos brazos corra sangre noble sino porque gracias a ellos ha ganado toda clase de competencias de natación. Si le damos más de una vuelta al asunto no es tan extraño que este príncipe –miembro del Comité Olímpico que ha practicado desde tenis, pasando por el esquí, el golf, el automovilismo, la vela, el rugby y hasta el lanzamiento de jabalina– haya dado con la elegida en una piscina de medidas reglamentarias.

A Charlene Wittstock la conoció durante los Juegos Olímpicos de Sidney. Alberto se acercó al podio y le entregó un ramo de flores, fijándose en el intenso color -celeste-fondo-de-piscina de los ojos de Charlene. Un año después, en Mónaco, durante la celebración del Mare Nostrum Tour, él le preguntó con modestia: “¿Te acuerdas de mí?” y ella se puso colorada. De hecho, ha declarado que Alberto “la hace sentirse como una reina”. En las Olimpiadas de Invierno de Turín, Alberto la presentó como su novia.

Pero los que quieren ver sentando cabeza o quizá claudicando, al que fuera el príncipe más inasible de las monarquías europeas, tendrán que esperar un poco todavía. Hasta el momento no ha anunciado boda. De Charlene ha dicho que aún falta que la acepten sus hermanas, pues según él, le han hecho trizas a varias de sus amiguitas. Al parecer, sonarán las campanas pero no antes de las olimpiadas del 2008 para las que la Wittstock se prepara incansablemente. Alberto no querría quitarle protagonismo ni concentración a su chica antes de tan importante evento. Por su parte, ha dicho que ahora no tiene cabeza para planes de matrimonio y que sólo puede pensar en la memoria de su madre cuando se cumplen 25 años de su muerte.

Cada día se suceden las fotografías de Alberto y Charlene en cuanto acto oficial reclama la presencia de su serenísima alteza y a los que la rubia nadadora acude elegantemente vestida, tanto que a veces parece que, como el cantante Mika, a veces intenta ser una Grace Kelly, aunque todos sus looks sean muy tristes. Maldiciones o no de por medio, hace falta valor para someterse a la comparación. (Desde España escribe: Gabriela Wiener)

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