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Tenet y el Submarino

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George Tenet fue jefe de la CIA desde 1997 a mediados de 2004. Hasta septiembre de 2001 era considerado un espía eficaz. Luego, dos dramáticos fracasos de inteligencia –las Torres Gemelas y la supuesta existencia de armas de "destrucción masiva" en Irak– sepultaron su prestigio, al que dos palabras, "slam dunk", servían de lápida.

Ahora Tenet acaba de publicar sus memorias “At the Center of the Storm” (“En el centro de la tormenta”), en las que ensaya defensas y explicaciones.

Tenet reconoce en sus memorias que el Estimado Nacional de Inteligencia en 2002, con sus exagerados diagnósticos sobre las armas y los planes de Saddam Hussein, representó uno de los momentos más bajos de su carrera.

Donde no acepta la misma responsabilidad es por su famoso calificativo sobre la supuesta evidencia respecto de las armas de destrucción masiva. Tenet dijo entonces que la evidencia era un Slam Dunk, esa rotunda canasta de arriba hacia abajo en el básquetbol, que es sinónimo de lo determinante e incontestable.

En su libro, Tenet sostiene haber sido citado en forma distorsionada, especialmente por el vicepresidente Richard Cheney, quien afirmó el año pasado que su gobierno había tomado la decisión de invadir Irak con base en la información y aseveración del Slam Dunk que hizo Tenet. Este sostiene, sin embargo, que la decisión de ir a la guerra ya estaba tomada tiempo atrás de su malogrado “Slam Dunk” y que, además, fue citado fuera de contexto, con el propósito de convertirlo en chivo expiatorio de los fracasos en la guerra contra Irak y contra Al-Qaeda.

El libro de Tenet, que describe al gobierno de Bush como uno de ideas fijas e incompetencia, contiene afirmaciones que representan acusaciones graves a ese Gobierno, que él sirvió. “Que yo sepa, nunca hubo un debate serio dentro del Gobierno sobre la inminencia de la amenaza iraquí”, escribe Tenet, según cita del New York Times. Añade que no había ninguna estrategia para asegurar la victoria militar en Irak ni respecto de cómo gobernar luego el país.

Lo que ha concitado menos atención hasta ahora, es la cerrada defensa que hace Tenet de los “métodos duros de interrogatorio” a supuestos terroristas. A eso se le llama tortura, pero Tenet las denomina “técnicas mejoradas” (‘enhanced techniques’), y sostiene que son eficaces y que han salvado vidas.

Dentro de una entrevista que concedió a la CBS, reseñada por el Times, de Londres, las ‘técnicas mejoradas’ fueron descritas: privación del sueño, sometimiento a temperaturas extremas y desesperada sensación de ahogamiento provocada por chorros de agua sobre el rostro inmovilizado de los interrogados. Esas y otras “técnicas mejoradas” fueron aplicadas en diversas cárceles secretas de la CIA, o en las instalaciones de servicios de inteligencia de naciones que torturan rutinariamente. Los prisioneros, secuestrados incluso en naciones como Italia y Suecia, fueron transportados en aviones fletados por la CIA y entregados a los técnicos locales del dolor para que les extrajeran los secretos. El programa clandestino se llamó “renditions”, con el recurso habitual al eufemismo que usan las burocracias para etiquetar y esconder a la vez. Un equipo de periodistas de investigación suecos, del programa Kalla Fakta, descubrió que un solo avión contratado por la CIA, el N379P, había hecho más de 70 misiones de transporte de sospechosos (varios de los cuales resultaron ser inocentes) a los centros de tortura aliados de la CIA.

Pero Tenet niega que esas ‘técnicas mejoradas’, que incluyen el ahogamiento simulado, sean tortura. “No torturamos a la gente”, dijo a la CBS. Pero en lugar de explicar la sutil diferencia entre ‘técnicas mejoradas’ y la vieja tortura, Tenet describió el contexto posterior al 11 de septiembre, con informaciones que sugerían otros inminentes atentados, parecidos o mayores. La urgencia, el pánico, el metafórico tic tac de la bomba de tiempo justifica, para Tenet, el uso de la tortura. “Yo sé que este programa ha salvado vidas”, dice con la misma seguridad con que antes pronunció “Slam Dunk”.

Pero la justificación de Tenet es la de todos los torturadores. En mi libro “Sendero: Historia de la guerra milenaria en el Perú”, publicado en 1990, describí mi primer reportaje sobre ese tema en Ayacucho, en 1981.

“… Generalmente, una tina pequeña era suficiente. Con las manos amarradas a la espalda, la víctima era sumergida una y otra vez, hasta bordear la asfixia en cada ocasión. Era uno de los métodos preferidos, puesto que no dejaba marcas y quebraba rápidamente al interrogado. Según se me dijo, la PIP tenía algunos especialistas en el submarino. Se me habló particularmente de un teniente coronel como de un verdadero virtuoso en la materia. Él determinaba con un solo golpe de vista cuánto tiempo podía aguantar cada interrogado. Aparentemente, nadie había muerto en sus manos en el curso de su húmeda y fatigosa carrera”.

Y el oficial al que encaré entonces con sus hechos se defendió igual que Tenet, diciendo que eso no era tortura.

“¡No torturamos! Le voy a decir lo que hacemos. Les podemos dar algunos golpes, o darles una colgada, o hacerles el submarino, pero eso no es tortura”.

“Eso es tortura, señor”.“Escuche. Nosotros no les hacemos daño. Todos pasan por un examen médico. Cuando los examina el médico legista todos están bien. Y nos dicen lo que debemos saber. Y así podemos trabajar, para salvar vidas. Esa gente mata, ¿sabe? ¿De qué lado estamos, ah?”

Ni las “técnicas” ni los argumentos tienen nada de nuevo, como se ve. Los profirieron en el pasado los verdugos de los operativos “Cóndor”, los doctores de la ontología del sufrimiento en incontadas cámaras de tortura. Los escribieron en el pasado los teóricos de contrainsurgencias antidemocráticas, como Roger Trinquier. La aplicación de esas doctrinas supuso asesinar las democracias y acabar, por supuesto, con los derechos humanos. Antes, en el contexto de la Guerra Fría, hubo políticos y funcionarios de inteligencia, los precursores de Tenet, que apoyaron esas dictaduras para, supuestamente, poder defender su propia democracia. Hoy, en la lucha contra el terrorismo integrista, se vuelve a subcontratar con dictadores y verdugos. A eso le llaman eficiencia.

¿Cuáles son los resultados? Basta ver el pantanoso contraste en Irak, las pequeñas pero acumuladas derrotas cotidianas en Afganistán, para entender que una estrategia y unas acciones a las que han castrado los principios solo conducen al fracaso. Barbara Tuchman escribió hace años un libro memorable: “The March of Folly”, sobre el papel de la estupidez en definir el curso de la historia. El gobierno de Bush ha agregado un capítulo a esa marcha, en la que Tenet resulta un involuntario pero revelador cronista.

 


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